Verónica Abdala – El libro de Antonia

Verónica Abdala es periodista, especializada en temas culturales. Entre 1995 y 2004 integró la sección Cultura del diario Página/12. Actualmente es redactora de diversos medios gráficos y digitales, y colabora en ADN. Tiene dos hijos, dos libros publicados: la biografía ilustrada “Borges para Principiantes” y “Susan Sontag y el oficio de pensar” y hace tiempo ya que está incursionando en la ficción. Su participación en el Taller de Técnicas es enriquecedora. Hoy compartimos su cuento  “Libro de Antonia” ¡con ilustración y todo!

El libro de Antonia

Por Verónica Abdala

En un primer momento, pensó que se trataba un problema transitorio. Sin embargo, el tiempo pasaba, y ella  no lograba escribir algo que pudiera salvarla del olvido al que el paso de los años parecía condenarla.  No hubiera podido decir en qué momento preciso la habilidad de contar historias había dado paso a este bloqueo espantoso: doce años después de la publicación de su última novela, la angustia se volvía insoportable.

Antonia Requente, que en su momento había publicado dos libros elogiados por la crítica argentina y la extranjera -en Madrid, los periodistas revoloteaban a su alrededor como mariposas-, dueña de un nombre que todavía inspiraba respeto entre sus colegas y fascinación en sus lectores,  se sentía absolutamente vacía. Las historias la habían abandonado.

_Es muy frecuente- le había dicho Julia, su compañera de cátedra, alguna vez que ella había hecho mención del asunto.

_Claro -había dicho ella-. Ya va a pasar, seguro que cualquier día de estos arranco de nuevo con los cuentos-.Pero los cuentos brillaban por su ausencia, como las novelas; como las ideas de novela, como los proyectos a futuro.

_ No te preocupes tanto -le había dicho Julia-, el día menos pensado te sentás a escribir y sacás otra novela como «Marea baja».

Ese día, sin embargo, no llegaba, y a ella ese libro, después de doce años años, le parecía tan ajeno como su cara en las fotos de entonces. El libro parecía escrito por otro; le costaba tanto reconocerse en esa obra como en el éxito que el libro había traído aparejado: los viajes, las notas, los alumnos; el teléfono sonaba a toda hora, ella era joven y corría de un lado para otro. Quién era aquella mujer, qué había pasado durante todos esos años. No lo tenía del todo claro. Seguía casada con el mismo hombre, seguía pendiente de su hija Emilia, que estudiaba Bellas Artes, seguía dando clases en la Facultad -quizás menos convencida-. Pero en el camino había perdido ¿la seguridad?, ¿el entusiasmo?

_Perdí el eje -le dijo a Julia una mañana de sol en que tomaban café en una mesita de bar ubicada en la vereda-. O las ganas.

_Dejáte de pavadas- dijo Julia y se pidió una porción doble de torta de manzana.

Lo que más la avergonzaba era que cuando la consultaban de algún suplemento cultural, para alguna de esas notas que los editores suelen acompañar de columnas y opiniones supuestamente autorizadas, siguieran prensentándola como la autora de “Marea baja”. Doce años. Al margen de Julia, Antonia prefería, de todas formas, no comentar el problema con nadie. No le hubieran creído, además. Algo tan fácil: sentarse a escribir. Una mujer experimentada como ella, profesora de Letras, autora renombrada, ¿que podría costarle?

Quizás por eso, la última vez que Julia le había preguntado en qué andaba, había dicho:

_Una novela nueva, ya arranqué, tenías razón, no era nada.

Por eso le había dicho a Guillermo, su marido, que esas horas muertas –tantas- en que deambulaba por la ciudad sin nada que hacer, las dedicaba a escribir en los bares. Cada tanto, Guillermo volvía a preguntarle:, cómo va el libro, venís bien, y ella:, claro, viento en popa. Hasta Emilia, tan chiquita cuando salió “Marea baja”, se había entusiasmado. No quería, no podía, adelantarles nada. Eso decía, cuando las preguntas empezaban a agolparse.

_Ya  van a ver, tengan paciencia-. Iba y venía llevando su computadora.

Le pesaba la máquina, cuando iba al parque, caminaba dos o tres horas con la Netbook bajo el brazo, cubierta por una funda de neopren floreado en tonos rosados y naranjas que había comprado al lado de la Facultad.

A veces, tiraba una manta debajo del algún árbol grande, y se sentaba a mirar a la gente que pasaba: intentaba imaginar quiénes serían, de donde vendrían y hacia dónde irían. No daba resultado, no había caso. Entonces se quedaba imaginando cosas, frente al lago. ¿Sería profundo? ¿Cuántos metros bajo el agua? Una tarde se acercó para mirar: dos o tres metros, por lo menos. El agua era de un marrón oscuro, con visos tornasolados. Lo suficientemente oscura  como para no ver si el fondo había algo.

_Estás más linda -decía Guillermo-, ese libro te tiene contenta, no podés ocultarlo.

_No, claro -respondía Antonia-. Debía ser el sol del parque, era cierto que estaba más bronceada. Estaba tan contento Guille, estaban tan contentas Emilia y Julia, para qué contarles. La verdad los hubieras preocupado, los hubiera puesto tan tristes, incluso más que el robo.

_Justo ese día, quedaba tan poco por delante- dijo ella. Se habían llevado el dinero, dijo, que había cobrado del alquiler de la casa de su madre; el llavero también, ese manojo interminable de llaves.  Si lloró fue por el libro, decía, perdido junto a la computadora.

_Es que soy escritora, ¿entiende?-  explicó al comisario que le tomó la denuncia.

_Es escritora- asintieron Julia y Emilia, al oficial que las miraba con gesto impávido-. Tienen que encontrar esa máquina, ahí está su novela, su gran obra.

Guillermo estaba desconsolado.

_Haremos lo posible, pero no es fácil- respondió el oficial.

No era fácil. Se la habían arrebatado, dijo ella, en el parque, frente al lago.

Debió haber sido Julia, la que avisó a los diarios. Poco importaba: ellos volvían, y había que preparar la casa.

Antonia compró masitas, saco el mantel de puntillas blanco. Los jarrones de cristal de la madre, alcanzó con unas fresias perfumadas. Hubiera preferido que vinieran los del suplemento cultural -siempre los leía-; vinieron los de Policiales. De todas formas  -le pareció- era importante.

Fue a la peluquería a la mañana, llegarían por la tarde y no quería salir desarreglada. Eligió una blusa fresca en tonos verdosos, un moderno collar de lana rojo. El periodista y el fotógrafo parecieron alegrarse cuando vieron la mesa tendida, el café, el jugo, las masitas, acostumbrados como estaban a frecuentar otro tipo de escenarios.

Se acomodaron frente a la mesa dispuestos a hacer las preguntas necesarias: qué había estado haciendo ella –descansando unos minutos, después de trabajar en su novela-, cómo eran los tipos, si los recordaba -ella aseguro que no-, si había testigos –nadie-. Hablaron sobre la novela, la más ambiciosa de su carrera, dijo Antonia, la que hubieran celebrado los críticos, arriesgó. Sintió ganas de llorar, pero se contuvo.

_¿Sobre qué tema?- quiso saber el muchacho, sin dejar de masticar y mientras Emilia le servía un poco más de café y le alcanzaba las masitas confitadas. El fotógrafo intercalaba bocados entre toma y toma.

_Las fantasías, tan reales como la verdad empírica…- respondió ella, mientras el periodista, que no parecía haber comprendido demasiado, alzaba los hombros y anotaba unas palabras.

_Un poco de jugo, con este calor, un poco más de jugo, siéntanse cómodos- invitó. Los muchachos asentían, satisfechos, y seguían comiendo y tomando.

Los titulares, a la mañana siguiente, la sorprendieron gratamente: ella no imaginó que le darían a la noticia un lugar tan destacado, mucho menos imaginó que aparecería en tapa.  «Producto de un robo, desaparece la obra más ambiciosa de Antonia Requente». Y una línea más abajo, un textual: «Se perdió para siempre la mejor novela que he escrito».

La foto era realmente buena, el fotógrafo había tenido para elegir, entre cientos de tomas. Ella tomó con parsimonia su café, le esperaba un arduo día, recibiendo a los periodistas de los demás medios. Empezarían a llamar en cualquier momento. Conocía el metier, el teléfono no dejaría de sonar: otra vez en boca de todos, nuevos alumnos quizás, con suerte algún viaje afuera, conferencias, la Feria del libro. Ya habría tiempo para pensar nuevos  proyectos.

Mientras se ponía el vestido rosa la asaltó una duda: ¿se vería la funda de neopren floreada a dos metros de profundidad? Improbable. Se pintó los labios de bordó, y salió a comprar café –el mejor-, fresias, masitas frescas, una torta de manzana.

7 respuestas a «Verónica Abdala – El libro de Antonia»

  1. Me encantó. No sé si a Antonia se le pasó la angustia una vez que logró recuperar el protagónico de los medios, ese tremendo deseo de «ser escritora» más que de escribir, pero mí me iba aumentando a medida que leía. Interesante tema, buenísimo el ritmo ¡y qué dominio del DIL 😉 ! ¡Felicitaciones!

  2. Veronica, me encantó!!! Y te escribo por qué.
    Adoro cuando el escritor me hace perder, y tengo que volver. Estaba llegando al final y sabía que tenía que volver, pero, por otro lado, no paré hasta concluirlo. Después volví al punto de inflexión:
    La verdad los hubieras preocupado, los hubiera puesto tan tristes, incluso más que el robo.
    _Justo ese día, quedaba tan poco por delante- dijo ella.

    Muy bueno!

    Abrazos,

    Sandra

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