Postfacio y Agradecimientos

Si lees el postfacio te darás una idea de cuánto me alegra que ya esté editada.

Este libro comenzó hace muchos años, un domingo de otoño de 1986, cuando el escritor Juan José Hernández me habló de la argentina que comandó tropa en la Guerra Civil española.Todo cobraba vida en la pastosa voz de Juan José, y yo me dejaba hamacar en esas historias donde las personas de un mundo fascinante, que él había conocido y yo no, se mezclaban sin conflicto con los personajes de los libros que leía y escribía. ¿Mika es un personaje tuyo o de quién?, le pregunté.Mika es real, vive aún, en París. Él y su amigo Pepe Bianco, un pilar de la legendaria revista Sur, la habían visitado varias veces. Una mujer fantástica, extraordinaria.

No imaginaba que esa historia habría de acompañarme como un río paralelo a mi vida, que se sumerge y vuelve a salir a la superficie. Me zambullí en su vida y desistí de contarla varias veces, hasta que por fin nos abrazamos en esta novela.

Y recalco “novela”, aunque se apoya en documentos históricos. La elección de las situaciones y los personajes responden a las necesidades de la narrativa.

Los capítulos de la guerra siguen, batalla a batalla, lo más fielmente posible, las memorias de Mika y otros libros que consulté. Elijo contar la guerra desde la óptica del POUM porque es la de mis personajes. (Aunque, a esta altura, no exagero si digo que soy del POUM, pero no partí de allí, son mis personajes quienes me llevaron.)

Los capítulos que recrean la vida de Mika están basados en manuscritos, cartas y testimonios que fui acumulando a lo largo de casi veinticinco años. De ahí en más, conjeturas de lo posible, composiciones literarias que convienen a la novela sin contradecir la historia. Ardua tarea. La imaginación tuvo que dar un duro combate para imponerse a la agobiante exigencia de la historia. Con personas que vivieron y hechos que sucedieron, más allá de mis escritos y los suyos, abandonarse a la invención puede resultar un placer descomedido.

Vos vas a escribir sobre Mika, vaticinó Juan José Hernández en 1986, aunque yo estaba lejos de concebir un libro. Y lo repitió, con certero entusiasmo, en 1996, en mi ático de Madrid, cuando yo le conté las curiosas peripecias de la investigación. Y en diciembre del 2006, en su departamento en Buenos Aires, después de escuchar mis últimos hallazgos, con vehemencia: Dejate de buscar y buscar, Elsita, ya está, ahora escribila.

Tenías razón, Juanjo querido, era hora de salir de aquella trampa. Aunque sé que no hay posibilidad de memoria sin imaginación, un excesivo respeto a mis personajes, comprometidos hasta el tuétano con su época, me tenía presa de pies y manos a una historia que crecía, como un cuerpo extraño, en todas direcciones. Aquellos documentos inéditos, aquellos sorprendentes manuscritos que había encontrado ejercían sobre mí un especial embrujo, un cierto delirio de misión, me pedían otras búsquedas, más datos, ver los lugares donde ellos habían vivido, caminar las calles que ellos habían transitado, conversaciones, libros, revistas y periódicos, bibliotecas en distintas ciudades, mapas de los años treinta. Y la desazón, las etapas de basta, lo guardo todo en una caja y me olvido. Nunca podría saberlo todo, entenderlo todo, como si ignorara que para escribir no hay que saberlo todo, entenderlo todo. Justamente: es escribiendo cuando se descubre. Yo me paseaba, como una equilibrista sobre una cuerda de datos cada vez más gruesa, más larga y no por eso menos resbaladiza, hasta que la imagen desoladora de la casa de Mika en Perigny, condenada al olvido como su propia vida, me permitió dar el salto.

Le escribí un largo mail a Juanjo, que era el embrión de esta novela. Pero no pudo leerlo porque esa misma tarde de marzo de 2007 en que yo caminaba, conmovida, por el jardín de Perigny pisoteado por el tiempo, con el olfato abierto a los aromas de las flores de antaño, y esa urgencia de contar la historia de Mika, en Buenos Aires, se murió Juan José Hernández.

Pocos días después de que él me descubriera a Mika, en 1986, devoré Ma guerre d’Espagne à moi, sus memorias de la Guerra Civil, que publicó De Noel en Francia en 1975. ¿Cómo era posible que yo, que soy argentina como Mika, nunca hubiera escuchado hablar de una historia tan extraordinaria?

