Yolanda Prieto Prado

Las posibilidades tecnológicas nos permiten contar en el taller de narrativa con Yolanda Prieto Pardo,  una destacada periodista cultural española afincada en Alemania. Nos conocimos en Frankfurt, donde me hizo excelentes reportajes para Telesur, entre otros medios.

Las prácticas de cuento erótico y cuento fantástico convergieron en “ La cama”, de Yolanda que hoy compartimos. Que lo disfrutéis.

 

LA CAMA

Ahora Jacinto y yo estamos asomados al balcón, llevamos un buen rato esperando ver llegar el camión de recogida de trastos viejos del ayuntamiento. Anoche bajamos la cama de latón antigua a la calle.

La dejamos apoyada contra la verja, está recubierta con cinta aislante marrón y tapada con mantas gruesas. Todo, para que nadie pueda ver que es una cama; todo para que nadie se la lleve. Después de media hora, hacia las nueve de la mañana, la cama de latón desaparece por fin en el interior del camión. Jacinto y yo intercambiamos una mirada. Después me toma la mano entre las suyas, como hacen los caballeros galantes con sus damas para besármela, y es entonces cuando me doy cuenta de que tiene sus manos bañadas en sudor. Comprendo al instante que a él le cuesta más que a mí deshacerse de este mueble. Perteneció a sus padres y antes de que la tuviesen sus padres, habían dormido en ella sus abuelos paternos. Ocho hijos habían sido engendrados y paridos en su lecho. Pero Jacinto me quiere mucho. Dicen que en los matrimonios siempre hay uno de los dos que quiere más. Y el hecho de que esta cama esté ahora definitivamente fuera de nuestras vidas es un prueba de su amor.

Pero, ¿cómo llegamos a tomar esa decisión? Lo recuerdo muy bien.. Nos trajeron la cama del pueblo y era de un color amarillo brillante. No tenía abolladuras. Era una cama sencilla, se notaba el trabajo artesanal. Los barrotes estaban bien trabajados y desde luego eran muy firmes,como enseguida tuvimos ocasión de comprobar al hacer el amor y no sólo al hacer el amor. La cama consitía de cabecero, piecero y un cuadro-base de metal con los travesaños de madera. Al menos tendría cien años. Jacinto y yo estábamos felices, la cama nos parecía el paradigma de la elegancia, uno de esos objetos que cuando se los tiene delante inmediatamente evocan una época pasada.

Pero en cuanto dormimos en ella, pasó algo extraño. Por primera vez en nuestra vida de pareja Jacinto me pidió que le dijera obscenidades. Y mientras me decía que eso le excitaba, sus ojos me miraban distintos, tenía las pupilas muy dilatadas, el iris enrojecido, las aletas de la nariz estaba infladas como nunca, su aliento despedía un olor acre, como si tuviese problemas de estómago. Me negué al principio, pero luego accedía a lo que me pedía. Y a la mañana siguiente, nada más despertarme, y abrir los ojos no podía creer lo que tenía delante de mis ojos. Me quedé mirando los barrotes, estaban ennegrecidos. Pegué un grito. Jacinto se despertó. Parecía el mismo de siempre: los ojos verdes, las pestañas largas, su cuerpo desprendía un olor dulce como a magdalenas de limón recién horneadas, su nariz volvía a ser la nariz de un hombre bello y no la de un monstruo enfurecido. No nos podíamos explicar lo que había pasado. ¿Por qué los barrotes estaban ennegrecidos? Como era sábado, pudimos comprar un producto especial para el latón, esa aleacción entre el cobre y el cinc, que siempre se ha usado mucho en la joyería conocida como bisutería. Lo encontramos, volvimos a casa y nos pusimos a lustrar los barrotes con los calcetines rotos que usábamos para limpiar los radiadores. Estuvimos un buen rato frotando hasta que volvió a aparecer ese brillo de un aspecto similar al oro.

Pero todas las noches volvía a suceder lo mismo. Jacinto se transformaba en un ser animal, me ataba los brazos a los barrotes, con la palma de la mano me azotaba en las nalgas, me mordía los pezones hasta causarme dolor, y de nuevo al despertar, volvíamos a ver los barrotes de la cama ennegrecidos. Pensamos en un plan para librarnos de la cama. Sabíamos que cualquier antigüedad sólo vale lo que alguien está dispuesto a pagar por ella pero decidimos que nosotros habíamos pagado bastante y pensamos que hay antigüedades que es mejor que no se pongan a la venta. Así que una mañana, desde la oficina, llamé al servicio de recogida de trastos viejos. Me atendió una amable voz femenina. “¿Qué quiere tirar?” me preguntó. “Una cama”, contesté y ella dijo: “Sólo eso”. “Sí, sólo eso” dije en el tono más neutral que pude, me despedí y colgué.

 

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