<- archivo
El País -Maruja Torres Mírame a los ojos
El Mundo – Beatriz Potecher. La verdad bien contada
ABC – Libros. Ana María Moix. Sin Identidad
El País- BABELIA Lluís Satorras.
Feria del Libro. Pablo de Santis.
TESIS 11 Ana Inés López Accotto Caminos hacia la memoria, la verdad y la justicia.
Clarín. Revista Viva. Diego Bagnera
Académico: María Eugenia Osorio Soto. Universidad de Medellín. Colombia
El País -Maruja Torres Mirame a los ojos
Luz arroja luz sobre los bebés robados
“No nos encontramos ante el típico panfleto, sino ante un esfuerzo literario de convertir en literatura algo tan importante como la búsqueda de la propia identidad”.
Cinco minutos después de que la azafata nos anunciara que permaneceríamos encerrados dos horas en el avión, me eché a llorar. Mis compañeros de puente aéreo, tan puteados como yo, comprendían. Es duro levantarse a las siete de la mañana para volar a las 9.45 y, antes de salir, enterarte de que 41 vuelos habían sido interrumpidos a tan temprana hora, también sin que nadie nos rindiera cuentas. Finalmente nos habíamos gastado una pasta, dijo un compañero de fila, ojalá privaticen pronto Aena, insinuó. “Y que la sodomicen”, añadí. “La privatización no me parece suficiente”. El otro estuvo de acuerdo.
Yo no lloraba por tenerme que quedar en el interior de un aeroplano, sino porque (¡gracias, Aena! ¡Gracias, Iberia!) la espera me había permitido hincarle el diente a un libro conmovedor que tenía puesto en mi mesilla guardando cola (con el de Félix Bayón, perdona, amigo; y el de Pere Gimferrer, excúsame, oh, maestro). Pero el libro con que finalmente me enrollé en la espera me tiraba mucho, en estos días de Derechos Humanos y triunfo de la bondad sobre el pinochetismo. Se titula A veinte años, Luz y trae a nuestro presente historias de la historia más reciente, que al ser expuestas como literatura aún duelen más.
Déjenme que les cuente que su autora es una escritora argentina, bella, rubia y menuda, Elsa Osorio, de 46 años, prestigiosa profesional que en España se gana la vida como puede, y con alegría. Ha publicado varios y buenos libros, pero éste, repito, A veinte años, Luz, creo que es el primer tiento a la complejidad de un tema que a todos nos concierne: el robo de bebés de madres secuestradas, con todo lo que ello originó y comporta. Osorio se aleja dramáticamente de lo fácil, ahonda, crea situaciones, personajes: se pregunta por la condición humana, en condiciones tan extremas.
Lloré y, quizás por eso, mis compañeros de avión, tan cabreados usando sus móviles para avisar a jefes y socios, no entendieron que, al poco de llorar, me echara a reír. Y esto es lo admirable de este libro que me gustaría que se vendiera mucho, pero sobre todo que se leyera mucho, porque no nos encontramos ante el típico panfleto, sino ante un esfuerzo literario, en mi opinión plenamente conseguido, de convertir en literatura algo tan importante como la búsqueda de la propia identidad. Hay un personaje maravilloso, la puta Miriam López, que en realidad es quien pone en marcha el drama, que en los peores momentos te hace cagar de risa; que es lo que suele ocurrir en la vida.
Y es un libro que tiene tanto que ver con lo que ocurre como con lo que ocurrió. Los editores argentinos no lo quisieron editar por considerarlo pasado de moda, por no ser un novelón histórico de, un suponer, la época de San Martín, los colonos españoles, etcétera; por no descubrir naderías del menemismo, que acaban por no provocar resultado alguno más allá de la efervescencia porteña, la espuma de los días, puro ombliguismo. De lo más histórico, repito, de lo que va a determinar el futuro. De esos muchachos y muchachas que, sin que nadie se lo pida, saben que nacieron en torno al 76, en la Argentina, y quieren saber de dónde vienen.
Por suerte ha sido editada en España, por suerte Luz (la protagonista que busca sus orígenes) ha sido parida editorialmente (muestra de las chicas y chicos que fueron arrancados del torturado vientre materno) en un momento histórico extraordinario, en que la lucha soterrada, heroica, por los Derechos Humanos, se ve recompensada por el desarrollo del caso Pinochet. Pero es una novela sobre quiénes somos, a pesar de quién nos hizo daño.
Sin embargo, se lo ruego: no crean que A veinte años, Luz, de Elsa Osorio, es un libro de mera política, un ajuste de cuentas, un panfleto. No, es el esfuerzo notable de alguien que escribe muy bien y piensa con el corazón bien puesto, para arrancar la ficción literaria, es decir, la verdad verdadera, del nudo de los hechos, de los duros hechos, de las cuentas por saldar, de las personas perdidas, del dolor y el desconcierto.
Es ésta una novela de suspense, policíaca casi, que, a la manera de ( miren lo que digo) Ross Mac Donald, trata de la identidad.
El Mundo – LA ESFERA – EL MUNDO DE LOS LIBROS . Beatriz Potecher.
La verdad bien contada
El drama argentino de los niños robados al nacer durante la dictadura de los militares da lugar a esta conmovedora historia
Novela apasionante, de ésas que no se pueden soltar; femenina y política —en el mejor sentido de ambas palabras—, sobre la búsqueda de identidad de una chica robada al nacer durante la dictadura argentina. Historia lacerante de aquellos tiempos salvajes, que se inicia cuando la protagonista, Luz, en busca de su verdadero padre, lo localiza en 1998 en Madrid. Duro y conmovedor reencuentro que nos retrotrae a 1976, cuando «chuparon» a la madre, pero como era rubia de ojos verdes, la cuidaron hasta que parió.
Y esos «botines de guerra» que tantas mujeres argentinas se vieron obligadas a entregar a las familias «bien», no tenían la culpa de tener unos padres «subversivos, pobres criaturas», porque aquella guerra «no fue contra los chicos», sino para limpiar de escoria la Argentina, igual que pasó en otros países como Chile y Uruguay. Concretamente en Luz se interesaron, a la vez, Miriam, la novia ex puta de un suboficial que llaman El Bestia, y su jefe, el teniente coronel Dufau, que quiere restituir a su hija el bebé muerto que acaba de tener. Luz pasará a manos de la siniestra hija del milico, casada con Eduardo, otro personaje principal, como Miriam, hasta cuando es asesinado por intentar esclarecer el asunto siete años después.
El empeño de Elsa Osorio en añadir claros a una siniestra historia llena de sombras se convierte en un episodio que logra desvelar un conjunto de dramas, mentiras, traiciones, asesinatos, torturas, llantos inconsolables y episodios de amor que van enredando la atención del lector, haciéndole dudar, a veces, sobre la condición del novelón.
Estamos ante una obra brillante, pero lo que cuenta no es ficción, sino la más pura realidad. Saber contar y decir la verdad es la aspiración ética y estética de la autora argentina, una profesora de Lengua, que hoy vive en nuestro país. A ella no le hizo ninguna falta inventarse una trama de psycothriller; ni añadir rellenos, para narrar lo que sencillamente le ha salido a borbotones , optando por entrecruzar los tiempos, espacios y puntos de vista con coherencia, suavidad compositiva y una entereza desconcertante en la construcción de sus personajes, su lucha desigual, desde el amor, contra la impunidad del horror.
Se trata, sin duda alguna, del más oportuno regalo para quien siga teniendo dudas sobre el destino de Mister Pinochet.
ABC – Libros Ana María Moix. Sin Identidad
“Es curioso… y patético, pero un burdo y típico argumento de culebrón hoy resulta, en Argentina, del más absoluto realismo.” La frase pertenece a unas declaraciones de Elsa Osorio (Buenos Aires, 1952), autora de A veinte años, Luz, novela que, sin duda, impactará profundamente al lector, y en cuya elaboración se advierte la concurrencia, trágicamente irónica, del elemento melodramático. Basada en una problemática de rabiosa actualidad como es la del tráfico de recién nacidos en las cárceles argentinas durante el período de la dictadura militar, A veinte años, Luz, incorpora en su trama argumental, excelentemente estructurada, un elemento de intriga lo suficientemente impactante —aunque peligroso— como para suscitar el interés de la lectura desde el principio hasta el final del relato. Dicho factor de intriga (la indagación de la protagonista acerca de la identidad de sus verdaderos padres y, por tanto, de sí misma, veinte años después de la bárbara represión militar argentina) hubiera podido entrañar un gran riesgo en una novela que, como esta, posee una evidente voluntad de denuncia contra los abusos del poder político perpetrados por la fuerza, la brutalidad, la tortura física y psíquica, y, en fin, toda clase de crueldades concebidas por las mentes delirantes de los responsables, directos e indirectos, del terror dictatorial. Un riesgo consistente en banalizar, por así decirlo, la tragedia sufrida por la población argentina, con hechos (robos de recién nacidos, adopciones mantenidas en secreto durante años, temores ante el desvelamiento de la verdad, afectos tan «efectistas» como son los implicados en las relaciones materno filiales, etcétera) que, con frecuencia, rozan el sentimentalismo.
No es éste, ni mucho menos, el caso de A veinte años, Luz, cuya autora, consciente de este riesgo, no sólo lo vence estupendamente sino que atina a manejarlo en provecho propio. Elsa Osorio, argentina residente en Madrid, ha publicado varias obras (entre otras, Ritos privados, 1982; Reina Mugre, 1990, Beatriz Guido, Mentir la verdad, Las malas lenguas) y, además del Premio Nacional de Literatura, ha recibido los premios T.E.A. al periodismo de humor (1987) por sus columnas en la revista Expreso; el Premio Argentores al mejor guión de comedia por Ya no hay hombres, y es autora de diversos guiones cinematográficos y televisivos. Esta faceta de guionista no resulta ajena a la escritura de la presente novela, cuyo dominio de los distintos registros narrativos utilizados constituye una labor más que notable. Escrita desde diversos puntos de vista pertenecientes a distintos personajes, cuyos monólogos se intercalan a lo largo del diálogo que vertebra el relato —el diálogo entre la protagonista y su padre, en Madrid, veinte años después de los luctuosos hechos que rememora el libro—, A veinte años, Luz presenta una galería de personajes eficazmente construidos en su mayoría (y algunos de ellos sencillamente soberbios, como el de Miriam, una prostituta que acoge a la madre de la protagonista cuando ésta es trasladada del hospital donde acaba de dar a la luz a una niña que le es usurpada por la familia de uno de los generales responsables de la masacre civil) Con mezcla de ternura y dura realidad, de cálido humor y denuncia implacable, Elsa Osorio , describe el paisaje humano de la sociedad argentina compuesto por personajes pertenecientes a distintas clases sociales y de ideologías contrarias.
Ana María Moix.
EL PAÍS – BABELIA Lluís Satorras. El Terror como Paisaje Humano
Elsa Osorio convierte la brutal represión militar argentina en materia literaria. Una magnífica novela de la escritora argentina Elsa Osorio acaba de publicarse con el ingenioso título de A veinte años, Luz. Su autora es prácticamente desconocida en España, aunque ha publicado en Sudamérica bastantes novelas y ha escrito algunos guiones para cine y televisión. Elsa Osorio trata de un tema que todavía escuece en la sociedad argentina: la represión brutal de la dictadura militar que sólo pudo acabar con la derrota de la guerra de las Malvinas. La novela centra la cuestión en las mujeres embarazadas que los militares capturaron y en los bebés nacidos en cautividad que algunos familiares adoptaron y crecieron en familias que no eran las suyas originando el drama posterior de las auténticas familias, las abuelas en busca de sus nietos.
Los personajes de la novela representan toda la gama de actitudes y opciones morales que se dieron en aquel momento. Están los más execrables jefes militares conductores de la represión y las víctimas, militantes de partidos perseguidos o capturadas por azar que reaccionan de acuerdo con el carácter de cada uno. Y están todos aquellos que con auténtica buena fe no saben nada de lo que pasa y se asombran cuando se enteran, y los que no quieren saber y niegan la evidencia que se les presenta ante sus ojos. Pero lo que realza este material humano y social es cómo la autora lo ha transformado en materia literaria. De la confusión de tantos lacerantes acontecimientos ha surgido un edificio literario de categoría: una estructura, unos personajes creíbles, un punto de vista, un lenguaje rico y expresivo. La autora monta la historia partiendo de un diálogo, como el de Conversación en La Catedral, de Vargas Llosa, entre Luz, la protagonista, y su hasta entonces desconocido padre. De esta conversación surge, con la participación de diversas voces y distintas perspectivas, la historia de Luz, una de esas niñas arrebatadas a sus madres y conducidas a un hogar ajeno. La autora, además, utiliza con extraordinaria habilidad material narrativo propio de los llamados géneros literarios. Algunos personajes y situaciones proceden del melodrama tradicional y parecen salidos de Boquitas pintadas, de Manuel Puig. La historia de amor entre Miriam, la prostituta, y Frank, el americano romántico, procede de la novela rosa. Muchos fragmentos tienen el carácter sentimental de algunos folletines y el grupo de personajes más perversos deben bastante a Wilkie Collins. La novela está pensada para historiar el triunfo del bien, herencia de Collins, y, naturalmente. para dejar claro el fracaso de la dictadura. Por ello, a pesar de lo trágico de los acontecimientos, la conclusión es optimista. A veces, uno de los placeres de la literatura es comprobar que la maldad lleva las de perder y que el amor vence al odio.
