Tere Reñé vive en Santa Fe. Es docente de nivel inicial. Entre otras actividades  culturales y sociales, fue conductora de un programa infantil de televisión. Escribe y pinta. No sabemos cómo ha podido hacer tantas cosas con OCHO hijos, pero se las arregla. Forma parte del taller intensivo Una de las virtudes de su narrativa es que nos hace reír. Hoy compartimos Mansa Lucrecia.

 

MANSA LUCRECIA

Ese día tocó lluvia. Después de la muerte de él, los hombres cubiertos por impermeables cavaron una fosa profunda , las palas se hundían blandamente en la tierra mojada, los sirvientes y Lucrecia observaban mientras se iban empapando.

La casa quedó enorme. Y vacía.

Lucrecia necesitó tomar un te caliente al regreso, Sarita recogíó sus ropas mojadas. Entonces, confortada, se sentó junto al fuego en la salita del piano, como siempre y recorrió sus propios pensamientos. Recordó.

Cuando conoció a Joseph, Lucrecia no tuvo opción. El joven alemán era decidido, educado y buen mozo.

Su padre creyó que era el mejor candidato ya que ella no debía quedar para vestir santos. Tenía veintisiete años y el hombre era consciente que arrastraba una enfermedad terminal que dejaría a su hija sola en el mundo. No quería que ella pasara por tanto sufrimiento como él mismo atravesó cuando su mujer falleció y tuvo que emigrar con la niña a la Argentina en busca de horizontes más esperanzadores.

Joseph fue dominando el castellano – como a todo – y pasados unos años ya lo hablaba con bastante habilidad, a pesar de cierto resabio duro de su idioma natal.

El dispuso que ella renunciara al empleo que tenía en la oficina de correos y que había conseguido su padre a través de los favores de un conocido. Ella aceptó mansamente.

El dispuso la compra de esa estancia en medio de la nada y que allí vivirían, impidiéndole tener más contactos que los indispensables. Ante el reclamo de Lucrecia, el apretó su cuello contra la pared. Ella se sintió acobardada y cedió.

El dispuso que ella debía tener dos hijos, un varón y una mujer, que por esos designios de la vida, llegaron en ese orden.

El dispuso que ella debía abortar el tercero que no entraba en su planificación y asegurar su esterilización. El llanto de ella fue secreto.

El dispuso que sus hijos , luego de recibir la instrucción básica mediante los servicios de un maestro que impartía sus clases en la misma estancia, estudiaran en Alemania. Ella los vio partir con la cara hinchada por los moretones y los ojos ya sin llanto.

El disponía después de cada almuerzo tomar el café que se hacía traer directamente de Brasil y que ella sumisamente se lo servía en la salita del piano.

Pero él no pudo disponer que, con el café de cada día, ella perdiera su mirada acuosa por la ventana que daba a los paraísos del patio trasero.

El no pudo disponer que en la azucarera de la que se servía las habituales dos cucharaditas en el café, ella hubiera mezclado ricina.

El no pudo disponer que su corazón no resistiera la fórmula y cayera al suelo contraído de espasmos mientras sus ojos afiebrados encontraron en el rostro de la mansa Lucrecia una sonrisa de satisfacción que no conocía.

El no pudo disponer que ella se diera vuelta y mirara por la ventana mientras la lluvia caía sin prisa y el moría sin pausa.

María Teresa Reñé – 2016