Para corregir el injusto olvido, publiqué un artículo en la revista Crisis en 1988. ¿Sos trotskista? me preguntaron. No, respondí, me interesa su vida. ¿La de una trotskista?, insistieron. Esa manera de reducir la historia a encasillamientos habría de ser un escollo con el que iba a chocar más de una vez en esta búsqueda, piedras en el camino difíciles de evitar, que se han ido acumulando unas sobre otras hasta construir un muro mohoso, que impidió que figuras como la de Mika –y tantos otros antifascistas que vivieron la gran aventura intelectual y revolucionaria del siglo xx– tomaran su verdadera dimensión. No hay partido o agrupación política que deje la epopeya de Mika como legado a las generaciones venideras. Mika Etchébehere es una de las grandes olvidadas de la historia.

¿Anarquista, comunista, trotskista, opositora de izquierda al estalinismo, del grupo Que Faire, del POUM? Todas estas clasificaciones, y ninguna de manera definitiva, podrían caberle a Mika. Esos nombres zumbando como moscardones me dieron miedo. No me alcanzaría una vida y media para desentrañar esas alianzas y rupturas, proximidades y traiciones. Comprender el lugar del POUM no era tarea sencilla. He de confesar que en esta sinuosa y excitante búsqueda, varias veces he estado a punto de desertar. Debí regresar a la fascinación inicial, a la que entré desnuda, en el puro tejido del relato de Juan José Hernández. Fue un escritor de ficción quien me planteó el desafío, y yo recogí el guante.

En 1990 publiqué otro artículo sobre Mika en Todo es historia, la revista que dirigía Félix Luna. No recuerdo por qué elegí la segunda persona –tan poco adecuada al periodismo–: yo le contaba a Mika lo que había leído en su libro. Lo titulé “Carta abierta a Mika Etchebéhère”. Era sólo una manera de acercar su historia al lector. Uno inventa una combinación de palabras, y ellas acaban por inventarlo a uno: la segunda persona me dio una proximidad que no tenía. Y una osadía. Mika vivía entonces, pero nunca se me había ocurrido la idea de hablarle, ¿a alguien tan grande, tan valiente, tan lejana a mí? ¿Qué iba a decirle? Fue sólo una idea fugaz que no se instaló en mí hasta aquel viaje que hice a Barcelona. No lo había programado, si no me habría informado mejor antes de salir de Buenos Aires. Yo sólo sabía que vivía en Saint-Sulpice. Tenía tres días libres. El tren a París.

La Place Saint-Sulpice tiene ocho números. Las once de la mañana era una buena hora para encontrar algún portero. Logré hablar con dos, pero no conocían a Madame Etchebéhère. Volví a la tarde y seguí indagando, esta vez por la Rue Saint-Sulpice. Pasé delante del número 4. Todavía estaban allí sus papeles –que habrían de correr tantas vicisitudes–, aunque yo por entonces desconocía su existencia. Una lástima que Conchita, la portera, no hubiera salido a la calle en ese momento, podría haberme indicado la dirección de la residencia para mayores donde estaba Mika. Y yo hubiera tenido la oportunidad de verla, de hablar con ella, aunque sea una vez.

La historia de Mika se sumergió unos años en el olvido.

Ya estaba instalada en Madrid, en 1994, cuando encontré a Arnold Etchebéhère, el sobrino de Hipólito. Mika había muerto dos años antes. Hablamos de Mika, pero también de literatura, de política, de historia, de cine, de Argentina, España y Nicaragua. Un par de reuniones con Pepe Lamarca, fotógrafo argentino, residente en España, que iba a agregar pistas que yo habría de seguir en años posteriores. Mika iba cobrando matices, pero seguía siendo para mí el personaje de su libro, hasta esa tarde en la que Arnold me mostró los documentos de Mika: su partida de defunción, el certificado que le hicieron en París en los años cincuenta que acreditaba legalmente la muerte de Hipólito en Atienza. Fue una gran conmoción, como si poder ver, tocar esos documentos me enfrentara a la constatación de su existencia real. Sellos, personas que legalizaban su paso por el mundo. Su nombre: Micaela Feldman (hasta ese momento, yo sólo conocía el apellido Etchebéhère). Una fecha de nacimiento, un lugar, los nombres de sus padres. Ese día concebí la idea de escribir un libro sobre Mika. Quise saber varias cuestiones que Arnold no pudo responderme (él conoció a Mika en los setenta), pero me dio algunos nombres y teléfonos de amigos de Mika que vivían en París.

Esa fue la puntita de un inmenso ovillo que aún hoy sigo desmadejando. Otras personas me ayudaron en este camino, a todas, mi agradecimiento.

La China Botana, aunque acordó conmigo una entrevista en 1995, decidió no verme porque un tío de mi padre, que fue senador, se había batido a duelo con su marido sesenta años atrás. Nada sé de ese episodio, no debe haber sido muy grave porque los dos sobrevivieron. (Recuerdo al lector que esta nota no es ficción.) Pero yo soy muy insistente. Dejé que pasaran los años y en 2006 volví a llamarla. Dije muy rápido mi nombre y la razón por la que quería verla. Me recibió en su casa con un té con masitas, una foto de Mika que tuvo la gentileza de regalarme y unas sabrosas anécdotas. Hablamos largo rato de su hijo, mi admiradísimo Copi, que tan bien se llevaba con Mika, y me mostró unas tiras de La femme assise, y la cubierta que hizo de un libro de recetas ideado por la China.