Decía un autor que escribía para no ir al psiquiatra. Elsa Osorio (Buenos Aires, 1952) es mucho más ambiciosa: ha publicado una novela para tumbar en el diván a su país y exorcizar una de sus mayores tragedias: el robo de niños durante la dictadura militar.
A veinte años, Luz quiere explicar la historia real que han vivido cerca de quinientas familias de su patria. Osorio cuenta la búsqueda de las raíces por parte de una chica que descubre que los sujetos con los que vive no son en realidad su familia, y acaba averiguando que su auténtica madre es una desaparecida —asesinada por su abuelastro— y su padre un exiliado que jamás supo que nació.
Elsa Osorio consigue su objetivo. Cuenta unos acontecimientos reales que se produjeron en su Argentina, y que veinte años después aún no han sido superados.
Basándose en personajes ficticios, recrea uno de los pasajes más tenebrosos de esta sociedad y que hoy en día siguen vigentes, puesto que aun se están produciendo detenciones de altos mandos de las fuerzas armadas por la apropiación de recién nacidos.
La novela de Osorio es procaz literario para un país que aún trata sus depresiones. Y también una historia de amor: amor hacia la madre desaparecida, hacia un padrastro que muere por liberarse de una culpa, hacia una chica de alterne que escapa de sus amigos y protectores implicados en la represión. Pero, fundamentalmente, es la historia de la búsqueda de la verdad, esa que duele y que una parte de Argentina jamás quiso aceptar, porque aún escuecen las llagas causadas por la dictadura. Pero, como dice la canción, nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio, si bien contarla sirve para ahorrarse el psiquiatra.
Un novo nome de dicir Argentina A veinte años, Luz pertence ao tipo de narracións que comenza: eu, arxentina de nación escribo para vós arxentinos e para vos americanos, e para vós europeos, para que lembredes para sempre o acontecido -a memoria deste horror-(a dictadura arxentina) e para que esto que vos conto nunca máis poda ser repetido.Son fórmulas estas de transmisión de información dentro das comunidades para preservar a memoria, son fórmulas que proceden de procedimentos orais (na súa maioria non autoriales) e son fórmulas compensatorias.Arxentina, como nación-estado é configurada polo que eles mesmos denominan “A Oligarquía” -la rural- preguntenlles si teñen parentes alá que é La Rural; nada desde logo parangonable a cando nós decimos: labregos, campo, rural ou ruralismo; son os grandes propietarios, os propietarios da nación, do capital, da banca, da industria; tolos nalgún tempo por Inglaterra, hoxe subsidiarios das grandes coorporacións norteamericanas; o glorioso exercito de San Martin, como lle chama o pai dun dos desaparecidos, forma parte, é a espiña dorsal desta elite, poucos, sabense os seus nomes, son por todos coñecidos. Pero Arxentina como ciudadania , como proxecto de estado de dereito é tamén a infinita riada de emigrantes, xudeos, italianos e galegos e o conxunto de todos os seus descendentes; así como por outra banda o son os/as chinitas, os indios que sobreviven a desfeita imperial dos Hasburgo. E aquí comenzan os problemas, aquí comenza a historia post-colonial de Arxentina, un conflicto sobre a lexitimidade dos nomes, pois rotundamente La rural negara unha e outra vez o dereito de soberania ao conxunto de ciudadáns que non son eles -simples poboadores- e que unha e outra vez pretenderan formar parte da nación, que unha e outra vez trataran de lexitimar os seus nomes no conxunto da comunidade.Eu Arxentina de nación falo para vós, europeos. E contovos esta historia a vos, aos italianos, aos galegos porque o meu nome é tamén o voso, porque sou arxentina educada por nais italianas, galegas e estes son os nosos nomes de procedencia: Iturbe, Ortiz, Osorio, Squirru, López, Collado. Vostedes, europeos tamén están implicados, nos somos, neste novo nome, tamén vostedes. A comunidade, a do libro, a da novela prolóngase -como se sae de si o corpo feminino- como se saíra de si mesma a loita das avoas, fora do territorio; porque ademáis estes son os nomes non só da nosa procedencia senón tamén do exilio.Estamos implicados, esto para nós galegos non é novidade algunha pero compre lembrar, compre lembrar que tamén nós somos esa estraterritorialidade, esa vertical de augas, o Atlántico.Primeira diferencia co relato tradicional; dirixome a vós pero tamén a aqueles de onde eu procedo; a nación que re-clama xustiza, estendese fóra do territorio; o libro, as nais, as aboas de maio constrúen unha ponte que sobrepasa a legalidade da oligarquía, camiña cara aqueles lugares onde é posible que a súa voz se escoite, cara nós, galegos de Europa. O relato do libro, das aboas da praza de maio é internacional, camiña cara outro comezo.A novela é xenérica, unha crónica social e sentimental, dirixida fundamentalmente á emoción e baseada nunha fórmula de verosimilitude. Leemola sabendo que é ficción pero sabendo que o que aquí se nos relata aconteceu, é alegoria e é didactica, nunca ambigua; parte dunha directriz, continuamente nos recorda “esto é o importante” “esto é o que non debes esquencer”Non estamos pois ante unha novela experimental nin vangardista, estamos ante un relato con personaxes, con peripecia, con introdución, acción e desenlace, estamos ante unha novela de argumento e compensatoria, gañan os bos, gaña a palabra, gañan os pequenos, os que padecen a brutalidade do terror, os que non son oligarquía porque as directrices son para sobre-vivir ao espanto, para que podamos soportalo e na medida que poidamos transmitir a memoria, para que nunca máis esto, esto, e estoPara que este novo nome que inscribimos na historia sexa legal, estea lexitimado, democracia: loita das aboas de maio, cos seus panos brancos deseñados no solo da praza, para legalizarmonos como cidadáns desta comunidade, para ser de aquí, de nación arxentina e para que todo o mundo o saiba.A novela, as voces estructúranse mediante un xogo multiple de parellas, matrimonios e unións non convencionais; é así porque o que se xoga-o argumento- é o nacimento, a identidade posible e imposible de Luz, a protagonista, a vida, o parto e o crime, a morte física e a morte da memoria, memoria dos corpos, das identidades, o desexo criminal de non deixar traza, de non deixar rastro dos “apatridas” -apatridas son aqueles que non obedecen ao nome da oligarquia, ao seu desexo de propietarios que exclúe á maioria dos ciudadáns- así son reiteradamente nomeados por Mariana, a filla dos milicos:”apátridas”.Miriam e a Besta, a puta e o torturador, a belida e a besta, o conto, a nenez, o paradiso. É complexo comprender como aínda hoxe se venera a Eva Duarte – pero é que no Peronismo hai un intento de inclusión da riada de ciudadáns excluidos do xogo político, de aí a magnitude deste movemento político, que non defendo, explico. Eva Duarte ou Miriam López de Coronel Pringles, a nena fermosa, raiña dos concursos que debece ser modelo e remata cunha pistola na concha, no sexo, puta dos coroneis, puta adorada polo torturadores, e unha das nais de Luz, con todo o dereito e contra as obxecións de Carlos, que non acepta de bo grao a intervención de Miriam en toda esta historia, de Miriam, a puta que se xogara a vida por Liliana, que será cifra, revelación para Luz, a palabra gardada, a fidelidade absoluta desde o momento en que a ela lle sean desveados os sucesos, os campos clandestinos de detención, a tortura. Miriam, a puta que non pode parir, que debeze por Luz, o bebe, a redención, a vidaLiliana e Carlos, o ideal da razón, tan semellantes a unha parte da miña xeneración, claro que o final das historias non son iguais; a nós -militantes contra a dictadura franquista- nunca nos arrebataron os fillos, podemos contalo. Foi a xeneración dos nosos abos a que cargou coa morte, é esa xeneración a que aínda hoxe re-claman aínda un xuizo, xustiza -700.000 personas visitan ao ano a tumba de Franco no valle dos caídos- memoria deste outro horror, desta democracia.Mariana, a filla dos militares, de una estupidez relamida, nai legal de Luz e Eduardo, o pai cómplice deste silencio, pero doutro xeito; victima tamén el do tenente coronel Dufau, cando sexa imparable na precura da verdade; para lembranos que non todos da outra banda son iguais, que existen diferencias, dunha banda, doutra; os matices do espantoAmalia e o seu tenente coronel; aquí si, sen dúbidas: o fascio, o glorioso exército e as súas mulleres, corruptos, todos, e como na maldición bilbica, tamén corruptos na descendenciaLaura, a lúcida tia, non biolóxica de Luz, Xabier o irmao de Eduardo, a dor, o loito imposible porque a perda non pode reberter senón sobre o desveamento da verdade, senón sobre a coraxe da verdade, da palabraDolores, o amor, a entrega; como dentro aínda do máis espantoso dos espantos é posible amar. Eros, a desaparición do mundo. Respirar dentro do espanto, a respiración posible La memoria sirve para respirar mejor, diráOs pais de Dolores, tan semellantes a algúns dos nosos, imposible comprender a militancia dos fillos, pero valerosos sen límite, abós, aboasE, Elas, o centro do libro, as aboas de maio e Luz, esa nena que vemos medrar e parir e ese dia saber e buscar, buscar sen tregua ata Mirian, ata Dolores, ata Laura, ata as aboas, ata o encontro co pai biolóxico Carlos Squirru. se tornan declarantes ante o tribunal do mundo para deixar de selo. Esa conversa inacabable, como desmontar os dogmas e traer a Carlos, traernos ata a realidade que rompe tamén os ideais da razón para sobrepasalos e construir outro discurso en feminino, máis perto da vida, que non exclúa a vida, a inclemencia absoluta da vida, con todas as súas contradicións, cos seus resultados inexactos. O abrazo.Existe na novela unha sinrazón, a sinrazón das victimas que, para que se faga xustiza, a sinrazón das voces na novela que desmiten o aparente, as identidades ficticias. Sinrazón que conduce as personas a vivir como natural, como dado o crimen, a non saber, ao silencio; sinrazón que conduce a Miriam a aceptar como posible a súa combivencia co Besta, a Eduardo a convivir e aceptar a Luz como filla, a inscribila co seu nome, e consciente da equivocación, da mentira a ser cómplice do asasinato, a non falar, a non saber. Penso que si hai algo aterrador en todo isto é o saber que por onde ti pasabas todos os dias se torturaba e ti nada sabias. Silencio, mala conciencia, un perdón casi imposible senón se restaura a xustiza: Memen e a libertade da maioria dos implicados, a lei da obediencia debida.A novela, xa que non os tribunais, fai xustiza a esta diferencia. Facer xustiza a esta diferencia é instiutir novos destinatarios, novos destinadores, novas significacións, novos referentes para que a sinrazón (as sinrazóns do libro) poidan expresarse e para que os demandantes (os do libro: Miriam, Liliana, Eduardo, Dolores, Luz, as aboas) deixen de ser victimasQuezais sea a grandeza do libro esta capacidade para amosar as diferencias e atoparlles o idioma. A posibilidade que lles otorga aos seus personaxes de acción, de tomar parte na historia, de non ser víctimas. Esta, a escrita de Elsa Osorio é escrita e vontade contra a traxedia, contra as escuras e estúpidas linguas do infortunio e por iso é narración convencional pero tamén contra narración convencional, pensamento, emoción e por veces poética. Sempre desde unha trama ou urdime dunha intelixencia pavorosa.Esta novela non se le, debórase, porque é suspense, intriga, porque é paixón e panfleto endexamáis, porque conmociona, porque é conmvedora, porque é a reconstrución dunha vida, porque non se pode soltar.Para chegar asi ata a frase de Mirian:Tu mama era Liliana no sé qué, nunca supe el apellido y tu papá se llamaba Carlos Squirru y los mataron porque querían una sociedad más justaPara chegar asi ata Nora Mendilarzu de Ortiz los mismos ojos, la misma manera de pararsePara chegar así á frase que é cifra e que nos devolve un lugar no mundo, para deixar de ser superfulos, porque nos devolve a identidade, o dereito de existencia, unha carta franca de cidadania.Lean a Elsa Osorio, lembrarán coa súa escrita a Inés Olleiro, a María Elsa Martínez, a Xoan Carlos Casariego, a Urbano López, a María Seoane Toimil, a Dolores Pilar Iglesias, a tantos e tantos galegos chupados, desaparecidos. Leeranse a vostedes mesmos. Que a disfruten.
Feria del Libro Buenos Aires. Pablo de Santis
A veinte años, Luz cuenta una historia imaginaria, pero en el centro del relato hay algo real: la lucha por la identidad de los hijos de desaparecidos.
De todos los costados trágicos de la dictadura, este es el que ha marcado más profundamente a la ficción. Tal vez porque el centro de la historia –la idea de que los verdaderos padres son otros, la terrible idea de que todo, aun el nombre, es un engaño- es un temor grabado en la memoria de la especie.
Elsa le ha dado una entonación universal a un problema argentino, y ha logrado que miles de lectores en una veintena de idiomas sigan con pasión las peripecias de Luz en busca de su identidad.
El trabajo con lo real siempre provoca dificultades al escritor. Lo real y lo imaginario parecen formar parte de dos series distintas. Como cuando se han mezclado las piezas de dos rompecabezas. Cada vez que el escritor trata de unir el mundo de la realidad (sobre todo de una realidad política reconocible) con la ficción se enfrenta a una serie de problemas que ponen a prueba su relación con el lenguaje.
Uno de esos problemas es el tema de la información: hasta que punto el lector necesita precisiones sobre el costado real del relato. La ficción tradicional se sirve de los símbolos, que parecen formar parte de una lengua universal. Decimos “Había una vez un castillo” y ya está, no necesitamos saber donde está ese castillo. Nadie pide el árbol genealógico de los reyes y princesas de los cuentos, ni la clasificación zoológica de los dragones.
Pero si trabajamos con la realidad se pone en juego el conocimiento que el lector tiene sobre esa misma historia. El escritor no tiene todo el poder; una parte está en manos del lector. Entonces el escritor va a preguntarse: ¿Hay que subrayar ciertas informaciones? ¿Hasta que punto deben darse precisiones sobre tal hecho histórico? ¿Sabe el lector todo, mucho, poco o nada? ¿Hasta qué punto las menciones a circunstancias específicas acercan o alejan al lector de la trama? Imagino que Elsa se debe haber hecho preguntas semejantes al escribir.
Pero la dificultad principal de este matrimonio entre realidad y ficción está en establecer una continuidad entre los elementos reales y los imaginarios. Cómo hacer que los personajes imaginarios y sus voces sean aceptados por el lector como parte de una realidad que conoce bien. Cómo hacer para que un mismo soplo dé vida a lo que tiene distinto origen. Cómo hacer que estas piezas, que vienen de rompecabezas distintos, encajen.
Elsa resolvió con maestría este matrimonio entre realidad y ficción. Y lo logró a través de lo que realidad y ficción tienen en común: los huecos, las preguntas, las dudas, todo lo que escapa a la certeza. Cita dos fábulas que pertenecen tanto al terreno de la realidad como al de la ficción (porque son variantes de fantasías universales). Están ubicadas en la novela con sabiduría, como para recordarnos que cuando se sabe, se fabula, y cuando no se sabe se fabula aún más.
La primera fábula es la novela familiar de Freud. Es decir la idea de que nuestros padres no son nuestros verdaderos padres; somos en realidad hijos de personajes importantes, muy ricos, hijos de reyes, y debemos rastrear ese origen perdido. Mucho antes que Freud escribiera esta teoría, así ocurría en la novela bizantina, donde los protagonistas, después de mil penurias, reconocían su origen por una joya secreta o una marca, y descubrían su origen real. Ni Shakespeare ni Cervantes ni las telenovelas escaparon a este feliz reconocimiento final.
La otra fábula es la opuesta: un personaje recuerda una traumática escena de su niñez. Pasea con su criada y se cruzan con un deshollinador vestido de negro y cubierto, como corresponde, de hollín. La criada le dice que ese es su verdadero padre, y que si no se porta bien se lo va a devolver al deshollinador.
La primera fábula representa al deseo de ser otro, la segunda al miedo a ser otro. Entre el deseo de ser vástagos de reyes y el temor a ser deshollinadores o mendigos se despliegan todas las fabulaciones posibles sobre la identidad.
Hay una escena clave en la novela donde Miriam, un personaje extraordinario que está en el centro de la trama, se acerca a Luz niña y le dice que su madre no es su madre: una frase sencilla, brevísima, y que tiene el poder de derribar un mundo. ¿Qué cuento es este? ¿La novela familiar de Freud o el del deshollinador?
La mención a estas fábulas me parece central en la novela, porque todo el tiempo nos muestra, a través de los diálogos, pensamientos y acciones de los personajes, que no solo existe el saber y el no saber. También existen las fantasías con las que se llena ese vacío. Aquí la novela en tanto género nos recuerda que también en la vida real está lo novelesco, las fantasías, las genealogías ocultas. La novela puede agregar conocimiento a la realidad porque nos advierte sobre la complejidad del mundo, lo intrincado de las relaciones humanas; nos recuerda que la conciencia no se nutre sólo de datos objetivos sino de fantasías y símbolos personales.El lector de A veinte años, Luz encontrará que toda la novela es un largo racconto. Porque en el comienzo de la novela ya estamos en el fin de la historia: Luz viaja a Madrid con su esposo y su hijo para buscar a un hombre que tal vez sea su padre. Es la pieza que falta para completar el arco de sus preguntas; la novela irá develando las otras.Muchos años atrás, cuando la historia se volvía ficción, lo hacía a través de la épica. La épica necesitaba de grandes escenarios, de batallas, del aire libre de la Historia. Aquí hay un camino por recorrer, pero en espacios cerrados. A veinte años Luz cuenta a su modo la historia argentina, pero sin escenas al aire libre, sin manifestaciones, proclamas o enfrentamientos. La cuenta en una mesa de café, en un pequeño espacio. La cuenta a través de silencios, sollozos y susurros.
TESIS 11 Ana Inés López Accotto*Caminos hacia la memoria, la verdad y la justicia.
Sostener que la realidad supera a la ficción es un lugar común. Pero ocurre, a veces, que la ficción prefigura esa realidad que luego la supera. Este es el caso de la novela A veinte años, Luz, de Elsa Osorio.
Escrita a veinte años del golpe cívico-militar que instauró uno de los periodos más terribles de nuestra historia, venía a echar luz en un contexto muy desalentador para los derechos humanos en Argentina: tras el primer impulso del juicio del Nunca más siguieron las leyes de obediencia debida y punto final y los indultos a los represores. Los juicios por delitos de lesa humanidad quedaron clausurados y se impuso en el “sentido común” la idea de una “reconciliación” basada en la mentira, el ocultamiento y la impunidad.
En ese contexto adverso, las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo y el conjunto de organismos de Derechos Humanos, inasequibles al desaliento, persistieron en la lucha por la justicia que habían comenzado durante los años de plomo de la dictadura, cuando buscaban a sus hijas e hijos secuestrados por las fuerzas represivas con la complicidad de civiles y autoridades eclesiásticas. Mantuvieron abierta la puerta de las investigaciones judiciales por la apropiación de bebés y fueron impulsando en otros países los juicios por delitos de lesa humanidad que aquí no podían llevarse a cabo.
Fue entonces cuando Elsa Osorio escribió A veinte años, Luz, la historia de una joven (Luz) que a partir de su propia maternidad necesita investigar sobre sus orígenes, entender los sentimientos de extrañeza y angustia, de “no encajar” que la han marcado hasta entonces. Y en esa búsqueda se va adentrando y nos va llevando por los infiernos pergeñados para, decían, salvar los valores occidentales y cristianos de nuestra sociedad. Pero también nos muestra un camino de sanación, de reintegración de lo que nunca debió fracturarse: la propia identidad, el vínculo con sus padres y sus familias de origen. Y, también, la existencia de personas que se permiten dudar, cuestionarse, en tiempos de certezas impuestas a base de terror.
Hasta entonces las Abuelas habían hecho un largo recorrido buscando, primero, a los bebés que debían haber nacido en cautiverio; más tarde, a las niñas y niños en los que se habrían convertido. Sin embargo, el paso del tiempo daría lugar a la incorporación de una nueva dirección en la búsqueda: que los ya jóvenes adultos fueran los que comenzaran a recorrer el camino hacia sus Abuelas y familias de origen. A veinte años luz se ubica justo en el momento en que esta apertura se hace posible, la anuncia desde un relato absolutamente ficcional pero nutrido por los miles de testimonios que, poco a poco, se han ido conociendo.
Original en mano, la autora buscó en Argentina alguna editorial para publicarla pero no fue posible inicialmente: con el “sentido común” de la época por delante, recibió respuestas del tipo “para qué andar revolviendo esos temas” o “eso ya no le interesa a nadie”. Por eso la primera edición fue en España, a la que le siguieron la de Francia, Alemania, Italia y muchos otros países. La novela fue traducida a innumerables idiomas (conmueve ver, por ejemplo, la edición en chino) y ha vendido más de un millón de ejemplares en todo el mundo.
La novela de Elsa Osorio fue entonces y lo sigue siendo hasta nuestros días, una contribución invalorable para dar a conocer al mundo la dramática extensión temporal de la represión, encarnada en esas niñas y niños nacidos en cautividad y cuyo paradero permanece en muchos casos, todavía hoy, desconocido. Así lo reconoció la actual presidenta de Abuelas, Estela de Carlotto: cuando se le pidió en un programa de televisión que indicara tres libros importantes para ella, uno fue A veinte años, Luz.
CLARIN – Revista VIVA Diego Bagnera.
Una joven descubre que es hija de desaparecidos y empieza a buscar su verdadero origen. Ese es el eje de A veinte años, Luz, la novela con la que Elsa Osorio eligió contar una dura realidad a través de la ficción. La autora habla de este capítulo aún vigente de nuestra historia y de su esperanza en que la justicia condenará a quienes se apropiaron de estos hijos ajenos.
“Elsa Osorio escribió una novela para tumbar en el diván a su país y exorcizar una de sus mayores tragedias: el robo de niños durante la dictadura. “Las palabras pertenecen al diario La Vanguardia, de España, país en el que inicialmente fue publicada A veinte años, Luz. “Sin duda alguna sentencia por su parte el también español diario El Mundo-, el más oportuno regalo para quien siga teniendo dudas sobre el destino de Mister Pinochet. “La novela se agotó de inmediato. Hoy va por la tercera edición española y, gradualmente, el resto de Europa se suma al fenómeno: Alemania, Italia, Portugal, Grecia y Turquía ya compraron los derechos, y al suceso de venta y crítica se suma ahora el interés de varios productores por llevar la novela al cine. Sin embargo, antes del éxito, A veinte años, Luz fue rechazada por las principales editoriales argentinas y recién hace unos días fue lanzada en nuestro país por Mondadori.
De visita en Buenos Aires para presentar su novela, Elsa Osorio una autora argentina que vive en Madrid, donde dicta talleres de narrativa y semiótica explica el libro no está basado en personajes verídicos. “No hay referencias explícitas a personas o lugares; el lector ya los conoce”.
La novela cuenta la historia de Luz, una joven que descubre que no es hija biológica de quienes dijeron ser sus padres sino de dos militantes: Liliana, asesinada en 1976, días después del parto, y Carlos, quien logra escapar a España, hasta donde Luz llega a buscarlo. A partir de distintas voces, Osorio concentra la atención en la trama que, silenciosamente durante esos 23 años, ocurrió en la individualidad de cada protagonista: de Luz, de sus padres, de sus secuestradores y asesinos, de los cómplices, de aquellos que ignorándolo incluso- fueron parte de una historia que también y como ninguna otra, tal vez- los convierte en argentinos.
Osorio instala una pregunta que, literalmente, abarca a todos los nacidos entre el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 y el 10 de diciembre de 1983, cuando la Argentina recuperó su democracia: “¿Mis padres son mis verdaderos padres?”. Como Picasso ante el Guernica, también ella puede quizá decir: “No soy yo quien formula esta pregunta. Ellos la instalaron desde el primer secuestro”.
-¿Qué la llevó a escribir esta novela?
-Siempre me pregunté qué pasaba con estos chicos que nadie busca.
Yo pensaba: no todos tendrán una abuela heroica. No se puede exigir que todos los que sufrieron sean héroes y sigan buscando. Mucha gente no pudo vencer el dolor de volver a hablar de eso y muchos otros no vencieron el temor que la dictadura les dejó. Por eso elegí el perfil de una chica a la que, por diversas razones, nadie buscó.
-¿Cómo fue la experiencia de meterse en la piel de esos chicos?
Difícil e intensa. Me permitió plantearme preguntas que, sin esta novela, no me hubiese planteado. En un momento, por ejemplo, Luz se encuentra con su verdadero padre y le pregunta: “¿Por qué me tuvieron en esas circunstancias?”, algo que yo no me hubiera cuestionado entonces.
-¿Por qué decidió contar esta historia en clave de ficción?
