Roberto Escardó – La balada del muñeco de nieve

Roberto Escardó  es periodista y escritor. Veterano de mis talleres, formó parte del grupo “histórico”, en los ochenta, cuando era casi un niño. Retomó el taller en el 2006, cuando  regresé a la Argentina. “La balada del muñeco de nieve”  fue premiado en el Concurso Nacional Villa La Angostura-Chateaubriand.

La balada del muñeco de nieve

La madrugada del 21 de julio de 1981, la dueña de casa se despertó sobresaltada por el teléfono. Del otro lado de la línea, apenas a unas cuadras de distancia, la señora Deauville alternaba llantos y breves raptos de euforia: lo único que llegó a entenderle fue que solicitaba una asamblea urgente para esa misma mañana, y que un muñeco de nieve había aparecido sobre el raquítico manto blanco de su jardín.
……Desde las siete, siendo todavía noche cerrada, el gimnasio municipal fue albergando a todas las mujeres de aquella villa de montaña, que un día se había quedado sin hombres. Desde el año anterior, jóvenes y adultos emigraban al inicio del invierno hacia otros valles, rendidos ante la evidencia de que el calentamiento global ya nunca permitiría que su pequeño y legendario centro de ski fuese el motor de su economía.
……Cuando todas las sillas estuvieron ocupadas, la señora Jüergen, aclamada por unanimidad como alcaldesa, jefa de policía y líder espiritual, pidió silencio y señaló sin mirar a la protagonista de los hechos por conocer.
……La señora Deauville era la abogada del pueblo, y todas sentían por ella respeto y admiración. Empezó contando que la noche anterior había seguido su rutina previa a acostarse: cerró puertas y ventanas, tomó un baño caliente con sus canciones tirolesas de fondo y una copa de chianti; luego alimentó a la gata, cubrió el hogar con el chispero y se acostó a leer hasta que la venció el sueño. A una hora que no pudo precisar, intuía después de medianoche, sintió un súbito calor en su entrepierna. En estado de duermevela pensó que tenía demasiadas mantas y se destapó un poco, pero ni así logró aligerar el calor interno. Luego, dijo que creyó haber soñado que su marido había vuelto, y que sin siquiera despertarla le hizo el amor como en las mejores épocas, al punto que sintió el orgasmo en sus pies y en su estómago como si estuviera totalmente despierta. Cuando  despertó, jadeante y levemente transpirada, tuvo la absoluta certeza de que esa misma noche y en esa misma cama había tenido sexo, no un sueño de sexo, sino que había sido besada, mimada y penetrada, no sabía cómo ni con quién, pero había sido tan real como cada una de las presentes esa mañana helada y con bruma.
……El estado de estupefacción en que dejó a las mujeres del pueblo fue dando paso a un murmullo que empezó a crecer como una avalancha que viene desde lejos y termina cubriéndolo todo. Todas querían preguntarle cómo sabía que no fue un sueño, que cuánto hacía que no veía a su marido, que cuánto había bebido la noche anterior.
……La señora Jüergen, que ya había escuchado la historia un par de veces pero sin hilación durante esa eterna madrugada, volvió a pedir silencio; el relato aún no había terminado. Efectivamente, todavía quedaban detalles por revelar.
……Tras saberse despierta, condición que la abogada confirmó pasando su mano por encima de las brasas aún vivas del hogar, se dio cuenta de que su camisón estaba rasgado de una forma que ella jamás hubiese podido lograr, ni siquiera estando sonámbula: era como si alguien lo hubiera abierto de un tirón seco, justo sobre la costura donde la prenda prestaba menos resistencia. Notó además que el piso estaba mojado: había un camino que salía de su cama y se perdía en la puerta que daba a la cocina. Por primera vez temerosa de que quien había tenido sexo con ella todavía se hallara en la casa, agarró el atizador de leños y se paró junto al marco de la puerta de la cocina; escuchó a la gata en sus piedritas, maullando apenas, y abrió un resquicio para poder espiar. Nada. Sin embargo, la cerámica del piso también estaba mojada, y el rastro se perdía en la puerta que daba al jardín. Se pegó a la puerta de vidrio e hizo anteojeras con sus manos para tratar de ver hacia afuera. Su intriga pudo más que el frío y con su camisón desgarrado hasta la cintura abrió la puerta, bajó los dos peldaños hasta la grava que rodeaba el perímetro de la casa y caminó unos metros hasta que se detuvo, atónita: frente a ella se levantaba un muñeco de nieve, el más extraño que había visto en su vida, no sólo porque no entendía quién y cómo lo había hecho, en tiempo récord y con tan poca nieve en el jardín, pero también por su confección. Porque si bien la cara era la típica, redonda y con ojos, nariz y boca diseñados sin precisión, casi como por un niño, el cuerpo del muñeco era la réplica de un cuerpo humano: no tenía un tronco tipo barril como sino un torso muy masculino, que daba la impresión de ser joven, viril; los brazos apoyados en jarra sobre la cintura eran musculosos y firmes; y en vez de un cono macizo hasta el piso el muñeco presentaba dos piernas unidas por la nieve pero bien definidas, atléticas. Por un instante, la señora Deauville entró en pánico porque intuyó que la persona que había estado en su casa -y en su cama- se escondía bajo el disfraz de nieve; estiró su mano, tiritando de frío y miedo; hundió primero su dedo índice en el muñeco, a la altura del estómago; luego metió su mano hasta la muñeca, y si bien comenzó a sentir síntomas de congelamiento se sintió aliviada al comprobar sólo era un muñeco de nieve.
……A esa altura, en el salón había vuelto a reinar un silencio que apenas era interrumpido por algún sonido de asombro. Por primera vez desde que había comenzado a hablar, la señora Deauville dio muestras de cansancio. Pero no quería dejar de mencionar todavía un par de cosas más, y era conciente de que, si era aquello posible, serían aún más conflictivas que todo lo que había dicho hasta entonces. Por un lado, y aunque pareciese un dato anecdótico y hasta antojadizo, a ella se le hacía un detalle clave por la intensidad con que lo vivía: desde que se despertó en aquél estado de total excitación e incluso hasta ese momento, no había podido dejar de tararear hacia sus adentros una melodía que nunca había escuchado en su vida, una especie de balada que no podía describir como alegre pero sí pegadiza, y que se acrecentó cuando descubrió al muñeco de nieve de su jardín.
……Por último, y enfatizó último, aseguró que no haría la denuncia de lo que pasó esa noche como si se tratara de un hecho policial… porque no lo fue. Y si bien su primera reacción fue la de haber sufrido una violación, sentía  que no fue eso, no sólo porque nunca sentió violencia, sino porque no había a quién pudiera acusar de haberlo hecho.
– Pero Josefina, Josefina, acá, al costado, acá: no entiendo, ¿estuviste con alguien o no?
– Y no sé, sí, sí, un poco.
– ¡¿Cómo un poco?!
– Sí, alguien estuvo conmigo, sí.
– Pero y ¿quién fue?
– ¡No lo sé! Por eso estamos acá
– Pero Josefina, Josefina, por favor…. ¿Sentiste miedo o placer?
– Y un poco. Un poco de todo…
……Ya no hubo espacio ni lugar para nada más. El murmullo se convirtió en griterío, varias mujeres tratando de interpelar a viva voz a la señora Deauville y comentando entre ellas, algunas incrédulas, otras temerosas: muchas sin saber qué pensar. La señora Jürgen dijo que se volverían a juntar en una semana para evaluar cómo seguía la situación, y que hasta entonces, recomendaba que todas se guardaran en sus casas antes de que cayera el último rayo de sol, y que se incrementara la comunicación entre las vecinas.
……Tres noches después, el domingo 24 de julio, la señora Olsen había vuelto de misa y estacionó su camioneta en el granero. Caminó los pocos metros que lo separaban del porche, entró y se sacó la gabardina, pero a pesar de que todos sus movimientos eran casi mecánicos, no pasó el seguro de la puerta principal como de costumbre, guiada por una intuición fulminante. Decidió prepararse una buena cena, y casi sin pensarlo cocinó un guiso demasiado abundante para ella sola. Cuando terminó, se sirvió una copa de licor, se acostó en su cama y enseguida se quedó dormida, todavía vestida. Se despertó sin despertador, con los primeros rayos de sol entrando oblicuamente a través de las pesadas cortinas, y radiante como pocas veces en su vida. No se inquietó cuando se dio cuenta de que estaba completamente desnuda, y que a la camisola que estaba a su lado le faltaban todos los botones, ni cuando se percató que la sábanas de seda tenían la marca de sus orgasmos nocturnos y que no había rastro del guiso que había sobrado la noche anterior; tampoco la sobresaltaron las huellas mojadas que iban hasta la puerta principal, ni el muñeco de nieve, calcado al del relato de la señora Deauville, que apareció plantado frente a su porche ese lunes glorioso de julio.
……Tal vez cuestión de temperamento, su reacción fue distinta y en vez de convocar a una asamblea urgente llamó por teléfono a sus dos mejores amigas para contarles lo que había ocurrido, y hasta les canturreó la extraña balada que no se podía despegar de la cabeza desde el momento mismo en que despertó.
……La que recogió el guante fue la señora Young, la más jovencita del pueblo, la que más recientemente se había casado y, quizás por eso, una de las que más acusaba la falta del marido. Decidida a ir hasta el final, aún con el temor a lo desconocido acompañando sus actos, volvió temprano a su casa y preparó su especialidad: fondue de queso, con la precaución de haber hecho como para un regimiento. Luego tomó un baño de sales, se perfumó y se puso la lingerie que tenía reservada para el día que regresara su esposo; con música de fondo, sirvió dos copas de lemoncello y se sentó en el sillón que había sido escenario de repetidos encuentros amorosos. Podía sentir la ansiedad y la excitación en su vientre, y fantaseó despierta durante horas con su noche de lujuria. Pero nada de eso pasó. En el filo de la madrugada, agotada por la espera, la señora Young cabeceó y cayó en un sueño breve y liviano; se despertó sobresaltada, y se dio cuenta de que le faltaban las ligas, que habían quedado prolijamente dispuestas en la mesa ratona que enfrentaba al sillón. Pero sólo eso. Y nada más que eso. Entonces lo comprendió todo y se dio cuenta de que, al menos esa, no sería su noche.
……A media mañana llamó a la señora Olsen y a su otra amiga en común, la señora Quarck, y les contó lo que había pasado. La señora Quarck les hizo saber que entendió perfectamente el mensaje. Esa misma tarde preparó un generoso pastel de carne y se puso un vestido floreado que solía usar en las reuniones de verano al aire libre. Antes de las once, tomó una píldora para dormir, y se acostó en su cama después de haber dejado sobre la mesa de luz el gel íntimo que solía usar con su pareja. Su despertar fue muy satisfactorio; el vestido abierto, el envase vacío, el piso mojado, su sexo todavía tibio, y el muñeco de nieve frente a su ventana, imponente, espléndido, vigoroso. Sin embargo, a duras penas podía tararear la balada, la tenía como en el fondo de la mente, y se le aparecía al mismo tiempo familiar pero lejana. Se sentía como después de haber hecho el amor con una borrachera, sin duda producto de la pastilla para dormir.
……Antes de que se cumpliera entonces una semana completa desde la primera asamblea, la segunda convocatoria tuvo un detallado orden del día: ante todo  confeccionar un mapa del pueblo que permitiera que todas tuvieran “su” noche antes de que finalizara el invierno y no quedara nada de nieve en los jardines; luego, circular un libro de deliciosas recetas de cocina, con las cantidades a preparar; tercero pero no por eso menos importante, la fórmula de un somnífero casero hecho a base de hierbas de la zona, que inducía al sueño de una forma totalmente natural.
……La que siguió fue una de las épocas más felices que ellas recuerden en la Villa. La señora Jürgen supervisaba que todo siguiera su orden establecido. Cada atardecer, la dueña de casa designada prendía un velador con luz amarilla en la ventana, y además dejaba una ventana de la cocina abierta para que el aroma de la cena se filtrara hacia afuera. Por las mañanas, un grupo de vecinas se juntaba en el jardín de la agraciada para decorar con sombreros, bigotes postizos o reloj de cadena -de manera divertida pero siempre respetuosa- al itinerante muñeco de nieve.
……Un par de meses después, con el final del invierno, el pueblo recibió a los hombres que volvían de sus trabajos de temporada en otras comarcas cercanas. Antes del siguiente invierno, se produjo uno de los acontecimientos más extraordinarios de los que se tenga memoria: casi la mitad de las mujeres del pueblo dieron a luz, y todos sus bebes, si bien fueron sanos, nacieron sietemesinos.
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……No es sin embargo lo más curioso de estos sucesos. Muchos de los chicos de aquella generación hoy son adultos jóvenes. Convencidos de que para seguir viviendo en el pueblo debían reconvertir las profesiones de sus padres, hace unos años formaron una banda musical que a esta altura es algo así como la marca registrada del condado. Su obra cumbre se llama La Balada del Muñeco de Nieve, nombre que puede llamar la atención teniendo en cuenta que estos chicos jamás conocieron la nieve, ya que desde su nacimiento no se registran nevadas en la zona. Sin embargo, no es más raro que otros títulos de canciones que hacen referencia a antiguas costumbres o mitos que existen en muchas regiones.  Con todo, si hay algo verdaderamente llamativo no es la pasión y la entrega con que este grupo de jóvenes ejecuta la obra, sino esa radiante, persistente y para muchos incomprensible felicidad que emana de sus madres, cada vez que la escuchan cantar.

Una respuesta a «Roberto Escardó – La balada del muñeco de nieve»

  1. ¡Hola, Roberto! Primero: ¡¡¡felicitaciones por el premio!!! Me gustó mucho tu cuento, ese mundo tan mágico, los personajes tan entrañables, los sueños hechos realidad y la historia tan original y divertida. Engancha de principio a fin.
    Espero poder seguir leyéndote. Besos.

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