Carlos Alonso

Comparto, con mucha ilusión, el primer capítulo de la novela “Un día en la vida” de Carlos Alonso, director, realizador y guionista de Tv (actualmente trabaja en Telemadrid) .

Hace unos 20 años, Carlos formó parte de mi taller en Madrid. Ahora, desde hace tres años, en clínica de novela, leyendo y releyendo, sugiriendo, conversando, equilibrando, opinando, convenciendo o dejándome convencer, enseñando y aprendiendo. Estamos en la recta final, el libro está casi listo, una última peinada y sale. A mí me gusta mucho. ¿ A vosotros? ¿ A ustedes?

UN DÍA EN LA VIDA

Diecinueve de marzo de mil novecientos setenta y tres. Vuelta de comida familiar. En el coche de mi padre viajábamos siete personas; mis abuelos, mi primo, mi hermano, mis padres y yoCuatro atrás y tres delante. Mi padre conducía. Mi madre y yo compartíamos el asiento de al lado del conductor. Llovía. El firme estaba resbaladizo. En una curva mal peraltada mi padre perdió el control del coche, nos deslizamos de un carril a otro, chocamos contra la mediana y comenzamos a dar vueltas de campana. El tiempo se ralentizó, los golpes contra el interior del habitáculo fueron silenciosos, anestesiados, lejanos. Permanecí consciente durante varias vueltas, sintiendo el dolor como si fuera otra persona, hasta que mi cuerpo salió despedido al exterior a través de la ventana delantera del vehículo. El terrible golpe de la cabeza contra el cristal provocó mi desvanecimiento.

Desperté tirado en la cuneta. Mis gafas habían desaparecido. Sólo los miopes sabemos lo que eso supone. Todo estaba borroso. El sabor de la sangre recorría mi boca. El traumatismo había sido tan fuerte que mi capacidad de sentir dolor seguía anulada. Intenté incorporarme pero mi cuerpo no me obedecía. No sentía mi pierna derecha, el resto lo percibía lejano. No gritaba, no lloraba, sólo miraba. Personas desconocidas y desenfocadas intentaban ayudarme: ¡No le muevan! ¿Te encuentras bien, chaval?Balbuceé afirmativamente. Unos sanitarios me depositaron con cuidado en una camilla y me introdujeron en una ambulancia. Creí ver a mi padre despidiéndose de mí. Protegidos por el sonido de la sirena recorrimos la distancia hasta el hospital más cercano. No te preocupes, chaval, no tienes nada grave, me dijo alguien, creo. Llegamos a destino y los sanitarios me trasladaron a otra camilla. Otro grupo de profesionales me empujaron con celeridad hacia el interior del hospital. Mi padre apareció corriendo detrás de la camilla para darme alcance. Cuando llegó a mi altura, me agarró la mano y me acompañó a no sabíamos donde. No te preocupes, todo saldrá bien, decía.

Neones, pasillos, ruedas, frases, caras, uniformes, puertas, quirófano, frío, anestesia, cuenta hasta diez; uno, dos, tres, nada.

Desperté. Mi padre besaba mi frente y lloraba. Fue la primera vez que lo vi llorar. Nunca me dijo nada, pero siempre supe que se sentía culpable del accidente.

Cuando ocurren desgracias, la escala de lo importante cambia instantáneamente. Yo fui el más perjudicado de toda la familia, sólo me había roto una pierna y tenía un golpe en la frente. ¡Qué suerte tuvimos! Podríamos haber muerto todos. Mi madre tenía una fuerte contusión en la cabeza, que con el tiempo le produjo vértigos de forma esporádica, pero intensa. Mis abuelos, nada importante. Mi hermano, rasguños. Mi primo y mi padre salieron ilesos. En otro coche iban mis tíos con otros primos y mi hermana. Pregunté por todos. Tu madre está bien. Tú también, no te preocupes, ahora descansa, dijo mi padre. Poco más recuerdo de mi estancia en el hospital.

Se había partido la cabeza del fémur de mi pierna derecha y, como estaba en pleno desarrollo, ese hueso no crecería lo mismo que el de la otra pierna. Un estudio pionero en su época dictaminó, analizando una radiografía de mi mano, que yo tendría que medir un metro setenta y cinco y medio (y no me pongo ni un centímetro de más), pero si se dejaba crecer a la pierna sana hasta esa altura me quedaría cojo, a no ser que se tomaran las medidas oportunas, porque las inoportunas es mejor no tomarlas. Y se tomaron.

Comenzó un sinfín de operaciones e intervenciones médicas para resolver el problema. En la primera, me colocaron varios clavos en la pierna accidentada para que el hueso soldara con seguridad. En la segunda, me colocaron seis grapas metálicas repartidas entre la cabeza del fémur y la cabeza de la tibia con la intención de frenar el crecimiento del hueso sano. Me convertí en una estación meteorológica ambulante. Mis queridas grapas y tornillos de ambas piernas predecían con exactitud, a través de pinchazos despiadados, las llegadas de borrascas portadoras de agua.

El experto que me implantó la ferretería se llamaba Don Andrés Trucha, Doctor Trucha para los pacientes. Un traumatólogo corpulento, de bigotito franquista, que periódicamente me medía las piernas y me obligaba a andar hacia él en calzoncillos. ¡Ven toro, ven toro! Su hijo tiene piernas de toro, señora, decía a mi madre mientras me observaba con extraño entusiasmo. Cada uno que juzgue los extravagantes comentarios de tan respetable eminencia ferretera. Yo con el tiempo he llegado a pensar que detrás de ese bigotito y ese desproporcionado entusiasmo se escondía algún tipo de depravación. Injusto y sin fundamento mi razonamiento, lo sé, pero los pensamientos se escapan de cualquier lógica. En realidad debería agradecerle mi metro setenta y uno (que es la estatura que al final alcancé), mi centímetro y medio de cojera y haber podido llevar una vida normal desde entonces.

Pero lo que no mata engorda, y a mí el accidente no me mató, me engordó el sentir y el percibir. Comencé a intentar disfrutar cada momento, a perseguir el placer y la tranquilidad. Mi cuerpo era de trece años, pero la consciencia nítida de que podía haber muerto ese día, en esa curva, cambió mi manera de vivir.

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