Los abuelos de Yamila

Este cuento forma parte del libro “Las mil y una noches”, junto a los cuentos de Luis Sepúlveda, Alfonso Mateo, Jose Manuel Fajardo, Mario Delgado Aparain, Antonio Sarabia y Mempo Giardinelli.

Los abuelos de Yamila

—Me encantó el cuento. Genial – dice Manuel -. Ahora vamos a la cama.
—No tiene ni punto de comparación con la historia de los abuelos de Yamila —responde Silvina—. ¿Te la cuento, Schahriar? —propone mientras lo sigue al dormitorio—. Te maravillará hasta el colmo de la maravilla, ye sidi.
Él ya no se sorprende, aunque sigue sin entender por qué Silvina lo llama Schahriar, ni de dónde saca tantas historias, ni por qué las introduce de esa manera tan ridícula (y que tanto le gusta), porque Manuel, como Schahriar, aunque profesional de renombre, es bruto. Esa es la única explicación a su comportamiento con las mujeres, piensa Silvina. Pero ella lo va a cambiar. Aunque lo mismo creyó Susana, una de sus últimas novias-víctimas, y no pudo. Su técnica fue interpretarlo: en verdad Manuel tiene miedo de enamorarse otra vez y que le pase lo mismo que con su mujer. Pero Silvina no lo va a interpretar, ni tampoco va a intentar atarlo al sexo o a la culpa, como otras; ella lo educará en el amor, contándole historias. «Absurdo», le dijo Patricia, una de sus ex, «te va a hacer trizas, como a mí, como a todas». Cómo se las arregla para enamorar a las mujeres en tan poco tiempo nadie lo sabe, pero cuando ellas ya están perdidas, enfermas de amor como los personajes de Las mil y una noches, él las planta, sin dar siquiera razones. «Y no se te ocurra resistir a su decisión, pedirle explicaciones o hacerle algún reproche», le aconsejó su prima, que también salió con Manuel, «porque te puede lastimar aún más: al día siguiente ya pasó la página, no existís, te borró de la faz de la tierra».
Lo cierto es que Silvina y Manuel llevan ya veinte noches durmiendo juntos, y la profecía de sus ex, «te enamora y te abandona», no se ha cumplido… al menos en parte.
—Dale, Sherezade —dice Manuel—, mandate con lo de ye mi señor  mientras me lavo los dientes, y la seguís en el cuarto. Pero no la hagas tan larga que mañana tengo que trabajar.
.

Historia de Neru-d-Din, Shemsu-d-Din, y de sus hijos Hasán y Laila (noches 20 a 25).
—Has de saber, ye mi señor, que a fines de los años cuarenta del siglo pasado, en Mizr, como llaman vulgarmente a al-Qāhira, El Cairo, había un hombre muy sabio y muy rico que, como no tenía hijos, compartía sus negocios y su erudición con dos jóvenes, primos entre sí, a quienes había tomado a su cargo desde niños: Schemsu-d-Din y Neru-d-Din. Y por circunstancias que te asombrarán hasta el extremo del asombro ellos habrían de ser, con el tiempo, el abuelo materno y el paterno de mi amiga Yamila, que vive aquí no más, ¡en tu barrio, che!, digo ye mi señor, el bienaventurado.
»Este hombre había hecho una gran fortuna en la industria del turismo, aunque su verdadera pasión eran las antigüedades de su país. Con el dinero que ganaba con el turismo organizó una Fundación cuyo objetivo era recuperar para el Museo los objetos del Antiguo Egipto diseminados por el mundo, robados, vendidos o regalados por irresponsables de distintas épocas. Schemsu y Neru habían recibido una educación esmerada en la historia y el arte del Antiguo Egipto, podían reconocer a la primera mirada a qué dinastía pertenecía una escultura, las momias y los sarcófagos no tenían secretos para ellos. Si bien su mentor quiso que los dos jóvenes lo secundaran por igual tanto en la empresa como en la Fundación, Shemsu-d-Din, el mayor, tenía un talento especial para incrementar los negocios de turismo, mientras que Neru-d-Din, el menor, a los diecinueve años era considerado una autoridad en egiptología y, gracias a él, el Museo de El Cairo había recuperado ya varias antigüedades de la XXI dinastía que habían circulado por el mercado negro en los tiempos del famoso traficante Abd-el-Rasul.
»Tampoco eran actividades desligadas, porque el boom turístico se debía al verdadero furor que despertaban en todo el mundo los tesoros de los faraones, aquellas pirámides, aquellas tumbas, aquellas esculturas, aquellas vasijas.
»Quiso el destino que este hombre falleciera , lo que dejaba su fortuna, en el más amplio sentido de la palabra, en manos de Shemsu-d-Din y Neru-d-Din. Como Shemsu era tres años mayor y más entendido en la empresa, lo aconsejable era que fuese él quien la dirigiera, dejando la Fundación en manos de Neru-d-Din. Pero ellos, que hasta entonces eran no solo primos sino entrañables amigos…
—No me digas, ya me imagino —interrumpe Manuel—: si uno se ocupaba de ganar guita y el otro de patinársela, se armó quilombo.
—No. La armonía entre ellos era perfecta. Decidieron que los dos dirigirían tanto la empresa como la Fundación una semana cada uno y que respetarían absolutamente las decisiones que el otro tomara la semana anterior. Les pareció que así lo hubiera querido ese hombre a quien tanto le debían.
—No puedo creer que no se armara quilombo con esa organización disparatada.
—Sí, se armó, pero no por eso, sino por una discusión sin ninguna importancia, una insensatez.
»La pelea se produjo una noche que estaban conversando en la terraza de la casa de Zamalek, frente al Nilo. Shemsu-d-Din estaba contrariado porque tenía que dejar todo en manos de su primo por algún tiempo. El rey lo había invitado a salir de viaje con él y no podía negarse. Ninguno de los dos quería al monarca (ellos simpatizaban con el OLM, un movimiento de oficiales libres que quería acabar con la monarquía), pero debían mantener una relación diplomática con él. Tanto la empresa de turismo  como la Fundación podían verse afectados seriamente por las arbitrariedades y los negociados de Faruk I, a quien llamaban El ladrón de El Cairo, no solo por la enorme corrupción en su gobierno, sino porque en sus visitas al extranjero le había robado una espada al sah de Persia, un reloj a Winston Churchill y varios objetos más que dieron lugar a grandes escándalos.
—¿En serio? —Manuel se ríe estrepitosamente—. De raza le viene al galgo. Corrupción y robos. ¿No sería pariente de nuestro turco el Faruk ese?
—Faruk no era turco, y Menem tampoco.
—Da lo mismo, para nosotros son todos turcos. ¿En serio se afanó el reloj de Churchill?
Manuel no para de reírse y la voz de Silvina se alza, crispada:
—¡Pará, Manuel! ¡Dejá de interrumpirme con boludeces! —Su gesto se suaviza, su voz es toda miel—. Perdón, ye mi sidi, deja correr el caudal de mis palabras sin mechar comentarios porque es tan singular la historia que voy a narrarte que debería grabarse con una aguja fina en el ángulo de nuestros ojos para que…
—De los tuyos, querida, a mí ni en pedo me clavás una aguja. Perdón, mi dulce Sherezade, continúa «el flujo de tus palabras».
—Entonces escríbela en letras de oro líquido y guárdala en el arca de tu alcázar — concede.
Hablaban esa noche de la suerte que tenían de poder compartirlo todo, cuando a Shemsu-d-Din se le ocurrió que sería bueno que se casaran el mismo día, y si sus esposas quedaban embarazadas esa misma noche, la de Shemsu de una niña  y la de Neru de un niño, podrían casarlos y al fin ser una familia. Y siguieron así delirando hasta que Neru-d-Din preguntó qué pediría la hija de su primo a su hijo para casarse. Shemsu-d-Din, entrenado en los negocios, pidió no sé cuántos dinares, digo libras egipcias, y campos sembrados al borde del Nilo, cuatro barcos, una casa en la Toscana y un piso en París. Neru, indignado, le dijo que se estaba comportando con él como el mercader que no quiere vender su mercancía  y pide cuatro veces su precio. Shemsu, que tenía un carácter fuerte, le tiró a la cara a su primo que era un desagradecido,  y que si compartía la dirección de la empresa de turismo con él, y lo dejaba dilapidar el dinero en esas vasijas de morondanga, por más verdaderas que fueran, era porque le daba lástima. Estaba como loco, decía cosas que no pensaba. Palabra va palabra viene, los ánimos se alteraron hasta la locura y así como Neru-d-Din afirmó que jamás casaría a su hijo con la hija de su primo, Shemsu-d-Din le aseguró que él tampoco le daría su hija, y que ya vería lo que sucedería al regreso de su viaje con Faruk.
—Pero qué absurdo, si ni siquiera habían nacido los hijos, cómo iban a saber si eran chico y chica y disponer que se casaran. ¿En qué año pasaba esto?
—En 1950 o 51, poco antes de la revolución que instituyó la república. Pero no es raro, entre los árabes todavía se arreglan los matrimonios.
»Neru-d-Din pasó toda esa noche sin dormir, abrumado por la discusión con su primo. A la mañana, cuando Shemsu-d-Din partió con el rey  sin siquiera despedirse de su amigo, la decisión estaba ya tomada: partiría de Mizr, lo dejaría todo.
—Pará, Sherezade, por favor, que tengo que trabajar temprano y voy a estar zombi. Mañana me seguís contando lo que hizo Neru-d-Din.
Silvina, prudentemente, cierra la boca, y una hora después, cuando Manuel vuelve a acariciarla buscando aquello que otra vez va a maravillar sus cuerpos hasta el colmo de la maravilla, ella no le recuerda que al día siguiente estará aún más zombi.
.
.
Y la noche veintiuna, mientras comen un combinado de sushi que Manuel ha pedido por teléfono, bien temprano  («esa es la solución», propuso a la tarde cuando la llamó al celular, «empezar a las ocho»), Silvina-Sherezade dice:
—Ha llegado a mis oídos, ye mi Schahriar, el bienaventurado, que mientras Neru-d-Din seleccionaba cuidadosamente los pocos objetos que iba a llevar con él, evocaba un bello poema para darse coraje —abre la cartera, saca un papel y lee: El placer del vivir está en viajar/no en la quietud inerte
—No, con machete no vale —la interrumpe Manuel—, es trampa.
Ella deja caer el papel, cierra los ojos, hace un pequeño silencio y con una voz grave y melodiosa recita: Deja, pues, el país en que vegetas/busca horizontes nuevos/el agua se corrompe si se estanca/y vuelve a ser, si corre, un largo espejo./Si de lugar la luna no cambiara/no llegaría su brillo a todas partes.
Cuando abre los ojos, descubre un gesto que la sorprende en Manuel. ¿Emoción?
¿Tristeza? Él apoya su mano sobre la de Silvina, conmovido, y la aprieta.
Neru-d-Din cargó en una mula, no, en una mula no, en un auto último modelo, un BMW o algo así, una joyas de la época del Imperio otomano que le había obsequiado su tutor, un tapiz grande de seda bordado en sus dos caras —no olvides, Schahriar, este detalle, que será clave en el futuro, y como no había tarjetas de crédito, escondió en el auto una alforja con monedas de oro y una suma importante de dinero en efectivo. Dejó algunas órdenes a la empresa y a la Fundación para disimular, y a sus empleados díjoles que iba a solazarse tres días por los alredores de al-Keliubiya, porque sentía una opresión en el pecho, y necesitaba soledad y reflexión.
»Durmió las primeras noches en hoteles, luego al  descampado, sobre su tapiz, para evitar que Shemsu pudiera ubicarlo a través de su empresa de turismo. En Asuán, visitó el templo de Abu Simbel, y luego vibró ante la belleza de la imagen de la reina Nefertari, la esposa de Ramsés II, ignorando lo que el Sino le tenía reservado en Tucumán.
—¿Tucumán? ¿Qué Tucumán?
—El nuestro —dice Silvina—, el del norte de Argentina. Pero eso viene después.
»Y luego Guiza, la pirámide de Chefrén y el esplendor del granito rojo y negro en el templo del valle. Con el alma en vilo, se plantó frente a la Esfinge hasta que cayó el sol, amparado en las sombras, subiose encima de la piedra y la abrazó, como despidiéndose. Pero quien es sensible a la belleza siempre la encontraría. Viaja y perder no temas esas cosas/que hoy únicas estimas/que otras encontrarás en otros sitios/de igual aprecio dignas. Neru-d-Din había viajado con su tutor, conocía el Partenón, el Coliseo, la Capilla Sixtina…
—¿Y la cancha de River? —interrumpe Manuel, y festeja a risotadas su ocurrencia.
Quizás fueron las barcas del Sol… —continúa Silvina—. Neru querría seguir al dios Ra, como los faraones. Lo cierto es que en el puerto de Beirut tomó un barco que lo llevó a Génova, y allí paseó todo el día por la ciudad preguntándose cuál sería su próximo destino.
»Fue Buenos Aires  como pudo ser cualquier otro lugar: cuando embarcó esa misma noche ni siquiera sabía dónde iba a descender, si en las Canarias, en Río de Janeiro o aún más al sur. Sacó pasaje hasta el final, para tener la libertad de elegir. La idea de poner tanta agua entre tierra y tierra le pareció un buen signo. En el Museo de Mizr había conocido a un argentino que le preguntó, indignado, cómo era posible que la piedra Rosetta estuviera en el Museo Británico y no en el de El Cairo. Le había caído bien el hombre. Lo de la piedra Rosetta, que Neru-d-Din consideraba el icono de la identidad egipcia, fue una obsesión en su vida: “Si los británicos quieren restaurar su reputación, deberían ofrecerse a devolver la piedra”, decía. “Lástima que estuviera muerto hacía años”, se lamenta su nieta Yamila, “cuando Egipto exigió su devolución”.
