Mónica Soave – Volver

Mónica Soave es socióloga y escritora. Participó mucho tiempo de mis talleres. Escribio Por Amanda y los demás, El botón de nácar y 180 Sur. El viernes 22 de julio tuve el gusto de presentar su interesante  libro 180 Sur en la Dante. Hoy comparto el cuento «Volver».

Volver

………………………………………………………………………….  ………..No está en el tiempo sucesivo

…………………………………………………   …………..sino en los reinos espectrales de la  memoria.

……………………………………………………………………………………………………………Jorge L.Borges

No me pregunte más en qué momento empecé a odiarla, a que su chatura y su falta de aspiraciones me dieran asco, supongo que por la época en que lo conoció y se fue olvidando de a poco de la música, cuando terminó el secundario y se empleó en esa triste oficina y no quiso seguir estudiando más. Fue por él, yo creo que él influyó en ella hasta el punto de dejarla sin alas. No. No sé si fue desde entonces en que el amor por ella se me fue escapando. Yo no quería darme cuneta, era horrible, pero ahí estaba, me asaltaban esas ganas de cachetearla cuando la veía entrar a casa sonriente y sin la menor conciencia, comprando toda esa sarta de pavadas cuando decidieron casarse. Insistí en su inteligencia, en sus aptitudes, pero usted debe comprender que no podía oponerme aunque suponía ya el fin para ella, criada como estaba, entre algodones, con todo lo mejor que pudimos darle porque, gracias a Dios nunca le hicimos faltar nada, por eso tengo la conciencia tranquila. Qué más podía decirle a ella para que abandonara esa estúpida idea de casarse con él – un nadie – le decía, es absolutamente un nadie. Pero ella me contestaba entre lágrimas que jamás lo dejaría, que lo amaba ¡por favor!, ahí empecé a pensar que realmente habían nacido el uno para el otro, haciéndose arrumacos siempre y tratándose con esa dulzura que no podía soportar. Y bueno, quizás las cosas fueron mejor así porque por fin se iba a ir de casa, no iba a tener que oírla más caminando descalza a la noche por los pasillos, como sonámbula, ni iba a tener que aguantar que dejara siempre el dentífrico abierto sobre el lavatorio, ni la ropa amontonada en una silla. Sentí que me arrancaban de cuajo una honda molestia, un tumor maligno ese día del casamiento cuando se fue y corría al baño a lavarme de la cara sus lágrimas pegoteadas al despedirse, al besarme. Y más tarde, cuando al poco tiempo les salió lo del traslado, lo del trabajo de él en el interior, porque dentro de todo fue una suerte que él, con sus escasísimas luces, hubiera podido llegar a conseguir ese puesto allá. Toda su alegría y sus esperanzas me golpearon muy adentro y – cómo me cuesta aún admitirlo – no me dejaron disfrutar plenamente de la distancia que se presentaba entre ella y yo, como una puerta abierta o, más bien, si es que así está más claro, como una puerta cerrada definitivamente.  Ella a dos mil kilómetros de distancia, entre montañas y viento y nieve y toda esa búsqueda que decía estar haciendo. Búsqueda de qué, Dios mío, si ni siquiera sabía encontrar lo cotidiano, y eso porque no estaba acostumbrada y nunca hizo nada por aprender a cuidar de una casa. Y me siguieron golpeando también todas esas cartas aburridas en letra pequeña y despareja que escribía felicidades que no podía yo entender.

Querida mamá:

Hace bastante que no recibo noticias tuyas, así que hoy sábado, siendo las once y veinte de la noche, me siento a escribirte y a tenerte más cerca. Tomás está muy bien conmigo, no sé, parece que acá estamos más unidos, más juntos. Cuando llega de trabajar nos vamos a caminar casi siempre y a compartir toda esta belleza. A veces me pregunto cómo pude vivir en un lugar que no fuera este.

Esas pequeñas felicidades mediocres que intentaba hacerme creer con el famoso contacto con la naturaleza y la llegada de los hijos. Conejos parecían, fíjese usted, y criados a la buena de Dios, imagínese, en esos lugares tan solitarios donde para curar una angina había que ir a buscar el médico a la otra provincia.

…Te conté que María hace chau y que linda manito; ahora aplaude, hace tortitas, tira besos. Está muy consentida pero también es bastante independiente para ser la menor, con esta banda de salvajes. No veo el momento de que puedas llegar a conocerla. Los otros bien. Claudio se resfrió de nuevo pero juega y come bien, no sé, pienso a veces que nosotros nos hacemos tanto problema y acá los chicos andan todos moqueando. Los demás te extrañan también mucho, lo mismo que yo.

Para ese entonces ya se había olvidado por completo de la música. Yo, que tanto la había alentado en su infancia, llevándola de un conservatorio a otro, a cual mejor, comprándole el piano – que a Dios gracias no nos había costado ningún escándalo – ella, que disfrutaba de las melodías hasta sentirla transportarse, ella ahora convertida en una fregona amamantadora de hijos y más hijos y los años que se le iban gastando. Esas cosas sí que no podía soportarlas y la aborrecía más cada semana que me traía sus cartas, creyendo todavía que a mí me hacían falta, culpándose por mi soledad y por esa dicha que le explotaba como un torrente.

…fuimos el fin de semana a hacer el circuito de los lagos en lancha, nunca voy a cansarme de hacer ese paseo, admirar todo ese paisaje no tiene nada que ver con lo que yo había conocido, es todo verde, flores por todos lados, cabañas de madera donde nos quedaríamos a vivir para siempre. Lo único que me apena es que no puedas estar acá con nosotros, te sentía allá, lejos de mi casa, doblemente lejos a vos en distancia pero también cerca, muy cerca en el recuerdo…

A pesar de toda esa distancia que nos aislaba sabía que era como una sombra; ese tumor que yo había creído desprenderme seguía creciendo aún y me amarraba a su vida dejándome sin aire. Si yo hubiera podido en ese momento detener sus cartas, que no llegaran más, romperlas, no leerlas, hacer con ellas un fogata gigantesca donde todo acabara, donde todo muriera, por fin, que se muriera.

No sé cómo empezar a escribirte, esperé hasta hoy que estoy mucho mejor. La cosa es que en la empresa a Tomás le pidieron la renuncia, así de fácil. Como yo te había comentado, la situación en ese sentido no estaba muy bien desde hace bastante tiempo, se vivía una inestabilidad total pero siempre creímos que a nosotros no nos pasaría nada… sé que lo que me sostiene es que estás vos, te necesito tanto, seguís siendo como esa pared enorme y fuerte que va a sostenerme para seguir adelante… sé que no tengo que pedírtelo pero, hasta que Tomás consiga algo más o menos estable viviríamos en tu casa, él está totalmente seguro de que esto será para mejor y que trabajo va a conseguir, por favor te pido, no me quites esa ilusión, no te pongas mal, después de todo, vamos a poder estar de nuevo juntas…

Qué poca cosa somos – pensé – qué vida absurda. Tantos años intuyéndola cerca pero por suerte lejos y ahora de nuevo aquí, con ese idiota y la cría. Usted no podrá comprender tanta crueldad de mi parte. Lo asumo. Pero si estoy acá no es justamente para contar mentiras sino para desnudarme al fin, para que me ayude a desprenderme de todos esos pensamientos malignos que una madre no puede tener. Siento que usted únicamente me mira y también todo ese silencio que se me cae encima, como una gran culpa, como un muro; pero no voy a contarle esas burdas imitaciones de amor que yo desplegaba para los demás, las fotos de ella y los chicos sobre el escritorio, el manojo de cartas atadas con cinta azul, la falsa alegría de las vacaciones cuando todos llegaban trayendo ese color de sol y montañas y lago y cascadas. Todo una farsa.

Por suerte se dio cuenta a tiempo. Recibí la noticia de su muerte con una calma que no pude disimular, al fin el lazo de cortaba. No había sido capaz de arriesgarse al fracaso, volver vencida, comenzar de nuevo. Ya me había demostrado muchas veces que no tenía fuerza. Me contaron que se vació dos frascos mientras escuchaba la Sarabanda en su cuarto que miraba a la quietud del lago; tampoco a ella le importaron demasiado sus hijos ni el hombre que tenía al lado. Nada le importó más que escapar.

No me preocupé al principio por cómo iba a cuidar él de los chicos ni de qué forma se iban a arreglar para subsistir: desaparecida ella ya nada me ataba a nada que le hubiera pertenecido. Siguieron la desesperación de él y esos gritos, como de ahogado; le quería hacer entender que, por una vez en la vida, ella había sido dueña de su propio destino, pero no había caso: parecía querer seguir dándose de cabeza contra las paredes, negando una verdad que estaba ahí tan fresca y tan tangible. Sólo cumplí por educación esos ritos absurdos de velatorio y cementerio. A cajón cerrado, ya no estaba. Caminaba por la calle pensando: No está. Ya no está. Mejor así. Al fin y al cabo, ella lo había querido, nadie la forzó, yo, menos que nadie. Tal vez habrá sido por mi indiferencia y su miedo que él se fue. No volvía a verlo.

Ahora son cinco los que caminan descalzos por los pasillos y dejan el dentífrico abierto sobre el lavatorio y la ropa amontonada en una silla. Me dan ganas de cachetearlos cada medio día cuando entran sonrientes del colegio, desparramando los guardapolvos y las mochilas y los libros en mi casa que estaba ya tan tranquila, tan sin ruidos ni música ni laberintos. Me había quedado sola al fin, libre del odio, y ahora tengo que cuidarlos y educarlos y darles de comer. Como ella, no tienen la menor conciencia de lo que pasa, doctor, y cada semana esconden las cartas que llegan para hacerme creer que estoy loca, pero ellos no saben que al fin siempre las encuentro debajo del jarrón, junto a las fotos, esa letra pequeña y despareja contándome sus cotidianas felicidades de lago, sur y cascaditas.

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