A Conchita Arduendo, que ayudaba a Mika en la limpieza, la vi dos veces, con doce años de diferencia. Algunos de sus relatos se habían difuminado con el tiempo, pero el recuerdo de cuando ella bendijo el cuerpo de Mika en el cementerio estaba intacto, tan conmovedor como cuando la conocí. Conchita está acostumbrada a ser entrevistada. Ella trabajó para Mika, para André Breton, luego para su viuda, y para Marguerite Bonet, la especialista en el surrealismo.

En la casa de Breton, en los sesenta, se conocieron Ded Dinouart y Mika. Conversaron sobre la compleja relación que tuvo Mika con sus milicianos y Ded con los argelinos, a quienes apoyó. Mayo del 68, manifestaciones varias, reuniones con amigos, teatros. A Ded le debo, entre otras historias, la del periodista Roger Klein.

A Guillermo Núñez lo conocí en 1995, en el primer viaje que hice a París para investigar sobre Mika. Más adelante habría de mostrarme cartas, fotos, la máquina de escribir, el famoso bastón ¿de Rosmer o de Trotski?, pero ya en ese primer encuentro puso pinceladas precisas para que yo pudiera imaginar a Mika e Hippo en la Patagonia, en París, en Alemania. Mika estaba tan viva en él que sucumbí a la tentación de hacerlo personaje de mi novela. Ella contándole sus aventuras a su joven amigo. El cuaderno de la Patagonia, Juan Rústico y las notas que tomaron en Berlín. Encontrar los papeles de Mika e Hipólito se convirtió en una obsesión para mí, y no cejé hasta dar con ellos.

Los tenía Guy Prévan, poeta y militante trotskista, amigo de Mika desde los años sesenta. Yo lo supuse, bastante antes de que me lo confirmara. Y acerté. Al principio, sólo me mostró recortes de prensa sobre el libro de memorias de la guerra de Mika, y me habló largamente de los procesos de Moscú y de las numerosas escisiones de la oposición estalinista, de los surrealistas, de Benjamin Péret y de tantas otras personalidades. Me llevó varios viajes a París y muchas horas de fascinantes conversaciones con Prévan poder llegar a todos los archivos. Los fui paladeando poco a poco, en la medida en que ganaba su confianza. Las cartas entre Mika e Hipólito, notas de lecturas de los dos que me llevaron de libro en libro, cartas de amigos, los cuadernos de París, de Berlín, la agenda alemana, las libretas. Dos cartas de Alfonsina Storni que Prévan me regaló, una carta y una tarjeta de Cortázar. Yo tomé notas, saqué fotocopias. Un día decidió prestarme los cuadernos y las cartas para que yo pudiera trabajar con ellos todo el tiempo necesario en mi casa en Madrid. Gracias a su generoso gesto pude escribir esta novela. Leí a mis anchas, descifré letras, archivé, y en mi siguiente viaje, le devolví los documentos. Siempre iba a poder consultarlos en su casa. Pero cuando varios años más tarde quise verificar un dato, Guy Prévan ya no los tenía.

Después de tanta búsqueda, tanto viaje, hoy los escritos de Mika e Hipólito Etchebéhère están mucho más cerca, en la misma ciudad en la que vivo, Buenos Aires, en una biblioteca especializada. Pero ni yo ni nadie los puede ver, están “catalogándose” hace años, los niegan sistemáticamente y hasta han desaparecido del sitio web de la institución, donde hasta hace un tiempo se exhibían como uno de sus tesoros. Espero que estas desafortunadas e injustas circunstancias se modifiquen, y que todo el que quiera pueda acceder a los archivos que Mika Etchebéhère confió a Guy Prévan.

Por Prévan, llegué a Widebaldo Solano. Y por él, a Emma Roca.

En el Musée Social encontré las cartas de Mika a Alfred y a Marguerite Rosmer que me permitieron conocer aspectos importantes de su vida, sus ideas y de la peculiar relación que los unía. Allí consulté la revista Que Faire.

Gracias a las cartas que Mika le escribió a su amiga Adriana Pecoroff pude imaginar el jardín de su casa en Perigny, la relación con los gatos y esa lucidez fantástica en una mujer de su edad. Jacky Noel y Esther Ferrer me aportaron interesantes matices de Mika en sus últimos años. Busqué a Paulette Neumans desde mediados de los noventa, todos la nombraban pero nadie pudo darme su dirección. No supe su apellido, hasta que me escribió Alfredo Corti, cuando se enteró de que estaba escribiendo sobre Mika. Él fue una suerte de sobrino de Paulette. Lamentablemente, ella ya había fallecido en 2002.

