El pibe de la esquina rosada

Por 24 octubre, 2015Sin categoría

Trabajamos las técnicas de la oralidad a partir del análisis de «El hombre de la esquina rosada» de Jorge Luis Borges. No es sencillo manejar la oralidad, es de un difícil equilibrio que parezca hablado sin olvidarse de que está escrito. Surgieron muy interesantes cuentos. Compartimos “El pibe de la esquina rosada” de Claudia Chamudis que nos dio ganas de hacernos raperos.

El pibe de la esquina rosada.

Lo de ayer fue… cómo decirte, un flash. Vos viste que a veces yo boludeo con eso del rap, acá, mientras escucho la radio en casa, o cuando ando yirando por el barrio. Pero nunca me había animado en la esquina. No sé qué se me dio, estaba tan al pedo que me fui ahí a la vereda del kiosco del Cuqui y estaban todos: Flequillo, el Rolo, el turquito, Sofi, la Gringa, y ella. Daiana estaba apoyada contra la pared del tapial rosado, ese que da al pasaje, como quien no quiere la cosa.  Viste que ella tiene como un aire de hacerse la qué, con esa mini de jean que a mí me puede y una remerita rayada. La juné de lejos, con las manos atrás de la cintura y una rodilla doblada, el pie apoyado en el tapial que si espiabas bien creo que se le veían los calzones. Creo, porque yo me hice el boludo, como que no la vi, y me arrimé del otro lado a la ronda.

Flequillo andaba acaparando la atención, como siempre. Lo que pasa es que él se bajó unas bases en el celular y con eso es mucho más fácil rapear, como que el ritmo te lleva solo. No te digo que no tenga su mérito el pibe, pero viste, él hace la de siempre: que mamita, mojá tu bombachita, te gusta mi manita… si yo te hablo en chiquito seguro que me sale la rima. Igual, el pibe se la banca, yo lo miraba cómo hablaba como con el cuerpo: las rodillas apenas flexionadas, el brazo que va como cavando para abajo, las iba mirando a las pibas como si le dedicara a cada una la canción. Y las minitas, re boludas, que lo aplauden, le hacen fiesta como perrito faldero. Todas, menos Dai. Ella ni se mosqueaba. Andaba meta mirar su celu, capaz que andaba en algo con algún chabón que no es del barrio, porque viste que ella va a la técnica del centro. Yo a veces me despierto temprano y me asomo a la puerta justo para verla pasar, cargando el tablero ese tan pesado que me dan ganas de decirle te ayudo, linda, te acompaño al colectivo, o alguna pelotudez por el estilo pero no le digo nada y a veces ni me animo a saludarla.

Cuando Flequillo terminó lo suyo, miró desafiante a la ronda que se había armado como diciendo a ver si alguien se anima. Y yo ahí nomás di un paso al frente. No me preguntes por qué, de dónde carajo me salió la valentía para poner la trucha delante de todos, pero me paré clavando las llantas en el vacío que se había armado y arranqué con lo mío. Empecé con lo que había andado practicando esta semana, sobre la yuta y los pibes, que nos miran mal por portación de jeta, un clásico del barrio. Algunos empezaron a parar la oreja, así que me cebé y seguí nomás.

Ya llevaba como cinco minutos cuando de refilón la veo a mi vieja, que venía embalada para la esquina. Es que si mi vieja no me encuentra cuando vuelve del laburo, enseguida se hace la cabeza de que ando en el fumo o algo peor. Yo ya me la veía venir, que su intención era llevarme de chancletazos en el orto para casa, pero cuando se fue acercando y se dio cuenta de que yo era el centro de atención paró en seco y se quedó escuchando en segunda fila. Así que ahí nomás armé una rima sobre la vieja, todo el día yugando para parar la olla, mantenernos sola como una mujer coya, aguantando dolores, enseñando valores y no sé qué más. La vieja se quedó muda, como de piedra, pero yo vi cómo se sonreía hinchada como un sapo y enfiló derechito de vuelta para casa. Primer round: gano yo.

Además, con eso maté dos pájaros de un tiro, porque se ve que a Dai le pegó bien lo del homenaje a las madres. Se arrimó un poco más y paró la oreja, las manos en la cintura como diciendo a ver pendejo qué más tenés. Y fue mirarla y se me abrió el chorro de la inspiración: estuve rapeando como diez minutos más, hecho una fiera. Te juro que ni yo sé de dónde me venían las letras: es como si hubieran estado ahí, flotando en el aire, y yo las cazaba y las largaba con ritmo. Cuando me agoté me quedé parado con los brazos cruzados y medio así como de costado, como vi que hacen los pibes en Youtube. Y te juro, loco, nunca escuché en la esquina una ovación como la que me dedicaron. Me sentí el Messi del rap, el campeón del barrio, qué digo del barrio, de la city y alrededores. Hasta Flequillo se me arrimó y me palmeó la espalda: Bien hecho, guacho, me dijo, como apadrinándome.

Ahí a mí me parece, no es para creérmela, pero me dio la sensación de que nadie más se animó después de lo mío, porque posta que fue groso. Se entraron a desparramar todos y yo me quedé ahí parado, como estatua, porque quería disfrutar mi momento. La última en irse fue Daiana, y antes de pegar la vuelta se me arrimó y me dijo algo que no escuché bien de los nervios que tenía, pero seguro que algo lindo porque la muy guacha me plantó un beso de esos que van al cachete pero que de refilón te enganchan un poquito la jeta. Yo estaba que no entraba en el pantalón, no sabés lo que es sentirla tan cerquita, con ese olor a shampoo de manzana y la piel suave, suave.

Y encima volví a casa y la vieja me estaba esperando con una parva de milanesas. Me abrazó fuerte y me sacudió los pelos con la mano, como hacía cuando era pibe. Te juro, loco, que si me prometen que así es el cielo desde hoy empiezo a hacer buena letra.

Claudia Chamudis – Septiembre de2015

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