Adriana Herzig

Adriana Herzig vive en san Luis, es profesora de Letras y escribe hace varios años. Forma parte del Taller Intensivo, un grupo cuyos integrantes tienen experiencia en escritora.

Adriana nos subyugó desde su primer cuento. Compartimos:

«Piso 18”

La cita para la entrevista es en 10 minutos y ella no aparece…Como siempre, retrasada en el mejor de los casos, porque es probable que ni se haya acordado o que se haya confundido de día o de hora. La llamo. Si no pensaba venir. Que era martes y la entrevista era el miércoles. Que ni sabés en qué día vivís…es Miércoles. Que uh…me confundí de día. Basta de charla, que se apure. Me imagino que no estará vestida ni arreglada para la ocasión. Le aviso. Que no tengo tiempo de cambiarme ahora. Ya me figuro cómo va a llegar, despeinada, cara lavada, ropa muy informal…Ahí está llegando…Ah no, nunca imaginé semejante facha, babuchas y alpargatas. Pero ¿de dónde viene? Por Dios, ni nos van a entrevistar. Cuando nos vean, nos agradecerán que hayamos venido y chau. Acomodate esos pelos revueltos y andá a ponerte un poco de rubor y rouge, pálida y ojerosa, aunque esto no se soluciona con rubor ni con rouge. Que no, que prefiere revisar el proyecto. Claro, no piensa en cómo se ve, en que no va a llegar a mostrar el proyecto.

Ahí nos llaman. Entro apurada y nerviosa y la veo a ella tan indiferente, mirando por el ventanal. Seguro se va a quedar en el paisaje que se ve desde el piso 18, la ciudad y todas esas pavadas en lugar de mostrarse seria y concentrada.

  • Qué hermosa vista, no puedo dejar de mirar…

Ya sabía yo, empieza con sus idioteces sensibleras y no se concentra. De acá nos echan a patadas.

  • Es una vista única – le dice él- ¿Alcanza a ver el río? Quizás desde acá, acérquese.

Ah, bueno, encontró a otro idiota como ella. Uh, para qué, va corriendo casi. Le hago un gesto de prudencia con mis manos pero no me ve.

  • ¡Qué maravilla! Lo envidio porque puede estar acá todo el día. ¡Cuántos veleros! Lo que daría yo por trabajar en un lugar como éste…

Yo me paro con impaciencia como diciendo “¿Y? ¿Para cuándo?” Pero nadie me registra. Los dos embobados mirando para afuera. Toso. Nada. Muevo la silla como para sentarme. Nada. ¿Es que nadie me ve? Cuando ya estoy por alterarme, se dan vuelta ambos a la vez, como sincronizados. Él la mira muy fijamente, me parece poco profesional, sus ojos tan embobados sobre el zafarrancho despeinado y en babuchas.

  • Bueno, ¿te parece que comencemos con tu propuesta?

Quiero hablar, pero el tipo ni me mira. Abro la carpeta como para llamar la atención. Pero él no mueve sus ojos hipnotizados del rostro en alpargatas. Ella toma los papeles y le dice que allí está toda su corta vida profesional, que la dedicó a armar esta propuesta.

Ah…es demasiado, qué de pavadas, empezá de una vez con la fundamentación, le digo por lo bajo. Pero ella ya no escucha. Se desarregla todavía más el pelo con sus manos pesadas y se le suelta la hebilla. Lo que faltaba…Le repito dale, que empiece de una vez. Pero noto que él extiende su brazo sobre el escritorio para acariciarle un mechón que ondula sobre su cara y ella toma la mano de él con dulzura, como en cámara lenta. Le dice que de eso trata nuestro proyecto, del modo de mirar. Nunca escuché sandez semejante, así que me levanto enojada y digo “Basta”, más que decir, lo grito. Pero ni se inmutan, siguen como congelados en una mirada que los atraviesa y los une. Entonces la sacudo a ella para que reaccione, una y otra vez, pero ella no parece sentir mi apretón. La manga de su blusa no se encoge como si, en realidad, yo no la tocara. Él le dice que realmente quiere escucharla, que lo va a hacer con gusto y sin apuro, que dispone de todo el día para ella.

Me dirijo a él para comentarle cuáles son los fundamentos teóricos de nuestro proyecto. Pero él ni me mira, por lo que supongo que no me escucha. Por eso, decido abrir la puerta y pedir ayuda, que alguien me diga qué pasa. Cuando salgo, no veo a nadie en el pasillo y sigo avanzando hasta que algo como un elástico me tira hacia la oficina. Es una fuerza intensa que de golpe me mete dentro del cuerpo de ella con energía y con decisión. Sacudo un poco mi cabeza para ubicarme. Cuando logro fijar la vista, mis ojos se pierden en la maravillosa panorámica desde el piso 18 y en los ojos almendrados que me miran y me van derritiendo de a poquito.

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