Diario para un Diario para un cuento de Cortázar

Cortázar miente. Yo lo sé, pero elijo hacer como si le creyera. Miente cuando dice que la foto de Anabel cayó como desde el cielo, mientras buscaba un libro en las estanterías. Él fue y revolvió una caja de fotos hasta encontrarla. Yo lo sé, todos lo saben. Pero la historia real no tiene esa magia de la caída sutil, como dejada por la mano de un ángel. Si él va y se llena de tierra y de recuerdos absurdos, no es más que un hombre en plena crisis, buscando en su pasado ese ingrediente que le anda faltando. Horrible. Nadie quiere ese Cortázar. Miente también cuando dice que Anabel se llamaba Anabel. A él le hubiera gustado tener una amante que se llamara así desde que leyó ese poema de Annabel con dos enes, pero solo encontró Anabeles con una y ninguna daba para amante. Y hay que decirlo, tampoco tiene ganas de que nadie le pregunte quién es esa mujer que describe en realidad porque si algo trae problemas es la realidad.

Miente descaradamente cuando dice que admira a Bioy. Siente un poquito de envidia, muchísimo desconcierto y una mezcla rara de emociones, como quien mira a un extraterrestre subiendo a su nave espacial y partiendo a un planeta lejano donde los humanos no pueden llegar. Algo es cierto, sin embargo: él y Bioy comieron ravioles. Eso sí le creo. Porque los ravioles desentonan un poco en esa mesa tan paqueta. Nadie elige ravioles de tener que inventarlos. Y también son ciertas esas horrendas traducciones técnicas porque ninguna mente con un poco de vuelo puede llegar a vislumbrar semejante tortura para la lengua. Miente incluso cuando habla en primera persona, como si fuera Cortázar, porque sabe que está creando con palabras ese autor que quiere que todos conozcan y no el Cortázar de verdad, el que revuelve fotos buscando qué escribir y cocina ravioles y escribe una historia con más consonantes de las que tuvo en realidad.

Cortázar miente. Lo que pasa es que miente bien. Y al que miente bien, casi como un reconocimiento, se le asiente con la cabeza, se le dice mirá vos y se lo sigue leyendo toda la vida. Y yo, bueno, nunca voy a ser Cortázar, nunca, pero en una cosa me parezco. Adivinen.