Los Feos

Los comentarios de Claudia son un aporte fundamental al grupo, y sus cuentos (que manda  sus compañeros por mail antes de la clase) , un placer. Hoy compartimos «Los feos» que responde a la consigna de narrador interno, que tuvo, entre otros méritos el de hacernos reír. 

Los feos

En mi familia somos todos feos. Y no hablo de una fealdad exótica, de esa que lucen las modelos de alta pasarela con una nariz prominente o cejas demasiado gruesas para los estándares occidentales modernos. La nuestra es una fealdad sin excusas, sin atenuantes: narices no aguileñas sino anchas, con fosas nasales enormes y casi perpendiculares al piso, cachetes que cuelgan, ojos demasiado separados o tan juntos que hacen pensar en una estrechez de pensamiento. Orejas que desafían la aerodinámica, panzas abultadas, ojos hundidos.  Hombros minúsculos en relación a caderas demasiado anchas para los hombres de la estirpe. La fealdad nos llega por igual a los dos géneros,  y desde la más tierna infancia. En mi familia todos lo sabemos y lo aceptamos ya desde que nace un nuevo integrante, y no nos engañamos con falsos “¡Qué lindo bebé!” o hipocresías de comentarios en Facebook debajo de la foto de la quinceañera. En un punto hasta estamos orgullosos de esta falta de gracia, que nos empuja a perseguir otros atributos: hay una muy buena tradición en el comercio, que hace que la mayoría de la familia tenga un buen pasar económico gracias a la compraventa de autos, los negocios inmobiliarios y en algunos casos la venta mayorista de bijouterie. Las mujeres, además de cocinar muy bien, se las arreglan para vender ollas Essen, Tupperware o lencería. Se alejan en general de las líneas de cosmética, porque sabemos que no hay crema ni maquillaje que pueda disimular los rasgos desproporcionados o que disimule verrugas en la cara.

Cuando la familia se junta, en general, comemos y bebemos en abundancia, sin preocuparnos por perder una línea que nunca tuvimos: asados con achura, vino tinto con soda, dos o tres variedades de tortas regadas con sidra o champán, según la ocasión. Nadie cuida las apariencias, porque en las sobremesas los eructos o las excursiones de escarbadientes entre las muelas van bien con las camisas desabrochadas, los pies hinchados que se niegan a entrar nuevamente en las zapatillas o las calzas de las damas que bajan para que el vientre se despliegue libre y lleno de flatulencias.

No somos una familia endogámica, pero cada pariente político que se incorpora debe cumplir con algún requisito, como un bocio incipiente, vellos faciales tupidos en el caso de las mujeres… algo que les dé la posibilidad  de la pertenencia. Por eso desentonó tanto desde el principio el candidato que trajo mi prima Elsa aquella primera navidad. Esteban era un muchacho delgado y esbelto, de cabello castaño claro apenas ondulado con un  mechón que le caía indolente sobre su frente justa, ni demasiado ancha ni demasiado estrecha, hasta llegar a unas cejas bien delineadas. Su nariz le daba el perfil perfecto para un hombre: sin ninguna protuberancia, con las fosas apuntando discretamente al suelo. Su mandíbula recta terminaba en un mentón bello, con un pocito a lo Kirk Douglas, irresistible marca de masculinidad. A su lado Elsa, con su metro cincuenta y cinco y sus más de setenta kilos, parecía un gnomo demasiado alto. Su cabello hirsuto le daba un poco más de estatura, pero igual no le llegaba ni a los hombros. Aparecieron tomados de la mano: los dedos delgados pero firmes de Esteban apretaban con cierto nerviosismo los regordetes dedos de mi prima

Después de las presentaciones formales, Esteban se acomodó casi al final de una larga hilera de sillas plásticas. En casa de mis parientes todo el gasto va para lo que se consume: nada de muebles ni vajilla fina, con tal que aguante los culos redondos  y pesados, cualquier asiento es bienvenido a la mesa. Al tío Rubén siempre le ponemos doble silla, desde ese año nuevo en el que se despatarró, para gran júbilo de los niños de la casa. A Roberta le reservamos una silla de madera sin apoyabrazos porque sus caderas no caben en las medidas ergonómicas normales. Aunque la obesidad no es una constante. Está Ramiro, mi primo menor, que ha puesto todo su empeño en crecer para arriba: ni un músculo le distrae el camino hacia el techo, pero parece que allá arriba se arrepiente de haber llegado porque siempre anda desgarbado, como si con la curva de su espalda quisiera pegar la vuelta al piso.

La cuestión es que Esteban trató de pasar desapercibido, esquivando las cabeceras por más que mi tía le insistía en que ocupara el lugar de privilegio por recién llegado. Lo de ella fue más por cortesía que por convencimiento, que todavía no salía de su asombro por el nuevo espécimen, así que nadie le insistió cuando prefirió un lateral lejos de la puerta de entrada, para no ligar los primeros besos o apretones de manos de rigor, antes de que el que llega se cansa y dice ¡lo mismo para el resto!

Algunos le dimos charla ese primer día, tratando de encontrar algún rasgo de perversión o retraso mental leve. Nada. Esteban era un muchacho más bien tímido, pero seguía las conversaciones con buen ánimo e incluso gozaba de un buen sentido del humor, aunque sus carcajadas iban para adentro, sin sumarse al coro de hipidos, chillidos u onomatopeyas porcinas de algunos de nosotros. Comió frugalmente, apenas un par de costillas con ensalada, y mantuvo una larga conversación de sobremesa con quien sería su suegro, comparando equipos de fútbol locales y europeos, con un sorprendente conocimiento del caso y sentido común.

Después de ese acercamiento nos dividimos las tareas. La tía Mary, con sus hermanas y sobrinas, se dedicaron a buscar indicios de infidelidad: espiar sus amistades de Facebook, seguirlo a la salida del club o sentarse disimuladamente a unas mesas de distancia cuando se encontraba con amigos en algún bar. Los hombres de la familia hicimos las investigaciones económicas: deudas de juego, inversiones fallidas, créditos imposibles de afrontar con su sueldo… Ambas direcciones nos llevaron a callejones sin salida. Esteban no parecía tener una ambición desmedida, le alcanzaba con su laburo en el Estado, con su autito nacional pagadero en sesenta cuotas, y no parecía tener ojos más que para mi prima. Así que la cosa siguió avanzando, a falta de argumentos fuertes, y llegaron al casamiento.

Cuando volvieron de la luna de miel se instalaron en una de las casitas que mi tío solía tener alquiladas: un pequeño jardín al frente, una cocina comedor y dos dormitorios. En uno instalaron la cama de algarrobo que les regalamos con mis hermanos, y al otro lo dejaron vacío, dijeron que lo reservaban para cuando empezaran a llegar los críos. Ahí fue cuando decidimos que era hora de tomar cartas en el asunto. Una cosa era tenerlo a Esteban de relleno en los cumpleaños y celebraciones, así de discreto como era, y otra era que engendraran juntos una progenie que perpetuara esos rasgos armónicos. De todos modos, no resultaba fácil intentar separar a esa pareja de tortolitos. Elsa parecía cada día más embelesada con ese muchacho dócil, agradecido con la vida por ese estado de plenitud que parecía haber alcanzado.

Si lo invitábamos a la peña de los solteros siempre tenía una excusa. Sabíamos que en el fondo no quería ofender a su reciente esposa llegando tarde, con olor a alcohol y tabaco. Pero no pudo negarse a un fin de semana en la isla con los hombres de la familia. Cuando lo vimos llegar, todo prolijito con el conjunto de camisa y pantalón Ombú impecables y la mochila de tela camuflada casi nos desternillamos de risa. Saludó a todos con un firme apretón de manos y se amontonó con nosotros en la segunda fila de la doble cabina del Pocho.

Rubén tenía pensado un accidente de caza, un tiro de escopeta de esos que siempre se escapan que le desfigurara el rostro, pero llegada la hora no encontró coraje. Por suerte Ramiro divisó una yarará desde sus alturas y le avisó a Roque, que es el más hábil para cazar bichas. La puso en una bolsa de arpillera que siempre lleva para la ocasión, y tuvimos la precaución de trasladarla con cuidado al campamento. No me acuerdo de quién fue la idea, pero funcionó. Una vez adentro de la bolsa de dormir, Esteban no tuvo margen de acción ni mucho tiempo de sufrimiento. Fue la primera vez que lo escuchamos gritar, mientras se retorcía adentro de la carpa. Aunque estábamos tentados, ninguno se movió de alrededor de la fogata hasta que la glotis inflamada le impidió seguir clamando por ayuda.

Pedimos que el velorio fuera a cajón abierto. Así, con el cuerpo hinchado, los ojos morados y la lengua asomando como una esponja violácea, pudimos despedir a Esteban como uno de los nuestros.

Claudia Chamudis  – Julio 2014

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