-Yo puedo decir una cifra: hay tantos chicos desaparecidos. Se conocen, incluso, muchas informaciones precisas y testimonios. Pero la ficción nos puede acercar también a la verdad. Creo que hay un momento en que, desde la ficción, se pueden encarar los hechos verdaderos para que el lector sienta en lo individual una historia que, sólo en términos externos, no es la suya: hacer que el lector encarne qué pasa en la vida de alguien a quien día a día se le oculta la verdad. La ficción tiene este alcance y yo quiero que lo que ocurrió con estos chicos no se olvide.
-Lo considera un libro de denuncia
-Sí. No lo escribí con una intención en especial. No lo escribí “para”. Lo escribí porque tuve ganas, porque me nació y porque esencialmente soy una escritora y me gusta escribir. Más allá de esto, necesito que esta historia se conozca y la quiero denunciar; también si realmente puede hacerlo- que el libro ayude a otros chicos a encontrar su identidad. Siempre, siempre, es bueno conocer la verdad.
-En el comienzo de la novela, Carlos le dice a su hija: “Los están juzgando en Madrid”. Cuando en octubre del año pasado se otorgó a España la competencia internacional para juzgar a los genocidas, ¿todavía estaba escribiendo a novela?
-No, ya la había terminado. Eso fue notable. Estaban, sí, las actuaciones del juez Baltazar Garzón pero aún no se sabía si España iba a recibir o no la competencia. Casi como empujando la aprobación de ésta, decidí apostar y escribí esa alusión a los juicios como si esa legislación ya existiera.
-¿Qué valor le otorga a esta apertura jurídica internacional?
-Abre un camino de esperanza. Es algo que llevará tiempo pero no hay que perder de vista que se ha creado un camino contra los genocidas. La Justicia española abrió una puerta golpeada durante años por organizaciones de derechos humanos. Y estos juicios, sin duda, sentenciarán condenas. Queda por resolver cómo va a actuar la Argentina: aquí hay más de 190 implicados, muchos de los cuales hoy ocupan lugares de poder.
-¿Cómo cree que va a actuar nuestro país?
-No lo sé. Dependerá también de quién asuma la presidencia. Sí sé, en cambio y me pregunto si aquí lo ven claramente-, que más allá de los vericuetos de la Justicia es la sociedad internacional la que ha condenado a Pinochet. Y algo más significativo aún: con él se condenó a todos los Pinochet.
-¿Cree que al juzgar a militares como Pinochet o Videla en verdad se está sólo a una parte de la gran jerarquía genocida? Conocidos ahora la operación Cóndor y el rol de los Estados Unidos en la represión en el Cono Sur, ¿piensa que se llegará a responsabilizar a los Estados Unidos o, por ejemplo, a Henry Kissinger?
-Esperemos que sí. Yo confío mucho. Quizá, me digo a veces, esté pasada de revoluciones en optimismo. La posibilidad existe. Ahora, ¿hasta dónde va a llegar de alto? No lo sé. Me interesa también hasta dónde va a llegar hacia abajo: los muchos civiles jueces, sacerdotes, policías- que participaron y que hoy están completamente integrados a nuestra sociedad.
-¿Cómo vivió usted el caso de los mellizos Reggiardo-Tolosa, que eligieron vivir con el ex subcomisario Samuel Miara y su esposa que se apropiaron de ellos en 1977- en vez de su familia biológica?
-Es una situación muy delicada y difícil. Creo, por supuesto, que a los hijos de desaparecidos hay que restituirlos siempre a sus familias biológicas. Influyó mucho, además, el mal manejo de un sector de la prensa. No se le puede preguntar, como yo vi que les preguntaban: ¿”Querés a tu mamá”?, y legitimar desde la prensa un vínculo que no es real. Su verdadera mamá fue aquella a quien Samuel Miara torturó, no su esposa, que les mintió al decirles que estuvo embarazada de ellos. ¿Por qué no les dijeron: “Los valores de tus padres eran, según nosotros, un desastre; por eso los matamos: para salvarlos a ustedes”?
-Luz llega a aceptar su historia, pero muy lenta y arduamente…
-Sí. A partir de que ella puede asumir la historia del país como propia, comienza a conocer su historia. Ella durante mucho tiempo se cree la nieta de uno de esos “dueños de la vida y de la muerte”, un ex militar que comandaba uno de los centros de detención y tortura. Primero se enamora del hijo de un desaparecido y así, poco a poco, a partir de distintos hechos, va encontrándose con una historia ante la cual hace una opinión de vida. Incluso cuando muere su abuelastro, Luz lo va insultando mientras lo entierran y se va diciendo a sí misma cuántos, por culpa de él, no pueden ver a sus familiares enterrados, saber dónde están y toda esta deuda que, hasta que no sea completamente esclarecida y saldada, va a seguir impidiendo que esta sociedad respire.
Revista HUMOR – Picadillo Circo Ariel Testori . Una ficción real
El libro A veinte años, Luz, Elsa Osorio, protagonizado por personajes maravillosa y dolorosamente descriptos, enfrenta al lector con la historia y la sociedad argentina a través de lo ocurrido con la apropiación de menores durante la dictadura. Y por eso, después de leerlo, nadie podrá ser indiferente.
Al texto le faltaría esa especie de leyenda que aparece al final de muchas películas seudo testimoniales del cine norteamericano. Un cartelito que cuente que “de los 500 niños desaparecidos en la Argentina entre 1976 y 1983, hoy ni siquiera la mitad pudieron ser encontrados”. Pero no lo necesita porque tiene la fuerza que tiene su autora que, desde una imagen aparentemente tierna, es capaz de lanzarle a la memoria de los argentinos un recuerdo literariamente rico e históricamente preciso del horror que vivimos.
El camino inverso
“Viviendo en España cuenta Osorio- alguien me contó una historia que no tiene nada que ver con los desaparecidos, sobre un chico adoptado, y como estaba con la idea de una novela, se me ocurrió preguntarme cuántos culpables indirectos existen, y no estoy hablando del torturador que se llevó un chico a su casa, sino cuánta gente aún con buena fe fue a adoptar un chico en esa época, pero después qué le pasa con ese chico ante la duda. Después empecé a pensar en cuántas personas habría sin que nadie las busque, tal vez por no tener una abuela heroica militando en los derechos humanos”.
Sobre el nacimiento del libro, la escritora explica que “Fue una historia que me costó mucho, porque era una manera de elaborar cosas lejanas. La idea fundamental de la novela era el personaje de Luz, esa chica y su búsqueda de la identidad que intuye, porque todo lo que ocurre en la novela, los datos que va encontrando, no le dan la pauta de lo que pasa. Tal vez en la vida de esa chica que ha sido criada por la hija de uno de esos monstruos es importante destacar que primero tiene una elección ideológica. Que antes de pensar “soy hija de desaparecidos”, va descubriendo una historia que le han ocultado. Va leyendo el Diario del Juicio, el tema de la Obediencia Debida, y entonces hay un punto clave de la novela que es cuando muere su supuesto abuelo y ella mantiene una relación muy conflictiva con la madre. La madre está muy triste y ella asiste al entierro de “su” historia. Una historia en la que ella nunca se sintió cómoda”.
Yo pensé muchas veces agrega Osorio- en cómo se puede sentir un chico al que se le oculta la verdad así. Fijate que hay mujeres que les dicen a sus hijos que han estado embarazadas de ellos. Eso es perverso, porque cómo se puede establecer una relación de ese tipo basada en la mentira. Luego, en la novela fui reconstruyendo las partes. Hubo personajes que tomaron una gran dimensión y se me escaparon de las manos. Entre los culpables está Eduardo, que si bien es el apropiador, a él le imponen esa niña. Y, sin embargo, perece. Yo lo que quiero resaltar es que cualquiera puede sacarse la venda. Los personajes no son bloques, tienen matices. La idea era mostrar la sociedad desde adentro. Y mostrar a un personaje como Mariana, odiado, porque ella no sólo le oculta la verdad a su hija sino que tiene una mala relación con todo lo que tiene que ver con la vida, con la sensualidad. Y después El Bestia, un torturador, un pequeño tipo que tiene poder basado en la violencia. El mostrarlo enamorado me sirve para contar que en esa época cualquier cosa era posible. Aún por intereses propios, más allá de que hubo un plan sistemático de apropiación”.
La realidad y la ficción
La primera parte del trabajo es electrizante e imposible de dejar. A medida de que se entra en la trama es inevitable recordar la novela No habrá más penas ni olvido de Osvaldo Soriano. AL igual que en la obra maestra del escritor, el clima y la ambientación perfecta del libro de Osorio están logrados por un conocimiento exacto de las jergas y actitudes de los represores y sobre las situaciones que viven.
“Traté de imaginarme todo sostiene-, pero el lenguaje de El Bestia fue el que más me costó. Yo no sabía qué podía decir un tipo como ese sobre los campos de detención y la tortura, entonces inventé esa historia de la oficina. No sé si alguno le diría la “oficina”, en todo caso lo expreso en una situación privada porque es lo que él le dice a su novia. Luego que terminé la novela leí la declaración de un torturador que me impresionó, porque explicaba la manera en que utilizaba la picana, como si fuera un experto. Ocultó su nombre pero está casi orgulloso. Entonces me pareció que podía ser propio de El Bestia. Luego, deliberadamente, tanto a él como al otro represor los tomé en tercera persona porque me daban asco”.
De eso no de habla
La novela es un universo de temas, pero algunos tienen la característica de no haber sido casi tratados en la poca obra de ficción que se anima con los años de plomo vividos en la Argentina. Una característica que la escritora se encarga de remarcar.
Otro tema que la escritora toca como nadie lo hizo hasta el presente ese cuestionamiento del hijo al militante, cuando Luz le reprocha al padre sobre la cuestión de tener familia e hijos en circunstancias tan violentas.
“Porque no hay ninguna ficción arremete una vez más Osorio-. Ella le hace varios cargos a Carlos, su padre. Pero también es perdonado. El personaje de Luz puede hacer esos reproches, como por ejemplo: “si estaban tan jugados a la revolución ¿por qué decidieron tenerme?, o “¿Por qué me arriesgaron a una desaparición?”.
Creo que en primer lugar es una pregunta posible pero injusta, porque se podría decir que en ese momento no debían tener hijos, pero tampoco en ese momento estamos hablando de 1976, se sabía del horror que se conocería después. Ahora bien, cuando me pongo en la piel de la chica, me parece que es un reproche que se puede hacer”.
El otro gran tema es el del exilio y los militantes, al que la escritora le da una nueva perspectiva: fueron exiliados los que tuvieron que irse por estar en peligro, pero también existieron los que se tuvieron que ir porque este país los ahogaba lentamente (la muestra es el diálogo en el que Luz le cuenta a su padre que Miriam también se exilió en el Uruguay, y Carlos le pregunta con sorna: “¿una prostituta, exiliada?”).
Pero posiblemente, como nadie desde la ¿ficción?, Elsa Osorio desmenuza perfectamente los peores momentos de lo que debió ser el robo, la apropiación y el tráfico de bebés. Leer algunos párrafos en los que se está arreglando todo el tema de cómo lo van a conseguir (al bebé), a quién se lo van a dar, no aparece muy seguido en la literatura argentina. Puede haber ensayos que hayan tocado el tema, pero nadie marcó con tanto precisión esas “transacciones” con la vida.
Osorio explica que “en un ensayo hay que trabajar con elementos que no siempre se tienen. En cambio, yo creo en la ficción, creo que es un género que permite realizar una serie de mentiras que encadenadas te acercan a la verdad. Todo esto pasó delante de nosotros, en nuestra sociedad. Sin embargo, si yo le digo a alguien, en otro país, que a 500 chicos les hicieron esto, creerían que es una barbaridad. En cambio, si tomás un caso individual podés lograr que el lector pueda sentirlo”.
LA CAPITAL Osvaldo Aguirre. La resistencia la hicieron las mujeres
“A VEINTE AÑOS LUZ” novela que acaba de publicar Mondadori, presenta un tema cada vez más insistente en la literatura argentina: el de la última dictadura militar. Para la autora, Elsa Osorio, la publicación vence “un fuerte prejuicio editorial” sobre los hechos de la historia reciente y a la vez apuesta proyectar una visión particular sobre un problema actual sobre la búsqueda de los hijos de desaparecidos.
Con múltiples narradores e intrigas cruzadas, la novela está protagonizada por Luz, una hija de una desaparecida que recompone su historia a partir del encuentro con su padre. En ese recorrido, irrumpen personajes reconocibles militantes políticos, torturadores- y otros más bien inesperados, como Miriam, una prostituta que hace una particular toma de conciencia. Osorio reside en Madrid y estuvo en Rosario para presentar “A VEINTE AÑOS LUZ” en la librería Ross.
– ¿La proximidad de los hechos históricos a los que se alude fue una dificultad en la novela?