Gerardo Mazur, director de la Hebraica, me facilitó unos artículos. Isaac Waxemberg me dio una lista de los que llegaron en el vapor Waser. Las hermanas Silvia, Nora y Lidia Stuhlman compartieron recuerdos de su infancia conmigo y con sus esposos, mientras tomábamos un rico té en la casa de Silvia.

Cotejando datos, testimonios y documentos descubrí que hay una confusión entre Micaela Feldman y otra mujer que se apellida Felman (hija de otros padres) en los archivos de Moises Ville que están en Nueva York.

En los primeros tiempos de mi investigación no había Internet, fue una piedra preciosa descubrir la página de la Fundación Andreu Nin y la valiosa información sobre el POUM. Conocí a través de la fundación a Juan Manuel Mera, que conversó en varias oportunidades conmigo y me acercó libros fundamentales para la comprensión de esta historia, como el de Katia Landau y el de Ignacio Iglesias.

Pese a toda la información acumulada, renuncié varias veces a escribir sobre Mika. Pero cuando yo la dejaba, ella me encontraba a mí en un recodo de la vida. En 2006, le conté la historia de Mika a mi editor italiano, Luigi Brioschi (que tiene la habilidad de sacar de mí en media hora la novela que luego me lleva años escribir), volví a entusiasmarme y a dejarla.

Quiso el azar que, en marzo del 2007, yo me alojara en París en un departamento en la Rue Campagne Première. Desde el balcón de ese quinto piso, me quedaba largo rato disfrutando la maravilla de los techos de pizarra y las chimeneas dibujadas sobre el cielo humoso. Un poco más allá, detrás de la Porte Royale, estaba la bohardilla de la Rue Feillantines, testigo de tantas ilusiones.

Aunque los ordenadores no juntan polvo como las cajas, desempolvé mis archivos. Todo estaba ahí. Y yo, en el lugar adecuado. Caminaba todos los días por las calles por las que Mika trajinaba con la distribución de la revista Que Faire, y cuando volvía al cálido departamento, la precisa iluminación, las proporciones, el marco de la biblioteca, ese sillón, y la alegría llana de estar instalándome en un libro. Yo no lo busqué, mi editora francesa Anne-Marie Métailié no tenía ni idea, mucho menos su amigo Pierre Séguy, el propietario del departamento, con quien apenas me crucé un día, cuando me dio las llaves antes de irse de viaje, pero ese espacio me sumergió de lleno en la historia de Mika e Hipólito. Suspendí todo compromiso y comencé a escribir esta novela, la misma noche que volví de Perigny.

Era un domingo helado y con sol cuando Guillermo Núñez me llevó a Périgny en su moto. En lo alto de una colina estaba lo que algún día fue la casa de Mika. Aquel terreno gris, devastado, era el cuadradito verde que Mika, en sus últimos años, había transformado en “la sucursal de los jardines de Versalles”: lirios y amapolas rojas, claveles de Indias, rosas, ciruelas y cerezas.

Gracias a Ulrich Schreiber, director del Festival de Literatura de Berlín, pude participar del proyecto LiteraturRaum que me permitió vivir un tiempo en el Berlín de mis personajes, recorrer en sus calles y plazas los renglones del precioso cuaderno que escribieron Mika e Hipólito en 1932 y 1933. Tuve el privilegio de disfrutar de la compañía y el apoyo de la editora Michi Strausfeld, que me aportó datos históricos y un material gráfico extraordinario del Berlín de los treinta. El fotógrafo Ekko von Schwichow fue un guía de lujo, que me llevó por el corazón de Berlín, con él pude ver donde habrían de vivir mis personajes y donde se reunían con sus camaradas de Wedding. Mi traductora al alemán, Stefanie Gerhold, me ayudó a encontrar los planos de 1932 y revisó los originales de mis capítulos sobre Berlín.

Con los archivos me ayudaron Catherine Monier, en Madrid, y Nina Jaguer, en Buenos Aires.

En el largo proceso de escritura, fue fundamental el apoyo de Ana Inés López Accotto que tuvo la paciencia de escuchar mis dudas, leer y comentar las innumerables versiones de esta novela. Los siempre lúcidos aportes de Javier Rovira en la construcción fueron de gran ayuda. La lectura de mi editora francesa, Anne-Marie Métailié, me descubrió un aspecto que yo no veía. Me enriquecieron y orientaron los comentarios de Virginia Gallo, Gaby Meik, Mónica Soave y Constanza Gallo a mi manuscrito.

Agradezco a Fernando Gaona de la editorial Siruela y Mariano Valerio de la editorial Seix Barral, a Maria Adela Mogorron. Y un especial agradecimiento a mis traductores.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *