Valeria Castelló-Joubert, un capítulo «Las zanahorias están cocidas»

En Clínica de novelas, estamos trabajando la fascinante  «Las zanahorias están cocidas» de Valeria Castelló-Joubert. Editores, atención. ¡Viene muy bien!

Un día vi a Josette cruzar la puerta del correo. Era una mañana de mayo de 1940. Los ojos en fuego, el rostro colorado, sin aliento, fuera de sí. Su voz precedía al cuerpo que la seguía, torpe y raquítico, cojo. Pegó la nariz contra el vidrio de la ventanilla y con voz chillona susurró: ya están en París. Haciendo a un lado estampillas, sellos y sobres, apenas alcé la mirada, pues me sentí enrojecer, con una vergüenza que se desplegaba en olas desde mi interior. Era un sentimiento de profunda vergüenza que contrarrestaba una suerte de impudor, de pérdida de la gravedad. Permanecí inmóvil. La vergüenza ya me atravesaba el cuello y antes de que me alcanzara la cara y la cubriera por completo, obligándome a dar la espalda o a levantarme bruscamente, pregunté: quién.

Por más que ahora busque argumentos tranquilizadores, de los cuales se ha abusado desde entonces, oírme preguntar quién me ancla en la desesperanza más grande. Una sola palabra y la caída, sin aviso. La caída fuera de mí, sin retorno. Pocas cosas más condenables hay en una vida que esa especie de partida que se opera frente a la verdad. Si la verdad no se habita, es porque uno se ha exiliado voluntariamente de ella. Siempre es voluntariamente. La verdad no tiene otra cosa que hacer más que estar ahí. El que está o no, es siempre uno. La verdad no ofrece caminos a medias. Si uno la abandona, ya no nos querrá de vuelta. Es como una mujer a la que dejamos.

Al preguntar quién, me fui. Me he vuelto despreciable por el más atroz de los desprecios, aquel que el otro ignora, aquel por el cual se finge.

El cuerpo de Josette seguía ahí, cojo. Su respiración había empañado el vidrio. Ya no la veía, me había ido. Fue cuestión de un segundo al cabo del cual levanté los ojos. El cuerpo de Josette era cojo; ella, sin embargo, todavía no cojeaba. Eso habría de ocurrir unos meses más tarde.

Es curioso e insoportable –aunque nunca las dos cosas al mismo tiempo, sino una a la vez– ver los cuerpos inscriptos, surcados con su destino. El cuerpo de Josette era cojo, cualquiera podía afirmarlo a simple vista, pero ella no cojeaba. La conocía de siempre, habíamos crecido juntos, ella, mi hermano Joseph y yo. Pero cuando hubo que casarse, eligió a mi hermano. Nuestra tía de Montbéliard llegó tarde a la ceremonia. Me felicitaba porque creía que el novio era yo. Josette y Joseph, Jo-Jo, idiota y natural. Nos queríamos. Yo los quería. Su matrimonio era natural. Hubiera podido ser yo. No se me ocurrió hasta la muerte de mi hermano: hubiera podido ser yo. El novio, el muerto. Qué estupidez. Entonces se despertó en mí una ternura inmensa por mi hermano, visceral. Mi hermano, yo. Era un sentimiento que podía experimentar desde el exilio de mí. Jamás lo hubiera tenido en el lado de la verdad.

Un segundo, quizá menos. La nariz de Josette seguía pegada a la ventanilla.

No, aún no cojeaba. Iba a cojear. ¿Ella lo sabía? Nunca se lo pregunté. No me atreví. Me faltó el coraje.

Los clientes en la fila comenzaron a impacientarse. Para ellos sí había pasado tiempo.

Josette despegó la nariz del vidrio y repitió: ya están acá. Esa vez no volví a preguntar. Ignoraba por lo demás si Josette había oído mi pregunta. Este malentendido continúa hasta hoy, orgulloso y fútil. No he vuelto a hablar de este episodio, tampoco de tantos otros, sobre todo de aquellos que nos involucran por completo a Josette y a mí. Primero, porque estaba Joseph; después, porque ya no estaba. Eran los límites que nos habíamos forjado a fuerza de silencio, los de la mirada oscura y húmeda, mirada de hiedra, la de mi hermano, mirada fuera de la cual todo se licuaba, deslizándose entre nuestros dedos. Nos costaba mucho mantener esta conducta infantil –la nuestra, la de Josette y yo–; sin embargo, la respetábamos de una manera casi religiosa.

Era muy probable que Josette no hubiera oído mi pregunta. Como fuera, yo, desgraciado, sabía que la había formulado. C’était fait.

La vida puede evitarnos el dolor, la soledad, la tentación del crimen. Sin embargo, no nos evita nunca la estupidez. Omitimos una palabra, hablamos de más: somos estúpidos. No amamos lo suficiente, nos sacrificamos: somos estúpidos. Basta con que ocurra una sola vez. El eslabón perdido de la humanidad es la estupidez. Si no la tenemos en cuenta, corremos el riesgo de no entender nada.

Ya estaban en Francia, lo había escuchado en la radio. ¿Y la línea Maginot no era infranqueable, Josette? Qué ingenuo, era una línea imaginaria, como el Ecuador. Los alemanes acababan de pasar por la frontera belga. Había que irse de París, no se podría vivir con los boches. Ella pasaría a buscarme cuando cerrara la oficina de correos. Nunca la había oído tan severa. No era momento para los sentimientos. Ni hablar de hacer una valija. No había tiempo. Después veríamos cómo recuperar nuestras cosas. Quizá podríamos hacérnoslas enviar por Véronique. ¿La portera? Sí. Había que avisarle que nos íbamos. A ella, y a nadie más. Le pregunté si no correspondía informar a mi jefe. Y Josette, que no, que mejor no abriera la boca, que en estas horas, salvo comunistas y fascistas, todos estaban decidiendo de qué lado ponerse. Para Josette, no había nada más peligroso que la gente que aseguraba no estar metida en política. ¿Como nosotros?, le pregunté. Pero no me respondió. Que no se me ocurriera abrir la boca, insistió. Debíamos aprovechar la falta de reacción de la gente. Pronto las rutas habrían de estar atestadas de autos, carretas, caballos, viandantes, y soldados desafectados. Porque ésta era una guerra sin guerra, la guerra boba. Sin contar con los refugiados de Bélgica, que ya empezaban a acumularse en las estaciones de tren, esperando que se les diera un techo.

Fue toda la información que conseguí de Josette. ¿Adónde iríamos? Lo ignoraba. La vi dar media vuelta y salir, jadeante, hasta que se evaporó en la luz blanca del mediodía.

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