»A Fuad Asfoura lo conoció en el crucero, y aunque los separaban casi treinta años de edad, se trabó entre ellos una entrañable amistad. Las diferencias del árabe en el que intercambiaron tantas conversaciones al principio, confidencias ya internados en el Atlántico, no impidió que se comprendieran. Durante la larga travesía Neru-d-Din eligió vivir en Buenos Aires, la ciudad donde nació Fuad (y tantos otros de familias oriundas de los más diversos rincones del mundo), y Fuad eligió a Neru-d-Din como su yerno.
»No fue en el barco donde Fuad se lo dijo, sino unos días después, en Buenos Aires, cuando ya había hablado con sus paisanos del club sirio-libanés y le había inventado a Neru hasta un parentesco para justificar su elección, llegada la hora. A la que no se lo dijo fue a su hija Dalila, temiendo las tormentas de su carácter cuando le intentaba imponer algo. “¿Por qué me tengo que casar con un árabe?”, le había contestado cuando apenas tenía catorce años, y por qué no podía ir a vivir sola a Buenos Aires, y por qué tal cosa y tal otra, y solo tenía dieciocho años. Dalila era muy brava. Se lo confesó sin tapujos a Neru, ya la había negado a otros pretendientes, pretextando que era muy joven, “pero ahora que tu amor penetró en mi corazón”, le confesó, “¿qué dirías si yo te propusiera aceptarla como esposa? Por favor, no me contestes ahora, tomate tu tiempo”. (Fuad, a quien Alá no  había concedido un hijo varón, deseaba fervientemente confiarle su indomable hija a Neru). Bajó la voz, como si los muros pudieran escucharlo: “Pero en el caso de que aceptes, a Dalila no hay que decirle ni palabra, nunca, ¿me lo prometes?”
»“Sí, por supuesto”, le respondió Neru-d-Din, pero le pesó como si le hubiera dado el audición y obediencia de los árabes de antaño, porque en el tiempo que pasó antes de conocer a Dalila, lo que más admiró en Buenos Aires fueron, sin duda, las mujeres. ¿Y si no le gustaba la hija de Fuad? Se lo diría; con delicadeza, pero se lo diría, se prometió. Así como Fuad Asfoura le había contado su infancia en el conventillo, las humillaciones por las que habían pasado sus padres sirios cuando llegaron al país, el negocio de dulces y comidas orientales de la calle Reconquista donde progresaron y mucho, la sociedad con sus hermanos, el amor, la pasión, el casamiento con una criolla de Tucumán que tanto disgustó a su familia, los primeros pasos del negocio, codo a codo con su esposa, el éxito de Asfoura comidas orientales en Tucumán, el nacimiento de su hija, la temprana viudez.
»Aunque a Neru-d-Din le parecieron disparatadas las razones que arguyeron los empleados (Fuad le traducía), aceptó con una sonrisa que lo inscribieran como Nuri Din en los papeles argentinos. No había ningún Neru registrado en Buenos Aires y sí había algunos Nuri, “bastante parecido, no se queje”, le dijo el muchacho, “y esas dos des seguidas, de ningún modo, de de, parece de tartamudo, se llamará Din”.
Se alojó en el piso que Fuad tenía en Buenos Aires, conoció a sus amigos, tomó cursos de castellano y chapurreó piropos por las calles y en los bailes de tango, a los que se aficionó apenas llegar. No habían pasado cinco meses cuando ya se había asociado a un anticuario francés. Entonces fue a Tucumán, donde vivían los Asfoura.
Estaban sentados a la mesa y Dalila no salía de su habitación. Su padre tuvo que ir a buscarla. Sin duda, era una chica maleducada y rebelde, pensó Neru planeando ya como encararía la difícil conversación que tendría con Fuad. Pero fue verla y sentir que su corazón ya no le pertenecía, porque Dalila era bella  como la luna en su catorceno día en la más bella de las noches. Y has de saber, ye mi Schahriar, que Dalila quedó deslumbrada al descubrir al amigo egipcio de su padre, esa cara tan radiante que diríase que el sol sus resplandores tomó de ella, esos rasgados ojos que declaraban la guerra a la indiferencia y producían incendios en los corazones más fríos. ¿Te había dicho ya que Neru-d-Din era de una hermosura impresionante? Tal era su fama que a Mizr llegaban personas de todos lados para poder saciar sus ojos en la contemplación de sus encantos y su gracia y su garbo. De ahí quizás, ahora que lo pienso, la reacción de Schemsu, estaría harto de escuchar hablar de la pinta de Neru, aunque él no estaba nada mal tampoco, pero Neru era un bomboncito.
—¿Como yo?
—Sí, como vos. Una piel suave como la seda, unas piernas y unos muslos tales que cristal purísimo y manteca parecen. Y ese vientre y ese ombligo y ese grueso nervio dulce, el explorador, el férreo, el padre de terrores y delicias…
Le resulta difícil a Silvina sustraerse al pie de Manuel que le acaricia los muslos bajo la mesa y avanza suave, pero certero hacia el punto cabal donde ya no sabe si podrá controlar el relato. Silvina se levanta como un resorte de la mesa:
—Esperá un poco, levantemos los platos, y te cuento lo que pasó con su primo, el de Mizr, que lo dejamos colgado.
—Cierto, ¿qué fue de Shemsu? —pregunta Manuel mientras lleva los platos a la cocina—. Estaría chocho porque el Neru le dejó toda la guita para él y encima el prestigio de lo de las momias y todo eso, ¿no? ¿Dónde tenés el tacho de basura, Silvina?
—Sherezade —corrige y abre el tacho para que Manuel tire el resto de los sushi, y mientras enjuaga los platos antes de ponerlos en el lavavajillas—. Lo que vos no entendés es que, pese a esa insensata pelea, estos dos hombres se querían y mucho. —Cierra el lavavajillas—. He sabido, ye mi Señor, el bienaventurado…
—Decime el biendotado, que me gusta más.
¬ He sabido, ye mi señor, el biendotado, que cuando Shemsu-d-Din volvió y no encontró a Neru-d-Din se arrepintió de inmediato de su torpeza aquella noche. Mandó emisarios que lo buscaran por todos lados, y movió sus contactos en varios países, lo que no era difícil porque manejaba el turismo de la zona, pero en Beirut los pasos de Neru-d-Din se perdían.
—Vamos a la cama, linda, que estoy muerto de sueño. Trabajé como un perro hoy, y casi no dormí anoche.
—¿No querés que siga, Schahriar?
—Sí, pero horizontales.
A Silvina no le pasa desapercibido que Manuel ha sacado el cepillo de dientes de su bolsa antes de meterse en el baño: vino preparado para dormir en su casa y llevan ya veintiuna noches sin separarse. Una ráfaga de vanidad la asalta y por un momento quiere llamar a Patricia por teléfono para contárselo. Sabe que en un rato la noticia se desparramará entre sus ex novias y amantes, porque ellas se conocen, han armado una suerte de club, hasta se quieren algunas, y desprecian a otras, dicen que Manuel alterna una mujer interesante y linda con una estúpida y bruja. De todos modos, tampoco importa la diferencia porque siempre hace lo mismo: las deja. Pero con Silvina no va a pasar, por eso ahora está esperándolo en su cama, y sigue, cuando Manuel se tiende a su lado.
—He sabido que Shemsu-d-Din no dejó de buscarlo y lamentar lo sucedido aquella noche, y culparse por su necedad. Tenía un bajón tal que no quería ni salir  ni trabajar. Una gran aflicción, Schahriar. Pero el tiempo fue mitigando su dolor, y se enamoró  de la hija de un empresario. Y has de maravillarte hasta el colmo de la maravilla cuando sepas que el día en que Shemsu-d-Din se casó en Mizr con Sobeida fue el mismo que Neru-d-Din y Dalila se casaron en Tucumán.
»Hicieron un gran banquete, y luego que hubo acabado, Fuad condujo en su auto a los esposos hasta un hermoso valle donde había hecho construir para ellos una casa magnífica, en la que habíase engalanado a todo trapo la cámara nupcial. Con los ojos húmedos, dijo a su yerno: “Entra, hijo mío, en el cuarto de tu esposa, y sé dichoso. Que Alá te conceda todos sus favores y todos sus bienes”.
»Dalila, que era un poco zarpada, se rió a las carcajadas: “No sé si Alá, papá, pero yo seguro que le voy a conceder todos mis favores —y señalando su cuerpo— y mis bienes, que son muchos. —Abrazó luego a su padre y al oído—: Muchas gracias, pero ahora, andate”.
»Remarca, ye mi sidi, cómo Alá permitió esta coincidencia del matrimonio de los dos amigos para demostrar que manda en el destino de las criaturas. Porque todo pasó como lo habían planeado aquella noche antes de pelearse por esa boludez. Las dos chicas se quedaron embarazadas, y parieron el mismo día: la de Shemsu-d-Din, una niña cuya hermosura no tuvo igual en todo Egipto y sus alrededores, y la de Neru-d-Din, un niño tan bello que empalidecía al sol con su fulgor. ¿No te parece alucinante? ¿Qué dices, ye mi señor, el biendotado?
Pero Manuel no le responde, quién sabe cuándo la ha dejado de escuchar, está completamente dormido. Silvina lo mira, lo destapa suavemente para observarlo: es un bomboncito, tan pero tan lindo como Neru-d-Din. Apaga la luz y busca en el hombro de Manuel el huequito que tiene justo la forma de la cabeza de Silvina —esto sí que no puede pasarle con todas— y se abandona a ese descanso cálido.
.
.
Y la noche veintidós, en el cóctel al que Silvina debía asistir indefectiblemente por razones profesionales (está bien lo de contarle cuentos a su Schahriar pero no puede darse el lujo de dedicarse full-time) y al que Manuel aceptó acompañarla, entre saludo y saludo a distintas personas, Sherezade le repite la parte en la que él estaba dormido la noche anterior, y continúa:
—He sabido, ye mi Señor, el bienaventurado, que Neru y Dalila se instalaron en Buenos Aires. Eran tiempos turbulentos: se produjo un derrocamiento de Estado y ocuparon el gobierno los militares.
—Como siempre. ¿A qué te referís? ¿A cuando sacaron a Perón? ¿Era peronista Neru?
—Pero qué me decís —se impacienta Silvina—, era egipcio, hacía poco más de dos años que había llegado.
—Tiempo suficiente como para tener una postura —insiste Manuel, el gesto duro.
Por primera vez en todos esos días, Silvina siente que su plan está en peligro, que a Manuel le puede haber llegado el momento de pasar la página . No le costaría nada conceder, decirle que Neru era peronista, no cambia el cuento, pero no quiere, le revienta, y tiene ganas de contestarle como se merece, por irracional, pero se da una tregua, saluda a alguien. Él, muy simpático, como siempre. Pasó la tormenta, piensa, pero apenas se encaminan a la mesa por una copa, Manuel le pregunta al oído: «¿Me vas a decir si era peronista Neru-d-Din?».
—Si tenés un poco de paciencia y esperás que crezca Hasán, te vas a poner contento.
—¿Seguro? —pregunta Manuel mirándola seductoramente—. Bueno, dale, seguí. ¿Quién era Hasán?
—El hijo de Dalila y Neru. Lo llamaron Hasán por su hermosura, hasania significa hermosura —instruye—, aunque en los documentos figura como Selim Din.
En el taxi que los conduce a casa de Manuel, Sherezade retoma la narración:
—Neru-d-Din siguió exitosamente manejando su negocio de antigüedades, y Dalila crió a su hijo con alegría, y tomó cuanto curso le apetecía, y se relacionó muy bien con los sirios, libaneses, egipcios, turcos y se hizo querer por el socio francés y por toda la sociedad porteña porque además de bella como la luna llena en el mes de Ramadán era encantadora. Mientras tanto Selim —Hasán para su familia— fue al colegio, estudió árabe, inglés y francés, y el Corán con profesores particulares. Neru le enseñó los secretos de la egiptología y las antigüedades, y su madre los de los timbales y las masas de damascos secos con pistacho de Alepo y otras delicias orientales que ella hacía mejor que su padre. Y luego el Nacional Buenos Aires, las discusiones, las primeras novias, la facultad, la militancia.
Cuando Manuel le sonríe así en el ascensor y sus ojos claros se iluminan: «Al final el hijo de Neru sí es peronista», Silvina siente que no le importa que la provoque, ¡le gusta tanto!
—Ha llegado a mí la noticia, ye mi señor, que en aquellos años Neru-d-Din tuvo la suerte de descubrir en Argentina algunos objetos egipcios auténticos de la VIII dinastía, robados por algún inglés o francés y vendidos en remate por sus descendientes. Los compró y los envió con un empleado al Museo de El Cairo. Y es a partir de este hecho — el emisario no fue tan discreto como le había pedido Neru— que  Schemsu sospechó que su amigo estaba en Argentina. Aunque no la confirmación, ni ninguna dirección. Por mucho que insistió, el hombre se negó a dárselo «porque así lo pidió don Nuri». No podía sospechar Shemsu-d-Din que no era una mentira lo del nombre sino una metida de pata. No se dejó sin embargo confundir y pidiole:
—Ruéguele entonces que acepte un obsequio de Shemsu-d-Din, su amigo.
—Tal era la seguridad que lo poseía que buscó una caja y puso en ella la tabla en que los dos estudiaban de pequeños, y un turbante que solía usar Shemsu y que mucho le gustaba a Neru. En una hoja copió los versos de un poeta. La plegó y la guardó dentro de un sobre en el que no escribió nombre alguno. Si era Neru-d-Din, entendería el mensaje que le mandaba en ese poema, y si no era, sería apenas un recuerdo de un paisano.
»Desde entonces intentó averiguar todo lo posible, aunque era difícil por lo del cambio de nombre. Estaba dispuesto a ir él mismo a Buenos Aires, en cuanto terminara algunos asuntos de suma importancia que debía resolver, sobre los que volveré.
»Cuando Neru-d-Din recibió el paquete con la tabla y el turbante de Shemsu-d-Din, sintió que su corazón se encogía. Y más cuando abrió el sobre sellado y reconoció la letra de su primo en los versos del poeta.
»Hallo sus huellas y al instante/me abraza la nostalgia,/y al recordar nuestra perdida dicha,/se desbordan mis lágrimas./Grito y pregunto sin lograr que nadie/ responda mis llamadas./Quiera Alá apiadarse de mi pena/y unirme a aquel por quien suspira mi alma.
Silvina lee y Manuel, con los ojos cerrados, disfruta del poema mientras le acaricia suavemente la nuca.
—Neru-d-Din había decidido ir a Mizr al encuentro de su amigo cuando lo sorprendió la enfermedad. Un cáncer fulminante. Llamó entonces a su hijo a su lecho, le regaló el tapiz de seda que aún conservaba, intacto —las joyas se las había dado a Dalila—, y le dio algunos consejos.
La mano de Manuel ha caído sobre el sofá y su respiración se ha tornado sonora. Está dormido. Silvina se acurruca a su lado y se deja estar así, en ese bienestar, mientras piensa cómo encarará la noche siguiente la parte más compleja del relato. No puede saltearse las circunstancias de Hasán pero sí darle más importancia a lo sensual y romántico. Al fin, su objetivo es enseñarle a este bruto que el amor cura de cualquier mal. Silvina no cree que unos cuernos, que quién no los tuvo en su vida, puedan haberlo convertido en un depredador de mujeres. Lo de los cuernos no es más que un rumor, nadie la conoce ni sabe qué hizo su mujer. Debe de ser algo mucho más fuerte. Pero ella lo curará.
.
.
Y la noche veinticuatro, mucho más relajados porque es viernes y podrán dormir hasta cualquier hora, en la terraza de la casa de Manuel, Sherezade dice:
—Has de saber, ye mi sidi, el afortunado… Afortunado por disfrutar una noche más de mis cuentos —Silvina sonríe—. Te decía que, entre los consejos que Neru-d-Din dio a su hijo, uno llamó mucho la atención de Hasán: que debía guardar absoluta discreción sobre sus asuntos, «en el silencio estriba la seguridad», casi lo mismo que decía su responsable político. ¿No sabría su padre más de lo que fingía saber sobre su militancia? Así parecía ya que Neru-d-Din le dijo que, si por mandato del Destino o por alguna razón su vida estuviera en peligro, fuera a Egipto, donde estaban sus tierras, y negocios, y la Fundación que colaboraba con el Museo. Y le contó del principio al  fin su historia, que había guardado en absoluto secreto hasta ese día (solo había dicho que tomó el barco para conocer otro mundo). No omitió detalle de aquella absurda discusión que lo había alejado para siempre de su tierra. Hasán estaba sorprendido, no comprendía: ¿se habían peleado por su casamiento con la hija de su primo, cuando él ni siquiera existía?
—Cómo lo va a entender Hasán —interrumpe Manuel—. Para mí esa es la parte absurda del cuento. Le habrás entendido mal a tu amiga Yamila o te ocultó algo. Mirá si el tipo por una discusión tan boluda va a dejar toda la guita en El Cairo sin reclamarla nunca.
Silvina piensa que, aunque no coincide con Manuel en sus razones, ella tampoco comprende algunas reacciones de los personajes de Las mil y una noches (donde se inspira), lo que no le impide gozar tantísimo como goza de esas historias que se tejen unas a otras en una abundancia de la que nunca llegará a saciarse. Cada vez  un placer nuevo, diferente.