– Se me plantearon varios peligros desde el punto de vista literario con la materia a tratar. Uno de ellos fue como hablar de esos años sin caer en algo truculento; otro, por lo que aquí está tan relacionado con la maternidad, era caer en algo sensiblero. Pero alguna opción hay que hacer; preferí la emocional. Y si quiero que esta historia se conozca sin ser infiel a los hechos históricos, me voy a ir a lo que pasa con las mujeres. Por otra parte la resistencia activa contra la dictadura la hicieron las mujeres. En principio la motivación de las madres fue absolutamente visceral: me arrancan un hijo y hago lo que puedo para salvarlo. También quería ver los distintos matices de estos personajes, no contar una historia de buenos y malos, si bien pienso que hubo un plan sistemático de apropiación de menores, me interesaba meterme y me dio bastante asco, en personajes como los torturadores. La idea de poner a uno de ellos enamorado y hasta con un rasgo de ternura me servía para mostrarlo después desde el corazón de la impunidad. Quería evitar poner un reflector sobre la tortura; y además me interesaba mostrar que los personajes reaccionan más desde razonas humanas que partidarias. Obviamente después hay reacciones ideológicas, pero la alianza entre Liliana (la madre desaparecida) y Miriam es imposible si nos ubicamos en 1976 sin embargo se concreta porque está la vida que representa esta nena.
– La historia que cuenta la novela funciona al revés de la realidad: se trata de una hija que busca a sus padres.
– Si, los busca a partir de su maternidad. Y en un momento de amor y alegría. Además quiere demostrar que es hija de desaparecidos. Es un poco dar vuelta las cosas, no regodearse en el dolor sino abrir la búsqueda de la verdad.
– Los personajes de los represores remiten a modelos conocidos: ¿No es más difícil hablar de los otros, los que callaron o tuvieron un rol pasivo?
– A esos personajes no les pude poner matices. Son repugnantes, simplemente. Por un lado existió ese plan sistemático y por otro hubo motivaciones personales. Los chicos fueron tratados como objeto, los usaron. Mariana, la madre adoptiva de Luz, es un personaje al que, hasta que no reacciona, se puede compadecer, porque también ella fue engañada. Pero es un producto de la educación de sus padres, e independientemente de la situación que narra la novela hay muchas Marianas. Todo lo que en su hija demuestra la vida, la sensualidad, le parece mal porque su cabeza está podrida.
– ¿Y hay muchas Miriam?
– Ella es una buena persona, de calidad. También reacciona de una manera muy visceral, quiere al chico pero cuando ve a Liliana lo primero que nota es que esa madre no quiere regalar a su hija. Me gustaba esa óptica ingenua. Por otra parte es una novela que yo quería trabajar desde la intriga, casi como una policial. No se si hay muchas Miriam, si que hubo muchos disparates en esa época. Era una situación que me permitía mostrar distintos sectores sociales e ideológicos, un panorama más amplio. Quizás lo que pueda molestar es pensar que si alguien como Miriam se dio cuenta, yo no lo vi o no lo quise ver. La novela tiene varios tipos de ceguera. Yo no creo que, como se dice, todos hayan sido culpables de lo que pasó. Hay distintos grados de culpabilidad: no es lo mismo el tipo que puso la picana, el que dio la orden o el que conoce a alguien que tiene hijos de esa época y no se saben si son adoptados, robados o que. Hay mucho silencio sobre esto.
– ¿Cómo apareció la idea de escribir la novela?
– Fue un viaje que hice a Buenos Aires, en una conversación se refería a gente que adoptó a un chico en situación de buena fe. Hice preguntas, y la persona que me contaba se puso terriblemente incómoda. Comencé a pensar en esas molestias, en cuantos chicos habría que no se saben si son robados, en cuantos casos sin denuncias. Entonces tomé notas. Y después ayudó mucho estar fuera del país.
– ¿De que manera?
– Durante bastante tiempo, estando en España, me trababa con la lengua. Me podía pasar: “escribo, estoy enfadada o estoy enojada”. Pero escribía cuentos, y en esa línea temática de la novela no tenía dificultad con el lenguaje, era sumergirme en eso y no había posibilidad de contaminarme. Para la novela necesitaba estar afuera, lejos no solo del lugar donde los hechos sucedieron y suceden. Se dice que es algo del pasado, pero mientras no se sepa cuantos son los chicos que robaron y quienes fueron los responsables la cuestión es del presente. Más allá de eso, quise desprenderme de cosas respecto de la propia escritura. Uno tiene sus prejuicios con respecto al amor, por ejemplo, porque el amor es cursi.
– ¿Pero se habla mucho del amor en la novela?
– Quiero decir que reconozco ese prejuicio. Tal como se concibe en el mercado, la literatura erótica tiene prohibido el amor. Y el amor es una cosa bastardeada, con la novela rosa y demás. Como tratarlo. En la novela aparece por necesidad, hay cosas que pude reconocer porque en España me lo decían. Me preguntaban si creía que por el amor se llega a la verdad. Yo diría que no; pero leyendo la novela me doy cuenta que lo debo creer.
– ¿Cómo surgió el personaje de Miriam?
-Se me ocurrió jugar con la historia de una puta, alguien que fuera capaz de decir “esto está mal” y de reaccionar. Desde la época del tango están las putas y las madres como mito. Después aparecemos otras mujeres. Pero a las Madres de Plaza de Mayo se les llama las locas. Y loca era una palabra que también se usaba para designar a una puta. Decirle loca a una madre, en esta sociedad, es muy fuerte. A las detenidas los represores las trataban de putas: “putita bolchevique, putita montonera”, decía. Y Liliana es una madre a la que matan. Por supuesto que les decía locas para descalificar. Pero la lengua dice mucho más de lo que se cree.
La Razón – Agenda Cultural
La periodista Mona Moncalvillo y los escritores Luisa Valenzuela y Osvaldo Bayer se ocuparon de la presentación de “A veinte años, Luz”, novela de Elsa Osorio que acaba de ser editada por Grijalbo Mondadori y que narra la búsqueda de su identidad por arte de una chica nacida en cautiverio durante la dictadura y apropiada por los militares.
“Creo que este libro hace que nos enfrentemos con lo que somos, con lo que nos pasó, y a través de todos los personajes de este libro, que están maravillosamente descriptos y entrelazados, como la sensación que esto somos”, dijo Mona Moncalvillo.
Luisa Valenzuela, por su parte, confesó su “emoción no sólo por la temática tratada, cosa muy importante de señalar, sino también por su alta calidad literaria. Es éste un libro que ofrece muy diversos registros, los célebres niveles de lectura, de que tanto se ha hablado y de los que tan pocas obras, en realidad, responden”.
Para Osvaldo Bayer se trata de una novela “que abre la calle ancha para nuestra literatura, ya sobre esta temática. Realmente tenemos un venero increíblemente inmenso”.
La novela, publicada inicialmente en España, ha sido bien recibida por la crítica y está siendo traducida al alemán, al portugués, al griego y al turco, además de proyectarse la traducción al inglés y el francés y la realización de una película basada en su historia.
Académico De la historia oficial a la historia individual: Testimonio y metatestimonio en A veinte años, Luz de Elsa Osorio
María Eugenia Osorio Soto**
maestría.literatura@gmail.com
A veinte años, Luz, de la escritora Elsa Osorio,
trata sobre la última dictadura en Argentina, más
especícamente aborda el tema de una “identidad
negada”, esto es, la historia de los hijos de los militantes de
izquierda que fueron robados y entregados en adopción. Con el
nacimiento de la hija de la protagonista, Luz, surge la duda sobre
su propia identidad que le había sido arrebatada junto con la
vida de su madre. Asumimos la hipótesis de que la novela, en la
medida que establece una relación entre el pasado y el presente,
adquiere el carácter de lección que, a su vez, le da una dimensión
ética al texto. De igual manera, deja en evidencia que olvidar es
traicionar y que recordar es otra forma de resistir.
A veinte años, Luz [1998] reconstruye un capítulo de la historia
reciente argentina a través de la historia personal de Luz, quien
al mes de su nacimiento es arrebatada de la madre para sustituir al
nieto de un general del ejército, que había muerto en el momento
de nacer. El motivo del secuestro de hijos de disidentes políticos fue
una práctica recurrente durante los años de la dictadura, pues, según
lo indica el organismo humanitario Abuelas de Plaza de Mayo,
fueron 500 los bebés robados y apropiados por represores o sus cómplices1.
Los hijos de los desaparecidos surgen en la escena pública
veinte años después del Golpe de Estado y, a partir de este aniversario,
se hacen visibles a través de la agrupación Hijos (Hijos por la
Identidad, la Justicia, contra el Olvido y el Silencio)2. En la novela
nos encontramos ante una historia en la que se desvelan varias facetas
de la dictadura en Argentina. Mediante la utilización de técnicas
narrativas como rupturas temporales, analepsis y prolepsis, así como
la superposición de dos espacios, Madrid-Argentina, se representan
diferentes aspectos de la dictadura y la forma como inciden en la
vida cotidiana de los ciudadanos.
La novela se inserta, tanto por la temática, como por la época en
que se publica, dentro de un grupo de obras que, además de poseer
marcados rasgos testimoniales, tienen como eje central la memoria.
Estas obras empiezan a aparecer después de la caída de la dictadura,
a nales de los ochenta y durante la década de los noventa (Strejilevich
2006: 29). Los escritores que publican en este período, aunque
muy polifacéticos en cuanto a las formas narrativas y tratamientos
de los temas, recurren a tópicos relacionados con las experiencias
propias sobre la represión política, el exilio, el encarcelamiento o los
1 La identicación de estos jóvenes se ha llevado a cabo gracias a los esfuerzos hechos por la Organización
de las Abuelas de la Plaza de Mayo. En febrero de 2009 se publica la siguiente noticia en el diario
argentino La Jornada :” La organización Abuelas de Plaza de Mayo anunció este viernes la restitución de
la identidad a una joven que nació en cautiverio durante la última dictadura militar en Argentina y fue
apropiada ilegalmente, por lo que ya suman 97 los nietos recuperados”.
2 “Se juntaron, nadie sabe bien cómo ni dónde, y de repente están allí, reclamando justicia: fueron a entregarle
a los jueces de la nación habeas corpus pidiendo algún dato que les permita reconstruir la suerte
seguida por sus padres’. Desde entonces, estos jóvenes también han comenzado a dejar las huellas de sus
pérdidas; mediante el escrache —propuesta tanto estética como de denuncia— señalan públicamente
la vivienda de jefes, torturadores y cómplices de la dictadura, en un trabajo que involucra música,
actuación y artes plásticas. ’Su exposición de los agentes militares responsables de las violaciones de los
derechos humanos en los años de la guerra sucia lleva implícita una defensa de la memoria libre, una
que se niega a responder a las costumbres del orden político” (en Maldonado 2006: 98).
dramas familiares, producto de la desapareción de hermanos o hijos.
Este es el caso de, entre otros, Alicia Kozameh, en la novela Pasos
bajo el agua [1984], o del poeta Juan Gelman en el poemario Si dulcemente
[1980]3. La novela de Osorio no coincide plenamente con
la caracterización que se hizo del género testimonial desde su consolidación
en 1968, por parte de Casa de las Américas, ya que el texto
no se compromete con el pacto de veracidad que se le atribuye a
la obra testimonial, ni autora no actúa como testigo de los acontecimientos,
ni como mediadora de un sujeto testimoniante4. Sin
embargo, si atendemos al papel que juega la memoria en la narración
y a la presencia de ciertos elementos testimoniales que toman
el carácter de lección5, podríamos emparentarlo con los relatos del
Holocausto, en los que el otro, el testigo, está presente como ausencia
y de ahí que su voz sea silencio (Caviglia 2006: 79).
Esta narración, que también es una historia de desaparecidos, escritura
de la ausencia, trae la marca del compromiso de una escritora
comprometida con los procesos históricos de la Argentina. Aunque
la autora no reivindica el tema de la novela como una experiencia
vivida, adopta el punto de vista del testigo ausente y hace una narración
en la que el lenguaje de las víctimas interpelan a un lector
que se supone partícipe de un pacto implícito con la lectura de un
texto que, por un lado, es memoria viva y, por otro, es cción. Así,
el lector es interpelado a leer en los silencios de la escritura el grito
de las víctimas, como lo advierte Mèlich (2002: 33), para el caso de
las historias del Holoacusto6.
A veinte años Luz, inicia y termina con un mismo referente temporal,
el año de 1998, pero en cada una de los cinco capítulos que
3 Para profundizar sobre el tema de la literatura testimonial posdictadura, recomendamos, entre otros, el
texto de Nora Strejilevich (2005) que citamos en la bibliografía.
4 En latin existen dos términos para referirse al testigo: terstis y superstes; el primero, terstis, alude al sujeto
que atúa en posición de tercero en un litigio o proceso. El segundo, superstes, a quien habla de un suceso
a partir de su experiencia directa. El testigo, en este último caso, es entonces un autor ya que su testimino
implica la preexisencia de una realidad (Mariana Caviglia 2006: 79). El relato literario, como bien
sabemos, permite echar mano de la cción para trasmitir las experiencias de otros y, de paso, participa
de una ética de la que hablaremos en el transcurso del artículo.
5 Retomamos el este concepto de Mèlich (2006)
6 Mèlich (2006: 29) argumenta que “la experiencia del Holocausto supone una ruptura radical con el
ideal ético ilustrado y, al mismo tiempo, con la concepción del sujeto moderno”. Por tanto obliga a
replantear las viejas distinciones éticas.
componen la novela aparece un año específico en el que se desenvuelven
los acontecimientos que se indican. La primera parte se
enmarca en 1976, es decir, el año del inicio de la dictadura que,
además, coincide con el nacimiento de Luz. Aquí se muestran los
últimos días de la madre de Luz, Liliana, se revelan algunos de los
procedimientos utilizados por el Estado para hacer desaparecer a los
disidentes de izquierda y se da cuenta de uno de los métodos utilizados
para secuestrar a los hijos de las prisioneras, como es el caso
de Luz.
La “Segunda Parte 1983” tiene como escenario principal el entorno
hogareño en el que Luz crece. El micromundo de esta familia
se representa como un símbolo de la sociedad argentina, puesto que
allí se escenifican situaciones, personajes y conflictos representativos
del momento histórico que vivía el país: Eduardo, el padre
adoptivo, es representado inicialmente como un ciudadano desprevenido,
cuya ingenuidad o neutralidad sólo beneficia el régimen;
no obstante, es asesinado cuando empieza a indagar por la verdad
que presiente. Los padres de Mariana, madre adoptiva de Luz, son
paradigmáticos, en tanto que representan el sector más alienado y
conservador de la sociedad, esto es, los que ejecutaron y justicaron
la violencia política y las desapariciones7. Al final se hace referencia
a la lucha de las Abuelas de la Plaza de Mayo que, como sabemos,
se convierte en movimiento contestario, cuyo objetivo desde el comienzo
de la dictadura fue denunciar y resistir (2008: 215)8.
En la “Tercera Parte 1995-1998” se enfoca la historia individual
de Luz, es decir, el proceso de reconocimiento y reconstrucción de
su identidad. Ahora bien, en la obra sucede un deslizamiento constante
de las tragedias individuales, hacia las familiares y las sociales.
Luz descubre que es hija de una desaparecida, que había sido adoptada
de forma ilegal por la nieta de un general pero, detrás de esta
historia, también empieza revelarse la tragedia de la Argentina de la
dictadura. La protagonista poco a poco va confrontando diferentes
aspectos de esta tragedia que, como aparece en el texto, alcanza el
7 Ese sector que argüía “No desaparecieron personas sino subversivos” (Escudero, 2001).
8 Todas las citas y referencias provienen de la edición de 2008. En adelante sólo indicaremos la página.
período posterior a la dictadura como es “La Ley de la Obediencia
Debida”, aprobada en 1987, la cual implicaba que los torturadores y
los asesinos del régimen quedaran libres, bajo el argumento de que
habían recibido órdenes de sus superiores (298).
Salir de la Caverna
El tema de la búsqueda, central en la novela, emerge ligado al
de la memoria y se fundamenta en el Mito de la Caverna de Platón
(1988), mediante el cual se puede explicar cómo se encuentra el
hombre respecto al conocimiento, pues alude a la idea de abandonar
la oscuridad como dirigirse hacia la luz (el conocimiento) sugiriendo
al mismo tiempo que cada realidad tiene su propia forma
de conocer. En consonancia con la idea platónica, la novela puede
ser estudiada como una alegoría en la que la protagonista quien, al
inicio de la historia, se encuentra simbólicamente atrapada en el
mundo de las sombras, pero, así como en el texto platónico uno de
los individuos logra liberarse, salir de la caverna, verle la cara del
sol y adquirir otra percepción de la realidad, la joven se despliega
hacia la luz y obtiene el conocimiento buscado mediante un proceso
anagnórico y anamnético.
El proceso anagnórico lo percibimos a partir del título de la novela
A veinte años, Luz, el cual implica una ambigüedad que apunta
a los efectos del conocimiento adquiridos por la protagonista durante
la narración. Luz tiene un objetivo desde el inicio de la historia:
iluminar una parte de su vida, esto es, conocer sus raíces y, mediante
este conocimiento, entrar en contacto con una parte de sí misma,
ante la que había sentido extrañeza. Al acto de conocer, en este
caso, le es inherente el descubrir el episodio de la historia argentina
que le había sido ocultada. Este último aspecto, determinante en
el relato, es el que le da unidad narrativa y, a nuestro modo de ver,
mantiene la expectativa del lector. Luz accede al conocimiento que
presiente y lo manifiesta cuando dice: -Luz, siempre me llamé Luz.
Y me gusta ese nombre […] Yo me empeciné en poner luz a esta
historia de sombras, en saber, buscar, sin medir el riesgo afectivo que
pudiera traerme (19).
El conocimiento que la protagonista logra de sí misma le permite
ubicarse temporal y espacialmente en una tradición o, para este
caso, en una línea genealógica. Mediante el (re)conocimiento de la
historia de la madre y el encuentro con el padre accede al proceso
de configuración de la identidad individual de sí misma y, a partir
de éste puede responder a la pregunta ¿Quién soy yo? Pues, como lo
recuerda Mèlich (2006: 118) “un ser despojado de memoria, un ser
totalmente amnésico, jamás podría responderla”.
El nombre de Luz, además, trae a cuento el acto de dar a luz y,
por tanto, adquiere una connotación simbólica. En el plano real
ubicamos el fenómeno físico del nacimiento del hijo de Luz, suceso
que funciona como un detonante en esa búsqueda que la joven
emprende por la identidad. En el nivel metafórico lo asociamos con
la búsqueda de conocimiento, puesto que salir a la luz implica abandonar
la caverna, esto es, las sombras propias de la ignorancia. Luz
inicia la búsqueda cuando empieza a intuir que hay una verdad que
está por revelarse: su verdadera identidad que le había sido robada.
Esta analogía entre el nacimiento del hijo y el re-nacimiento de la
madre, en tanto que ella accede a su historia, es central en la novela.
A partir de entonces ubicamos el proceso de anamnesis, esto es, de
recuperación de la memoria que, como lo desarrollaremos en este
trabajo, tiene múltiples implicaciones.
El hijo de Luz se convierte en el motor que la impulsa a indagar
por su procedencia familiar y que termina en el encuentro con el padre
en Madrid a sus veinte años. Luz incursiona en la vida del padre
y lo hace como portadora de conocimiento, puesto que viene a sacarlo
de las oscuridad con respecto a la existencia de ella misma y en relación
con lo sucedido con la madre durante los últimos días de vida
en cautiverio. La necesidad de indagar, de entender, las razones de
su aparente abandono por parte del padre es una fuerza que la incita
a confrontarlo. Así, le exige que se mire en la dimensión de su pasado:
como compañero de Liliana pero también como ex-militante de
izquierda. En este último sentido, le cuestiona su falta de coherencia
con el discurso revolucionario. Así lo vemos en la siguiente cita:
-No te parece que si estaban tan jugados a la revolución, podrían haber
pensado si tenían derecho a exponer a ese hijo que querían tener
a tales situaciones, a desaparecer, como ustedes mismos, a perder su
identidad. Esos bebés no habían tenido la oportunidad de elegir en
función de tal o cual ideología correr ese riesgo, como sus pabres. Fueron
ustedes quienes se lo impusieron […] (93).
Reflexiones como la anterior no dan tregua en el relato. La hija
le pide respuestas responsables, como padre y como ciudadano, a los
interrogantes que para ella tienen un profundo contenido existencial:
¿Por qué no la buscó? ¿Por qué las abuelas no tuvieron jamás
una denuncia reclamándola? ¿Por qué su nombre no aparecía en los
registros de las abuelas?9. De manera paulatina y dolorosa se desvela
que el padre, al no haber denunciado la desaparición de la hija,
condescendía con el poder, puesto que la condenaba a una doble
desaparición —la familiar y la jurídica. El padre, por su parte, tiene
respuestas convincentes, pero manifiesta su confusión: “Ahora estoy
demasiado confundido. ¿Te podés poner en mi lugar? Enterarte a los
cuarenta y nueve años de que tenés una hija que ya es una mujer,
con un hijo, enterarte de que sos abuelo […] me dijiste que tenés un
hijo pero no había pensado: soy abuelo”
En otro plano de la narración se focaliza a la familia adoptiva
de Luz, asistimos a un entramado de situaciones concernientes a
la realidad política y social de la Argentina en el año de 1983 que,
nuevamente, podemos contrastar al Mito de la Caverna, aunque
esta vez indicando la clara oposición entre Eduardo, que descubre
la procedencia de su hija adoptiva e intenta trasmitir este conocimiento
a su mujer, y Mariana, que se niega a salir de la oscuridad y
a admitir la monstruosidad del padre, en cuanto su relación con la
dictadura.
La protagonista, conforme al mito platónico, asciende hasta
ubicarse en la parte luminosa, se expone al sol cuyo brillo arroja
9 Este aspecto es recurrente en las narrativas de las postdictaduras, pero también involucra a los jóvenes
que no fueron hijos directos de la dictadura. A propósito de la Película Los Rubios [2003] de Albertina
Carri, en que se trata el tema de la memoria, Juan Ignacio Vallejos (2006) expone lo siguiente: “El
surgimiento de la agrupación conmovió a muchos jóvenes como yo, que a pesar de haber sido hijos de
militantes, guardaban una gran incógnita respecto de lo que había pasado en esos años. Más allá de la
particular relación de cada uno con sus padres, de lo hablado o de lo callado, el clima de época no daba
lugar al diálogo. No había espacio para pensar qué había pasado, sólo para sufrir por lo que había pasado.
El sufrimiento se iba tornando así una apuesta estética que se consumía en el mismo acto. Mi generación
adoptó la actitud de haber llegado tarde a la historia. Nuestro lugar era el de penar por aquel pasado que
no habíamos vivido y que continuaba siendo el mito político más fuerte que podíamos percibir”.
una nueva forma de ver el mundo. Este fenómeno se repite en otros
personajes que, directa o indirectamente, entran en contacto con
ella: Miriam, la prostituta que cuida de Liliana, la madre de Luz, en
el cautiverio, durante el primer mes después del parto, atraviesa un
proceso de concientización política, mediante el contacto que tiene
con Liliana llega a entender que “lo que le está sucediendo a Liliana
es porque quería una sociedad más justa” (79).
La relación entre Miriam y Liliana guarda un otro interés especial,
además del proceso de concienciamiento de la primera, puesto
que se representa en términos de sororidad. Estas mujeres, que
aparentemente no tienen nada en común, ni la ideología, ni otros
aspectos sociales o culturales, se reconocen en su posición de subalternidad
y como mujeres. Las dos son víctimas de los abusos del
poder militar aunque de forma diferente, Liliana en su condición de
presa política y Miriam al ser la amante de un sargento del ejército
“El Bestia”, uno de los más eficientes servidores y reconocido por
su capacidad de “buen torturador”. A través de la pequeña Luz se
fusiona el sentir de ambas mujeres, quizá porque la maternidad es
irrealizable para ellas: Liliana porque va a desaparecer, y Miriam
dado que no puede tener hijos.
Identidades negadas
Si bien antes hablamos de un proceso que conduce a una recuperación
de la identidad de Luz, el texto se construye sobre el tema
de la “identidad negada”. Ambos motivos, privación y recuperación
de la identidad, están atravesados por el mismo proceso anagnórico
y anamnético del que hemos hablado10. Recordar y (re)conocer,
entonces, son partes fundamentales del proceso de recuperación de
la historia personal de Luz, que, por lo demás, parece edicarse en
torno a la ausencia, al vacío y al silencio: la ausencia y el vacío que
deja la desaparición de su madre y el silencio, consecuencia de la
10 El 22 de octubre de cada año se celebra el Día Nacional del Derecho a la Identidad, en conmemoración
al inicio de la lucha emprendida por Abuelas de la Plaza de Mayo. Una de las reivindicaciones es la
Restitución de la identidad de jóvenes apropiados.
misma desaparición, sobre la existencia de Luz, pues no aparecía en
las listas de los desaparecidos y nadie preguntó por ella:
A mí nadie me buscó (123)
-Cuando te dije que a mí nadie me buscó, me refería a una abuela
como las de la Plaza de Mayo o a un padre, un tío, alguien de mi sangre
(237).
El borramiento de la identidad trae a cuento, de forma sútil,
el asunto del libre albedrío, esto es, de la responsabilidad ante los
propios actos y las implicaciones que estos tienen para unos terceros
que, en el caso de la novela, son los hijos. En otras palabras, Osorio
representa el drama de los Hijos y muestra por qué estos, bajo
ciertas circunstancias, podrían considerarse como dobles víctimas:
de la dictadura y de la elección de los padres. Luz dice lo siguiente:
“[…] podría decir hoy: a mí me obligaron a desaparecer. Ellos, los
asesinos, pero antes mis propios padres, me expusieron a ese terrible
destino de ser desaparecido… con vida” (94).
Las reflexiones que emergen en las anteriores citas también
nos pone ante una faceta menos discutida del fracaso humanista
del proyecto político revolucionario que, para el caso de la novela
de Osorio, es argentino, pero que podría hacerse extensiva a otros
países en América Latina. Liliana, en su cautiverio presentía lo que
pasaría con su hija: “que me la van a robar [a la hija], que me la
van a dejar sin identidad, sin saber siquiera quiénes eran sus padres”
(79). Asimismo era consciente de que el “el robo de la identidad”
era, ante todo, la desaparición de los indicios individuales que le
posibilitarían el reconocimiento familiar, social o político de la hija.
Pero queda en el aire el cuestionamiento existencial sobre el acto de
concebir un hijo en las circunstancias políticas que se debatía el país
y, especialmente, a sabiendas del riesgo que se corría al ser militante
de izquierda.
Las quejas de Luz, sin embargo, tampoco podrían situarse en el
plano de la recriminación, sino que habría entenderlas como efecto
de un proceso más complejo y ligado a las implicaciones existenciales
de la desaparición, más específicamente, a la imposibilidad
de representación que adquiere el desaparecido. Pues, como revela
Gabriel Gatti (2006), la separación de los cuerpos implica una separación
de las identidades que se podría equiparar con la disociación
entre las palabras y las cosas11. Las siguientes reflexiones de la protagonista
se corresponden con este pensamiento:
Si desaparece Luz. Desaparece, la palabra te aporrea mientras corres y
te haces paso entre la gente. Luz también es desaparecida, como sus padres,
porque quién sería ella, cómo se llamaría, si tu suegro, y otros seguramente,
no la hubieran condenado a desaparecer, arrancándola de
su madre, borrando toda identidad. Pero no seas tan condescendiente,
quién fue el cómplice de Alfonso Dufau, quién la ha desparecido, poniéndolo
su propio apellido: ¿Eduardo Iturbe? ¿Y a quién se le ocurrió
ponerle ese nombre: Luz? ¿Para ignorar la sombra? (222).
En esta dificultad de representar al desaparecido convergen, por
supuesto, los otros acontecimientos que ya hemos destacado y que
se evidencian en el texto: la crisis de sentido que ocasiona la desaparición;
el vacío como un eje temático de la narración; el asunto de
la responsabilidad individual como sujetos históricos y que debería
apuntar a la recuperación de la historia del país, específicamente, de
los años de la dictadura. No obstante, deja pendiente una deuda; la
de pensar en el fenómeno de los desaparecidos como parte del proyecto
de país que se construye a partir de la catástrofe. Pues, como
Gabriel Gatti (2006) lo destaca:
La desaparición forzada de personas es un fenómeno que afecta a la
identidad y al sentido: ataca al edificio de las identidades, cuyas bases
dinamita; somete al lenguaje a uno de sus límites, obligándolo a situarse
en el lugar en el que las cosas se disocian de las palabras que las
nombran. Por eso la figura del detenido-desaparecido es, en muchos
planos, una figura difícil de pensar y de vivir. Habla de individuos sometidos
a un régimen de invisibilidad, de hechos negados, de cuerpos
borrados, de cosas improbables, de construcción de espacios de excepción
(Gatti, 2006: 28).
La relevancia del planteamiento de Gatti no sólo es vigente en
algunos países de América Latina, sino que bien podría ampliarse
incluyendo el fenómeno de los desplazados por la violencia, como
es el caso de Colombia. El desplazado, como el desaparecido, es un
sujeto arrojado de su entorno social y cultural, es sometido a habitar
en lugares de excepción, como lo son las periferias de las urbes. Al
desplazado, como al desaparecido, se niega la identidad, pueden pasar
a ser un número en la estadística, pero es invisible como individuo
para la sociedad. En ambos casos sucede un deslizamiento de la
categoría de ciudadanos hacia otra, desaparecido o desplazado, que
no se contempla en los códigos civiles. Así lo describe Gatti (2006)
para el caso del primero:
[ ] el detenido-desaparecido es el chupado, absorbido, separado, disociado;
los lugares de detención son los chupaderos o pozos, lugares
donde los detenidos-desapa recidos son tabicados, aislados del exterior,
abducidos casi. Es tal la dimensión cuantitativa y cualitativa del fenómeno
que la gura de los detenidos-desaparecidos supera ya el estatuto
de agregado y alcanza el de grupo, el de identidad colectiva —con una
cifra, la mítica de —los 30.000—, que no refiere a un número sino a un
nombre de grupo— (subrayado nuestro) (Gatti, 2006: 29).
En suma, la gura del desaparecido da cuenta de individuos
invisibles, de cuerpos borrados y de una maquinaria —desaparecedora—
que funciona como —espacios de excepción—: campos de
concentración, cárceles clandestinas, chupaderos, fosas comunes.
Estos espacios de excepción, así como las estrategias de desaparición
y tortura, alcanzan un fuerte grado de sofisticación y de elaboración
durante las dictaduras hispanoamericanas, es decir, en la década del
setenta.
Reconstruir la historia individual
¿Quién soy yo? La pregunta que subyace en todo el texto se enmarca
en una historia individual, aunque también atañe a unas circunstancias
específicas y que afectan a un grupo social determinado.
De esta manera, el yo individual se instaura en lo colectivo y actúa
como una voz testimonial. Para el caso de la novela, Luz actúa como
una figura representativa de la colectividad “hijos de los desaparecidos”,
y, en la medida que se permite hablar en nombre de ellos
desafía el “fuera del sentido”, en el que se ubica el desparecido.
Ahora bien, la narrativa, tanto visual como la literaria, juega un
papel importante en los intentos de representar el no-sentido del
desaparecido. La propuesta de ubicarlo en el espacio de la representatividad
exige la recuperación, la reconstrucción de la memoria,
es decir, descubrir lo que había sido sepultado bajo el olvido (Gatti
2006: 29). La recuperación de la memoria no solo involucra lo individual,
sino también lo social. Pues, al igual que en la película
La cautiva (2005), dirigida por Gastón Biraben y cuya protagonista,
también víctima de la desparición de los padres, recupera y reconstruye
su historia familiar e individual, en la novela de Osorio se hace
un recorrido de las víctimas de la dictadura:
Ramiro me había contado que, cuando tenía quince años, Marta lo había
llevado a ver la Muestra del Niño Desaparecido o Nacido en Cautiverio.
Allí estaban las fotos de los padres de esos bebés desaparecidos,
y también certificados de nacimiento, cartas, recuerdos de esas viudas
mutiladas. Lo que más lo había impresionado, todavía lo recordaba
con nitidez, eran esas siluetas de niño-niña en cartulina negra con
un signo de interrogación al lado que simbolizaban los bebés nacidos
en cautiverio. Les pedí a las Abuelas si conservaban esas fotos y me
pasé horas buscando parecidos conmigo. Ellas tuvieron una paciencia
innita. Les señalaba una chica, y me decían no, no puede ser, a ella la
chuparon en el 78, o sabemos que tuvo un varón (370)12.
El quiebre identitario, la ruptura del sentido de sí, que sufre el
sujeto al saber que es hijo/a de desaparecidos es, según hemos dicho,
una consecuencia lógica del fenómeno. Quizá ésta sea una de las
razones por las que el discurso de los desaparecidos, en el contexto
argentino, emerge y se ha sostenido como un “dispositivo discurso”,
esto es, como un discurso que ha circulado y ha cambiado al interior
de cada uno de los grupos en disputa: los del poder hegemónico y los
de confrontación o micro-resistentes (Escudero 2001). El primero
difundido a través de la prensa oficial y, el segundo, mediante las
organizaciones contestatarias que, finalmente, han confrontado las
versiones ociales. Paralelo a estas últimas ubicamos las narracio-
12 La expresión “la chuparon” hace referencia a la desaparición. Las cárceles clandestinas se denominaban
Chupaderos en Argentina.
nes que, como A veinte años, Luz, desde la literatura aportan a la
toma de conciencia, funcionan como resistencias contra el olvido y
contribuyen a construir lo que en terminos de Mèlich (2006) sería
”una pedagogía de la memoria”. A propósito, también Gabriel Gatti
(2006: 34) reivindica la función de la escritura de lo invisible y
la ubica como potenciadora para representar el sinsentido. Veamos
cómo lo expresa:
Entiendo por “narrativas” los procesos constructivos y políticos realizados
por los agentes mediante la interpretación reflexiva que hacen
de su ac ción. Son procesos performativos, que sostienen marcos generales
de sentido y que constituyen la base de las identidades sociales.
Las narrati vas, entonces, no son relatos sino que refieren a posiciones
discursivas e identidades. Hablaré, esencialmente, de dos —la de lo
invisible, la del vacío—. Cada una es representativa de distintos mecanismos
sociales usados por los agentes para la gestión de la gura del
detenido-desaparecido.
Según lo anterior, las representaciones literarias de, por ejemplo,
las protestas de la Plaza de Mayo en la época de la postdicatadura
podría inscribirse dentro de la propuesta de Mèlich (2006) y Gatti
(2006). No sólo porque las voces de resistencia se hicieron escuchar
desde allí, sino porque la palabra llegó a ser reemplazada o recreada
mediante formas de representación estéticas que en muchos casos
fueron más efectivas para visibilizar al desaparecido en la literatura.
Leamos cómo aparece en la novela de Osorio:
Esa expresión en la cara de esa mujer que lleva la foto de sus hijos desaparecidos
colgando me golpea, miro las otras, sus pañuelos blancos,
sus arrugas, su coraje. La madre quizá de esos tres hermanos que fueron
cayendo, uno a uno, sin que jamás supiera dónde estaba, o la madre de
esa chica de quince años que todo lo pedía, con sus compañeros era la
reducción del precio del transporte escolar. Y le arrancaron la vida.
Hablar de narrativas de lo invisible y del vacío equivale a reconstruir
las historias de los desaparecidos. Sin embargo, Lucrecia
Escudero (2001: 554), que analiza el discurso periodístico durante
los años de la dictadura, sustenta la idea de que los relatos de los
desaparecidos carecen de narración; según ella, podrían considerarse
como la antítesis de aquellos cuyo objetivo es contar, poner en
escena personajes, situaciones. Dado que el sujeto aparece como un
ausente de la anunciación, Escudreo (2001) va más allá y los dene
como antirrelatos, puesto que carecen actores o individuos a los que
se les pueda hacer una seguimiento de sus transformaciones morales
y justificar sus acciones..
Ahora bien, queda pendiente una pregunta: si los relatos de los
desaparecidos son antirrelatos, ¿qué son las narraciones de los hijos?.
Una respuesta posible, sin pretender dar respuesta unívoca, la encontramos
en el trabajo de Rafael Blanco (sf) sobre la “Generación
postdictadura. Identidades sociales y discurso emergente”. A partir
de las sugerencias de Blanco (sf) podríamos analizarlos como relatos
de reconstrucción de identidades, pues la escritura misma, como en
el caso de Elsa Osorio, exige un procedimiento cuyo n último es reconstruir
la historia de un individuo mediante la recuperación parcial
de su genealogía. Así, la trayectoria que el desaparecido tiene en
sus últimos días, al igual que sus gustos, preferencias y otras señas de
identidad, se convierten en la manera de realizar este propósito.
En la novela de Osorio se representa dicha trayatoria mediante
la reconstrucción de la historia individual, familiar y política de
Liliana, la cual sólo termina de ser esclarecida en el encuentro que
Luz tiene con el padre. En este mismo encuentro, se revela que, contrario
a lo que Luz pensaba, había sido el fruto del amor y que había
sido una hija deseada:
Difícil sentir la muerte de una madre que nunca conoció, duele, sí,
pero no era ese dolor crudo, punzante, que estaba sintiendo a través
de Carlos […]
Me gusta, me gusta saber que me querían tener, que me desearon. Me
pasé toda mi vida sintiendo que no era mi caso (318-319)
Asistimos, también, al proceso de la recuperación de la historia
individual de la madre de Luz y mediante la reconstrucción de sus
lazos afectivos y sociales, se le ubica en un contexto, se restablecen
sus lazos entre el presente y el pasado y se le inserta en su historia
de forma que adquiere un espacio en la representación simbólica.
Este proceso, necesario para una vida individual, es conveniente
para la historia de la sociedad, del país y del continente, puesto que,
simbólicamente, el sujeto-desaparecido deja de ser un “cuerpo chupado”
y adquiere una identidad. En este último aspecto, la narrativa
literaria cumple una función específica dentro de este proceso de
recuperación de la memoria, ya que el acto de recordar, que es un
asunto individual, trasciende al plano social, como lo veremos en el
siguiente apartado.
De la memoria individual a la colectiva: Testimonio
y metatestimonio
Hemos subrayado algunos de los temas centrales en la novela y
hemos dicho que ésta empieza con la inquietante búsqueda de Luz
por sus señas de indentidad, para cual participa de un proceso de recuperación
de la memoria individual que, teniendo en cuanta el contexto
en el que está inserta la historia, trasciende al plano social.
