Claudia Orth – Se armó la gorda

Claudia Orth, un nuevo valor en mis talleres. Un fino sentido del humor presente en sus cuentos y en una novela en construcción que promete. “Se armó la gorda” responde a la consigna de cuento fantástico.

Se armó la gorda

No recuerdo cómo llegó ese cuadro a nuestro hogar, creo que alguien se lo había regalado a Adrián. Yo lo aborrecí desde el primer momento en que lo vi y le advertí a mi marido que no lo quería en ninguna de las paredes de nuestra casa pero Adrián insistió en colgarlo en el living.

– Los colores combinan con la pared y los sillones. Y es una reproducción de Fernando Botero, uno de los mejores pintores latinoamericanos – dijo.

Precisamente eso era lo que me molestaba, que fuera una pintura de Botero que sólo retrata a personas gordas. Siempre detesté a la gente con exceso de peso y Adrián lo sabía. En la playa más de una vez le pedía cambiarnos de lugar si detectaba a un gordo en nuestra cercanía y era capaz de cambiarme de asiento si una persona demasiado fornida se sentaba a mi lado en el subte o en el tren. No importaba la edad ni el sexo, la obesidad me producía escozor. Siempre me vanaglorié de que mi peso no había sufrido variación alguna desde hacía más de 20 años. Nadie tenía por qué saber que detrás de ese cuerpo casi perfecto había una mujer que se mataba a dieta y se sometía a  extenuantes rutinas deportivas. No había mejor música para mis oídos que los comentarios de admiración que despertaba mi figura.

Varias veces le pedí a Adrián que sacara el cuadro, al fin y al cabo la casa era tan mía como suya, pero siempre tenía alguna excusa para postergarlo. Para colmo de males cada vez que venía alguien a casa, ponderaba el cuadro, lo cual le daba a mi marido un nuevo motivo para dejarlo en su sitio. Y yo cada día odiaba más esa imagen. Me provocaba repulsión ese abultado vientre blanco, esas piernas cortas y gordas más propias de porcino que de una mujer, esas manos regordetas con hoyuelos, esa cara redonda y enorme enmarcada por una vulgar melena pelirroja.

El cuadro se había convertido en motivo de discusión recurrente con mi marido y más de una vez amenacé con deshacerme de él.

Una tarde mientras estaba sola en la cocina escuché una voz. Me dirigí al living pensando que había dejado encendido la televisión pero todo estaba apagado, también me asomé por la ventana para verificar si el murmullo venía de afuera pero la calle estaba desierta. Claramente pude escuchar que alguien decía mi nombre. Tardé un buen rato en detectar que la voz venía del cuadro. Primero pensé que se trataba de una broma o un truco pero apoyé mi oreja sobre la lámina: era la gorda quien me estaba hablando. Tenía una voz empalagosa, un poco chillona y hablaba con una tonada centro americana, propia del Caribe.

– Esto es una locura. Lo único que falta,  no te basta con arruinar la decoración de mi casa, ahora se te da por hablar.

– Tu marido no piensa lo mismo, chica – me contestó la gorda.

– ¿Qué me querés decir? – le pregunté sintiéndome un poco ridícula hablándole a un cuadro.

– Vamos Erika, me vas a decir que no te has dado cuenta de que Adrián está enamorado de mí .

Yo no podía creer la desfachatez de esa mujer.

– Mirá querida, yo hace 20 años que conozco a Adrián y sé que jamás miraría a una ballena fofa como vos. Siempre fue un esteta y tiene un gusto muy refinado, vos jamás tendrías una chance con él.

– Yo en tu lugar no estaría tan segura. De hombres entiendo bastante y los ojos con los que me miran rebozan pasión.

Empecé a insultarla como hubiera hecho con cualquier mujer de carne y hueso que me hubiera dicho semejante locura.

La gorda solo se rió y no me volvió a dirigir la palabra. Pensé en comentarle a Adrián el extraño episodio del cuadro pero la situación era tan absurda que jamás me iba a creer y hasta corría el riesgo de que me tomara por loca. Sin embargo empecé a observar más de cerca a mi marido. Hasta ese momento no me había percatado que pasaba la mayor parte del día en el living, más precisamente en el sillón que estaba frente al cuadro.

– ¿Por qué te sentás justo en ese sillón? –

– Por que es el lugar desde donde mejor de se ve la televisión -.

– No mientas Adrián, estás todo el día mirando ese maldito cuadro. ¿Te creés que no me di cuenta? .

– Erika, estás loca. Es cierto que a mí me gusta el cuadro más que a vos pero qué tiene que ver eso con el sillón.

– Vos sabrás… – le dije sin terminar la frase para que se diera cuenta de que yo no era tan tonta como él se imaginaba.

Durante un tiempo no se habló más del asunto y todo hubiera quedado en el olvido si no hubiera sido por la gorda que, aprovechando la ausencia de Adrián, me volvió a hablar desde el cuadro.

– ¿Tú has visto cómo me miraba ayer? Es evidente que está loco por mí. Te juro que de a ratos hasta me pone incómoda, siento que me devora con los ojos.

– Vaca inmunda, ¿quién te crees que sos? No te das cuenta de que ningún hombre puede sentir deseos de estar con vos. Todavía no entiendo cómo no se te cae la cara de vergüenza de mostrar ese cuerpo grasiento y fláccido, si hubiera sido por mí jamás estarías colgada en esa pared.

– Obvio, te crees que no me doy cuenta de que estás celosa. Lo lamento, yo no puedo hacer nada, si tu marido se enamoró de mí por algo será.

Cerré la puerta de un portazo y me fui del departamento, lo único que faltaba es que una gorda que ni siquiera era real, se burlara de mí.

Cuando regresé a casa Adrián ya había vuelto y como todos las noches estaba sentado en el sillón frente al televisor. Me di cuenta de que no estaba concentrado en la pantalla, su vista se desviaba a cada rato hacia el cuadro, sus ojos absortos, mirando fijo el cuadro. Lo peor era la actitud de la gorda, quien envalentonada por la mirada de mi marido, le empezaba a coquetear. Se había corrido el pelo para dejar al descubierto sus pequeños pechos rosados y le devolvía una mirada lujuriosa que acompañaba con una sonrisa sobradora. Hasta ahí llegó mi paciencia, decidida, entré al living y sin mediar palabra descolgué el cuadro y lo tiré por la ventana. Sonreí aliviada cuando escuché el ruido del vidrio que se estrellaba contra la calle.

– ¿Qué estás haciendo, Erika? Es totalmente irracional lo que acabás de hacer, podrías haber lastimado a alguien.
– A mí no me vas a engañar, a vos lo único que te preocupa es que acabás de perder a tu querida .

– Loca, cada día estás más loca. ¿Sabés qué? No te soporto a más. Me voy y no sueñes con volver a verme-.

Adrián puso unas  pocas cosas en una valija y se fue. Así no más, sin despedirse y sin siquiera llevarse las llave. Eso fue hace tres semanas, no volvió a aparecer por casa ni atiende mis llamados. Todavía tengo esperanza de que vuelva aunque me contaron que lo vieron del brazo de otra mujer. Una mujer blanca, pelirroja y gorda, muy gorda.

4 respuestas a «Claudia Orth – Se armó la gorda»

  1. Clau, en mi casa tengo un cuadro con un mujer muy extraña en él. Hoy cuando llegue lo tiro también. No vaya a ser que me hable y que me quiera robar a mi dorima.
    Te felicito por el cuento. Disfruto mucho leyendo tus historias 🙂

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