Victoria Mora – Miguel y Clara

Victoria Mora es psicoanalista y escribe cuentos. Desde principios del 2012, forma parte del taller de técnicas. En su narrativa, es clave la memoria de un pasado doloroso. Hoy publicamos su cuento “Miguel y Clara”

Miguel y Clara

Hoy volví a pensar en Clara. Parece mentira, un tipo grande ya y no me la puedo sacar de la cabeza, a pesar de lo mal que terminó nuestra historia. Quizás sea el momento de reconocer que es el gran amor de mi vida. Si cierro los ojos puedo verla, linda, joven como cuando la conocí. Entré a la oficina ese día como cualquier otro, la vi y me enamoré. Ella estaba de perfil escribiendo a máquina, concentrada, inclinada sobre la mesa, me acerqué, cuando la tuve enfrente supe que caería rendido a sus pies. Unos ojos grandes negros, profundos me miraban con desconcierto. La saludé, intenté entablar una  conversación que no fue, solo me devolvió unos monosílabos sueltos. Ese día no me respondió, pero de a poco, con toda mi paciencia, fui logrando que me hablara. Un día se me ocurrió llevarle un regalo, un perfume, ella no quería demostrarlo, pero el regalo le había gustado. Así di el primer paso.

Después de un trabajo de hormiga llegamos a conversar de todo: historia, literatura, política, y, aunque no coincidíamos en muchas cosas, era un placer hablarle, y a ella le gustaba. Yo le decía cosas como “anoche te extrañé”, y ella daba vuelta la cara como si tuviera vergüenza, entonces yo le sacaba otro tema. Ella nunca rechazaba mi conversación ni mi compañía.

Un día conocí a su familia. Fuimos en el auto hasta su casa en un pequeño pueblo perdido en la provincia de Buenos Aires. Intenté hablarle varias veces, ella apenas me contestaba. Pensé que quizás serían los nervios de que conociera a su familia ¡siempre tan preocupada Clara!  Yo la amaba con toda el alma  e intentaba todo el tiempo que fuera feliz, aunque ella sólo a veces me respondía como yo esperaba, la mayoría de las veces se mostraba distante, hosca, como el día del viaje.  Le saqué conversación sin éxito en varias oportunidades, no hubo caso. No sé por qué estaba tan nerviosa, sus padres nos recibieron con los brazos abiertos, increíblemente hospitalarios. La primera visita fue un poco rara porque no nos conocíamos pero después fue fluyendo, el padre hacia unos asados espectaculares, la pasábamos muy bien. Pero Clara siempre con esa mirada sombría, debí sospechar que a pesar de mis esfuerzos lo nuestro no iba a funcionar.

********************

Miguel sabía que Clara iba a ser liberada en cualquier momento. Lo intuía, quedaban pocos detenidos, la confirmación se la dio Gutiérrez

−Che, se te va la mina.

Por un segundo a Miguel se le paró el corazón.

− ¿La trasladan?

− ¡Que cara! No boludo, no te asustes, la liberan−Miguel respiró, quiso saber.

− ¿Sabés cuándo?

−No, te lo averiguo, pero te va a salir caro, eh

−Dale boludo, me debes más de una, averiguame ¿si?

−Está bien, por vos y por la piba que se portó como los dioses, desde que la          trajeron no paró de laburar, está bien que hacen cualquier cosa con tal de no volver a         los calabozos, pero ella se portó mejor que cualquiera, le escribió a máquina            trabajos a medio mundo y nunca la oí quejarse de nada, y mirá que cuando llegó la         pasó mal, después recapacitó, se dio cuenta de como son las cosas, agradecé que la             metieron en seguida en el programa de recuperación sino vos, pobrecito, te quedabas   sin novia

− Calláte imbécil, no me cargues y conseguime la fecha.

− ¡No te calentés! es un chiste.

*************************

El centro clandestino se estaba desmantelando, ya casi no quedaban prisioneros. Principio de los ochenta y le costaba pensar que iba a ser de su vida. Hacia dos años que había decidido directamente vivir ahí. No tenía sentido alquilar afuera, todo lo que necesitaba estaba adentro, y desde que conoció a Clara ya no salió más que para hacer trabajos que le indicaran, o comprar alguna cosa para él o para ella. Se puso feliz cuando a Clara le autorizaron las salidas, así pudo conocer a sus padres.

La segunda vez que fueron a visitarlos, era año nuevo. Cuando terminaron de cenar, ayudó a la mamá de Clara a levantar la mesa, y ahí le dijo que estaba enamorado de su hija. Notó que la mujer se sorprendía pero entendió que la situación era compleja. No le importaba. La historia la escribía él.

Tenía todo planeado, cuando esto se terminara, con el dinero que había ahorrado iba a alquilar un departamento y se iba a casar con Clara, tendrían hijos, tres o cuatro. No estaba seguro si ella iba a poder, pero lo intentarían. Fantaseaba a menudo con eso, un sinfín de imágenes cotidianas en  las que él y Clara comían juntos, hacían las compras, se amaban, ella con panza, los dos con un bebé, juntos y felices. Finalmente supo el día exacto en que Clara iba a ser liberada, consiguió ser quien la lleve a su casa, después de todo, él había sido su responsable durante dos años. Lo preparó todo muy bien, la casa lista, amueblada, hasta le consiguió ropa, la ropa que imaginó que a ella iba a gustarle. Ese día compró flores.

Después de subirla esposada al auto salieron del predio. Anduvieron como media hora, ella atrás en silencio, él mirándola por el espejo retrovisor, sonriéndole. Ella ,esporádicamente, insinuaba una sonrisa tenue, hasta que él rompió el silencio

− Te traje flores, son para vos.

− ¿Vamos a ver a mis viejos?

−No vamos a otro lugar mejor.

Clara no preguntó más nada. Miguel paró el auto enfrente a su nueva casa, antes de bajarla, le sacó las esposas.

−Estás libre.

Entonces Clara se sorprendió, sonrió, un poco descreída quizás, pero sonrió feliz, por primera vez, como nunca la había visto.

− ¿Me puedo ir? ¿Me voy a mi casa con mis viejos?

−No, Clara, acá, esta es tu nueva casa, conmigo ¿ves?

Tristeza en el rostro de Clara. Miguel no entendía, era una casa preciosa ¿no lo quería acaso?

−Sí, es preciosa.− y él amó su timidez

Entraron, Miguel le preguntó si necesitaba algo, y ella que darse una ducha caliente y los churros con dulce de leche,  si él podía ir a comprárselos, mientras ella se bañaba, la ducha y los churros era lo que más había extrañado.

Miguel, sonriente, salió a la panadería del barrio. Cuando volvió, quince minutos después, se encontró la casa vacía.

Al llegar a la casa de los padres de Clara ya no quedaba nadie.

Clara salió del país con su familia, en España los esperaba su hermana. Allí treinta años después logró ver a Miguel entre rejas.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *