Temblar. Samanta Soraire

Samanta Soraire es argentina, escribe hace tiempo, pero en el 2017 se lo tomó muy en serio y trabajó . Cuento a cuento se fue revelando una narradora sutil y con garra. Una promesa. Samanta forma parte del taller intensivo 2017, uno de los más ricos que tuve la fortuna de coordinar. “Temblar” surgió de un juego de taller. La historia la contó el mayor del grupo, y la tomó para escribirla la más joven. Así son, así se entienden.

 

Temblar 

Me puse las medias azules porque son las únicas que tengo sin estrenar, para ella este tema se volvió tan importante que creo que es mi aporte a este ritual que estamos a punto de ejecutar. Me saco una zapatilla y veo como los dedos del pie derecho se mueven como una momia que vuelve a la vida, Andrea canturrea una canción que canta siempre que está distraída, le va cambiando la letra como mejor le va pareciendo y, si bien siempre la embromo por su atrevimiento de modificar los versos hasta de las canciones más clásicas, al final me terminan pareciendo que sus letras son más hermosas que las originales. No es que ande embobado atrás de ella como los muchachos de la barra de amigos me cargan, mis observaciones son objetivas, ella tiene una manera de hacer las cosas tan de ella, que a veces parecería que anduvo meditando la forma más complicada de encarar cualquier cuestión, cuando todo puede ser tan sencillo y llega ella, que es tormenta y huracán y te deja patas para arriba. 

“Vamos a encarar el amor libre, qué te parece?”, fue su respuesta la primera vez que le toqué una teta. Me dejó pálido, me quebró el clima, me quedé mirándola , tan gorrioncita, con ese cuerpo de bailarina clásica y esa boca que te hace pasar malos momentos, aunque también los mejores, nobleza obliga. Sus ojos abiertos hasta la exageración me exigían una respuesta. Me escondí un rato en el baño, ella, preguntándome si todo estaba bien y yo : que sí, que claro, aunque estaba asustado. Bah, asustado no, me dejaba duro, como en la parte alta de la montaña rusa, pero también como en la parte que baja. Yo conozco otras pibas más grandes que nosotros, de hasta 19. Y todos sabemos cuando una es avivada, pero Andrea no, ella le pone la tapa a todas, porque no es así para impresionar, sino porque así se relaciona con el mundo, así vive, así siente. Salí del baño y ella lloraba, había querido desajustar unas lamparitas para que quedaramos a media luz y se cayó de la silla, se machucó una rodilla en la alfombra. La levanté de un brazo, sus graves ojos negros goteaban , la abracé fuerte y le dije “no llores, yo te voy a cuidar, te voy a curar esa rodilla lastimada y vamos a encarar el amor libre, si vos querés”. Me abrazó por la cintura y desde entonces empezó a organizar los asuntos con una alegría enorme y su risa de pibita.  

Acomodo mis zapatos junto con mi pantalón, en una banquetita apoyapié que hay acá, en el living de su casa, que por este finde será nuestra guarida, mientras los viejos de Andrea descansan en la casa del Tigre que tienen para ir de vez en cuando. “Caprichos de oligarcas” dice Andrea muerta de risa, pero más se ríe porque ese capricho del que ella se avergüenza nos va a permitir estar juntos sin apuros, sin (tantas) mentiras, sin mirar el reloj. Las medias azules están acomodadas arriba de la camisa que usualmente uso los sábados y empiezo a buscar con la mirada dónde pude haber dejado el morral con mis cosas cuando llegué, Andrea me recibió con esos besos que me da y me hace perder los papeles, la línea, la compostura y ahora también el morral. Y ahí viene ella, con un armatoste en la mano, parece salido de una película de Hollywood de los años cincuenta, un perfumero rojo con aspersor, esparce una fragancia que no huele a Andrea, sino más bien a mamá de Andrea, o quizás a una tía. Me guiña un ojo y yo le devuelvo el guiño, soy el compañero que eligió para esta aventura y hace rato me entregué a ella tan de cuerpo entero que ya no hago preguntas.  

Dr M. Castillo, decía el cartelito de la puerta del consultorio, en la sala de espera nos rodeaban mujeres que, al igual que Andrea, estaban en polleras. No me sacaban los ojos de encima, yo creo que si hubieran podido me hubieran apedreado. No creo que el principal inconveniente para ellas fuera mi edad, mis dieciséis años sino que fuera el único machito que esperaba su turno para ver al ginecólogo. Andrea me hablaba de unas vacaciones en Uruguay donde se había abierto el mentón en un accidente, así que dudo que haya registrado la hostilidad que nos rodeaba. El doctor resultó muy joven y muy petiso, nos explicó que en vista de la falta de experiencia de Andrea en cuestiones amatorias no iba a revisarla, así que Andrea sintió alivio, porque algo de vergüenza le daba y no le importó ponerse la pollera innecesariamente. Por suerte el médico no me preguntó si compartía la inexperiencia en esas cuestiones, porque salvo mi primo Pascual y mi amigo Alberto, nadie sabe de Gilda, de su pelo cobre ardiente, de sus pies angostos y lo feliz que puede hacer a un hombre en un lecho, a cambio de unos buenos pesos. El tal Castillo resultó un gran maestro, nos ilustró sobre hímenes permeables, cuestiones anticonceptivas y dolores de placer, yo anoté todo en el cuaderno que compré para ese fin, hasta copié los dibujos que Castillito nos hizo para intentar despejarnos las dudas. “Sólo nos quedan un par de detalles” dijo Andrea cuando salimos, ella había tomado unas notas breves también, en unas servilletas de papel que llevaba en la cartera, “cómo usted diga, mademoiselle”, le dije mientras le hacía una reverencia hasta el piso, ella me respondió con un zarandeo folclórico de su pollera gitana y salimos corriendo, agarrados de la mano. 

El morral está debajo del sillón, llevo veinte minutos buscándolo, mientras Andrea me espera. Hoy está particularmente linda, dijo que se puso una crema especial en el pelo y su cabellera se llenó de unos rulitos que no le vi nunca, porque siempre lleva el pelo atado. Mientras merendábamos pensé qué suerte tengo de provocar su sonrisa de ratoncita, y que esos ojos, que voy a recordar tal vez la vida entera, me miren a mí con ese amor y entusiasmo. Aceptaría cualquier condición que ella ideara con tal de poder seguir escuchando esa risita que canta. Andrea de mi amor. Con esas perlitas en sus orejas, con ese rubor que se esparció en la cara. Esos casi dieciséis que viven en cada poro. Mi compañera, mi socia. Extendió un toallón debajo del piano de cola que domina la sala de su casa, le pareció un lugar seguro, discreto y romántico donde practicar el amor por primera vez. Hacia ella voy con el cuaderno-guía, que saqué del morral, abajo del brazo. Se calló el viento afuera, los autos ya no pasan por la calle, el mundo se resume a nuestros cuerpos, que no paran de temblar. 

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