El salto retrospectivo, que se da en la primera parte, donde se
enfoca el año de 1976, es decir, nos ubica en el inicio de la dictadura.
De forma sucesiva, la narración se adentra en la historia reciente
argentina, en el asunto de las identidades negadas, como un fenómeno
político, pero que involucra las circunstancias personales de
los personajes. A este respecto, la protagonista señala:
-Ramiro, yo nací el 15 de noviembre de 1976. ¿Te das cuenta? Mil
novecientos setenta y seis […]
– No era un año como cualquier otro. Vos lo sabés muy bien. En ese
año desapareció tu papá. Y muchos otros, mujeres embarazadas también
(341).
La recuperación de la memoria juega un papel ético-político,
esto es, contrahegemónico, en el sentido que trasciende el discurso
literario y nos pone ante las historia del siglo XX. Aunque especí-
camente se trata de la situación política argentina nos trae a la
memoria los otros ejemplos de genocidio, dictaduras y de masacres
que han acontecieron a lo largo de éste, y cuyo caso paradigmático
sigue siendo Auschwitz:
Tras la imposición de regímenes de terror, la importancia de la recuperación
de la memoria constituye una tarea ineludible. Al menos así
lo indica la amplia re!exión que sobre el tema se ha generado en ámbitos
intelectuales, jurídicos, políticos o artísticos, en distintas partes
del mundo. En situaciones de violencia y de terror como las vividas en
este siglo, el trabajo de la memoria se encuentra ligado no sólo al esclarecimiento
de lo ocurrido y a la necesaria aspiración de justicia, sino
a enfrentar una pregunta inevitable: “¿cómo fue posible?”. El olvido y
el silencio cierran la posibilidad de re!exionar sobre un pasado que la
sociedad lleva a cuestas, in!uyendo, sin duda, en los modos de vivir
su presente y, por tanto, en las formas en que, desde allí, proyecta un
futuro (Maldonado, 2006: 83).
La articulación de los recuerdos le da un sentido al mundo ya
que, como expone Mèlich (2006: 119), permite comprender el presente,
e incluso el futuro. Gracias a la recuperación de la memoria,
el Holocausto se convierte en una metáfora de los procesos de exterminio,
esto es, se ha llegado a convertir en un referente para aludir
fenómenos semejantes y cuyos correlatos los hemos tenido en países
como Argentina, Chile o Colombia. Recordar-contar implica acceder
a la conciencia colectiva y, para el caso de la historia reciente
en Argentina, incita al debate de los desaparecidos que atañe al
individuo y a la sociedad:
El debate cultural y político acerca de los desaparecidos —y el destino
de sus hijos— liga la problemática de la memoria con asuntos como las
violaciones a los derechos humanos, la impunidad y la justicia, la responsabilidad
colectiva, la reconstrucción de la identidad. Hasta dónde
recordar y para qué hacerlo constituyen interrogantes fundamentales
(Maldonado, 2006: 90).
Por otra parte, las experiencias del horror, si bien son la suma de
las experiencias individuales, se incorporan en lo público a través
del acto de narrar, y de allí que también se conviertan en la génesis
del relato testimonial, que, por demás, se nutre de las denuncias y
del juzgamiento a los sistemas de terror que han dominado el Siglo
XX (Mendoza, 2004: 7). El testimonio funciona aquí como un puente
entre el archivo y la memoria, primero, porque el testimoniante
participa directamente de las situaciones que denuncia y, segundo,
puesto que lo atestiguado es producto de una experiencia vivida.
En la obra de Elsa Osorio nos encontramos ante la noción de
recordar como sinónimo de resistencia. Como otras novelas que se
publican sobre el tema de la época de la postdictadura, participa
de la recuperación de un pasado que potencialmente podría haber
sido borrado. De esta forma, la novela cumple una función social y
contribuye a mantener viva la memoria; para que la historia no se
repita. Al mismo tiempo que permite unir las piezas de una sociedad
desgarrada tras la violencia e identicar a los culpables, representa
la lucha de las Abuelas de la Plaza de Mayo.
Narraciones como A veinte años, Luz emergen como un intento
de poner palabras al vacío, a la desaparición, al robo de la identidad
y de presentar la otra versión de la historia. Así, también participan
de la conguración de un régimen de la memoria que es urgente en
la posdictadura. Pues, como lo expone Nelly Maldonado (2006) las
narraciones testimoniales sobre la época de la dictadura suplieron
una necesidad o vacío, en cuanto al conocimiento de la historia
reciente en Argentina:
Ante la falta de una historiografía crítica del genocidio, el interés de
los lectores se volcó hacia narraciones literarias de la historia y también
al género ensayístico y documental, apto para proveer un cuadro
general de la represión y sus metodologías. Finalmente, para la década
del 2000, se comenzó a darle un lugar a algunos testimonios de sobrevivientes,
mujeres de desaparecidos, mujeres militantes e H.I.J.O.S.,
pero –como ya indicáramos- este tipo de textos (algunos publicados en
el exterior) todavía no han sido integrados como elementos claves en
la elaboración de la memoria colectiva (Maldonado, 2006: 92).
Un referente de lo anterior lo encontramos en la novela, en
una escena en la que el tetimonio, además de aparecer como un
rasgo metatextual, es llevado a la categoría de lección; primero por la
presencia de otros testimonios en el texto y, segundo, por la función
que cumple la lectura, que la protagonista hace a hurtadillas, de
los textos testimoniales, concretamente, sobre los mecanismos de
tortura usados por la dictadura. Los testimonios de las víctimas le
sirven para comprender su presente y actuar sobre éste13. Veamos un
ejemplo tomado de la novela:
13 Mèlich (2006: 119) asegura que la comparación es imprescindible para que el tetimonio tenga el carácter
de lección.
Cierro el libro y lo escondo detrás de los otros, en la biblioteca de mi
cuarto. Todavía estoy temblando después de leer ese testimonio, como
si esas llagas, esa carne chamuscada me dolieran me dolieran en mi
propio cuerpo (322).
La presencia y la lectura de otros testimonios en el texto de
Osorio da cuenta, por tanto, de una función didáctica del texto,
puesto que ayuda a que la protagonista comprenda su historia. La
lectura cumple entonces una doble función: como medio de toma
de conciencia y una función ética. La ética pensada en los términos
que Melich (2001: 15-16) lo propone; en relación con un otro en la
que el yo depone su soberanía y se hace responsable del otro que no
tiene poder. Entendida de esta forma, la ética no es una forma de
conocimiento sino un acontecimiento que irrumpe en mi tiempo y
en mi espacio, por lo cual la lectura implica ese potencial transformador
para el lector.
En suma, los testimonios de las víctimas de la dictadura, dentro
de la novela, hace posible hablar de metatestimonios y su lectura opera
como un elemento transformador o concientizador para la protagonista14.
La inclusión de otros testimonios convierten la novela
en una obra doblemente incómoda, ya que no sólo ofrece una verdad
alternativa sino que, al posibilitar la comparación, trasciende a la
dimensión ética del texto, en el sentido que permite comprender e
incita a actuar. Así lo revela la protagonista:
Ahora los fantasmas salen de esos diarios, ya amarillentos por el tiempo,
y pueblan mis días y mis noches. […] Y ese hombre a quien ni la
picana en las encías, en las tetillas, en todos lados, ni el apaleamiento
sistemático y rítmico con varillas […] logran desmayarlo ni hacerlo
hablar […]
Esto que acabo de leer es sólo algo más, pero es como si no pudiera ya tolerarlo,
como si mi propio cuerpo estuviera cubierto de moretones (323).
Emerge aquí el asunto de la verdad testimonial y de los agentes
de dicha información. Se trata de una verdad que se inscribe como
14 Creemos pertinente hablar de metatestimonio, ya que en la novela de Osorio, que tiene rasgos testimoniales
en sí misma, da cuenta de otros testimonios.
un contradiscurso puesto que, por un lado, se aleja de la verdad o-
cial, esto es, de la institucionalizada mediante el régimen de verdad
que opera en cada sociedad y, por otro, presenta la versión silenciada
de los mismos acontecimientos (Foucault 1991). Los agentes de
dicha información, como aparece en la novela de Osorio, pueden
caracaterizarse como sujetos otros, pues estamos frente a voces que
emergen de grupos carentes de representatividad y que nos interpelan
desde la alteridad. Es por eso que no complacen política o
éticamente y, como lo apunta John Beverley (sf), pueden parecer
“extrañas”:
[e]sta voz también viene a nosotros desde el lugar de un otro, un otro
que está reprimido u ocluido por nuestras propias normas de autoridad
cultural y de clases. Tiene la fuerza de lo que Freud denominó “lo
extraño” (esta extrañeza es parte del efecto estético del testimonio)
[…] en el testimonio somos en efecto interpelados desde el subalterno
(Beverley, sf).
En resumen, hemos aludido algunas de las consecuencias que
tiene la recuperación de la memoria individual en la construcción
de la identidad colectiva. Asimismo, demostramos que hablar de
memoria individual, a partir de la novela de Elsa Osorio, es decir,
a través de los personajes y sus peripecias, implica hacerlo como un
ejemplo paradigmático de reconstrucción de una vivencia colectiva
de los desparecidos, pero también la del país y del continente.
No es gratuito entonces que el Informe elaborado por la Comisión
Nacional sobre la Desaparición de Personas tenga por título
Nunca más (1984). Con este informe, según lo apunta Romero
(2008), se configura un régimen de la memoria, en el sentido que
ésta se convierte en hegemónica, en el sentido de que dene una
manera de ver e interpretar la historia reciente argentina. El Informe
recoge, no obstante, la consigna del movimiento que se gesta
en la post-dictadura y en la novela de Osorio también se escucha:
“Nunca más, nunca más, es solo un grito y miles de voces vibran y
me producen una emoción nueva […] La sangre derramada no será
perdonada, corea un grupo” (328).
Después de analizar la novela A veinte años, Luz, podemos concluir
que ésta, al adentrarse en la historia reciente de Argentina y,
específicamente, en el asunto de las identidades negadas, participa
del proceso de re-construcción de la historia reciente de este país,
al mismo tiempo que nos interpela desde las voces que la Historia
oficial silenció. Mediante las técnicas narrativas de analepsis y prolepsis,
en combinación con el empleo de testimonios y metatestimonios,
se desvela la historia de un país dividido por el horror, las
desapariciones y la tortura. De esta manera, la novela adquiere un
carácter de lección, es decir, alcanza una dimensión ética, pues deja
en evidencia que olvidar es traicionar y que recordar es otra forma
de resistir
Referencias
Beverley, J. (sf). “Testimonio y política imperial”. Miradas revista del audiovisual.
[Documento en línea] Consultado 2008-11-30
Blanco, R. (sf). Sobre la ”Generación postdicatadura. Identidades sociales
y discurso emergente”. [Documento en línea] Consultado 2008-11-30
Biraben, G. (2003). La Cautiva. Película.
Caviglia, M. (2006). Dictadura, vida cotidiana y clases medias. Una sociedad
dividida. Buenos Aires: Prometeo Libros.
Escudero, L. (2001). “Desaparecidos, pasiones e identidades discurssivas en
la prensa Argentina (1976-1986)”. En: Revista de la Facultad de Humanidades
y Ciencias Sociales. 541-548.
Foucault, M. (1991). Saber y verdad. Madrid: Piqueta.
Gatti, G. (2006). “Las narrativas del detenido-desaparecido (o de los problemas
de la representación ante las catástrofes sociales”. Connes 27-38.
Osorio, E. (2008). [1998] A veinte años, Luz. Madrid: Siruela Nuevos
Tiempos
Maldonado, Nelly (2006) “Tiemos de memoria. Un recorrido por el caso
argentino”. En: Intersticios 11. 81-100.
Mèlich, J. (2001). La ausencia del testimonio. Ética y Pedagogía de los retaos
del Holocaust. México D.F.: Anthropos.
Mèlich, J. (2006). “El trabajo de la memoria o el testimonio como categoría
didáctica”. En: Enseñanza de las ciencias sociales. Revista de Investigación.
115-123.
Mendoza, J. (2004). “Las formas del recuerdo. La memoria narrativa”. En:
Athenea Digital.
Platón (1998). “Alegoría de la Caverna” Diálogos. Bogotá: El Áncora Editores.
Strejilevich, N. (2005). El arte de no olvidar. Literatura testimonial en Chile,
Argentina y Uruguay entre los 80 y los 90. Libro en versión electrónica.
Romero, L. (2008). “La historia política del Nunca Más. La memoria de las
dsapariciones en la Argentina (reseña). En: Revista de Historia Iberoamericana
2008-1. 104-017.
Vallejos, J. (2006). “Los Rubios, Intelectuales, Crítica Histórica y Tragedia”.
En: El interpretador- Literatura, arensayo maria eugenia osorio