—Es que los egipcios son distintos de nosotros, tampoco pretendas entender todo. Lo importante es que te metas en lo que les pasa a los personajes y no los juzgues desde tus parámetros. Cierto que Selim se sorprendió, pero porque todavía no había vivido lo que habría de sucederle a él, con lo que te asombrarás hasta el punto extremo del asombro.
—¿Por qué? ¿Qué le pasó?
—No voy a saltar el orden, estábamos en el lecho de muerte de Neru-d-Din.
»Pidiole a su hijo que sacara un papiro moderno y un cálamo, y le dictó una carta para Shemsu-d-Din, en la que le contaba todo lo acaecido desde que salió de Mizr, agobiado por la reyerta, sin omitir la fecha en que se había casado con Dalila, y la del nacimiento de Hasán. ¿Te acordás que coincidían en todo?
—Sí, el pibe habrá pensado que si acaso el otro había tenido una hija, ni en pedo se casaba con ella… a menos que… a menos que de eso dependiera que el otro le devuelva la guita del viejo. Porque en ese caso…
Silvina se pregunta por qué un tipo con tal mentalidad, que hace tales comentarios, con lo que ella sabe que les hace a las mujeres, le gusta tanto; si acaso la idea de educarlo y quedarse con él no es solo un desafío absurdo, algo así como ganarle a las otras, a las del club de desahuciadas de Manuel. Se sacude el pelo  para apartar la idea, y retoma:
—Has de saber que Hasán se conmovió con el final de la carta en la que Neru-d-Din se arrepiente de la necedad de su enojo, que lo mantuvo toda su vida alejado de su tierra, y del hombre a quien considera un amigo entrañable, y le pide perdón y se desgarra las vestiduras. Pero no llegó a darle los datos de Schemsu para ponerlos en el sobre, porque, agobiado por el esfuerzo y las emociones, Neru expiró.
»Selim Din guardó la carta en una bolsita de tela encerada y la cosió, disimulándola entre el anverso y el reverso del tapiz de seda, que era suficientemente grueso como para ocultarla. No quería que si algo le sucedía a él cayera en manos de los milicos la historia de su padre. Ya se la daría algún día a Shemsu-d-Din, pensó, pero en ese momento no estaba la situación para viajar a Egipto. Los tiempos eran cada vez más duros y el peligro acechaba en cada esquina.
—Y si caía, lo iban a obligar a pasarles a ellos las propiedades que tenía en El Cairo. —Ya no es el Manuel de hace un rato, su expresión se ha endurecido—. ¡Esos hijos de puta!
Silvina lo mira, perdido en algún lugar oscuro de sus recuerdos. Un rápido cambio de rumbo le asegurará la ligereza que Manuel necesita.
—Has de saber que, aunque distintas, tampoco eran fáciles las cosas para Shemsu-d-Din, en Mizr. Mantenía una relación trabajosamente cordial pero tensa con el presidente de Egipto, Anwar as-Sādāt. Se habían conocido de muy jóvenes y nunca le gustó. No estuvo de acuerdo con que lo exculparan en el tan mentado juicio que tuvo Anwar por colaboracionismo con los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Tampoco Neru (pasó antes de que él se fuera). Ellos mismos lo habían escuchado una noche jactarse de haber asesinado al oficial inglés. El conflicto venía de lejos y, cada vez que se habían cruzado, durante el breve gobierno de Naguib o los largos años de Nasser, su trato era muy tirante, aun cuando nunca mencionaron aquel tema del inglés.
»Hacía tiempo ya que las empresas de turismo de Shemsu-d-Din se habían nacionalizado, pero él seguía en la presidencia, era la persona idónea, ni Nasser lo había puesto en duda.
—¿Cómo que se nacionalizaron? —pregunta Manuel—. No son comunistas los egipcios. Es una democracia, ¿no?
—Es un régimen autoritario de partido único, panarabista y socialista. Y durante el gobierno de Nasser se nacionalizaron bancos, industrias, entre ellas la de Shemsu.
—Entonces ya no tenía nada que heredar el pibe. ¡Qué garrón!
Silvina pasa por alto el comentario y sigue:
—Tampoco se puso en duda la dirección de Shemsu-d-Din de la Fundación, en la que cada vez colaboraron más profesionales, recuperando para el Museo enormes tesoros. Pero desde 1970, cuando Anwar as-Sādāt sucedió a Nasser, Shemsu había tenido infinitos problemas: inspecciones irracionales, ineficientes empleados impuestos por el gobierno. El prestigio de Shemsu-d-Din era demasiado como para que Anwar se atreviera a destituirlo de su cargo por una antipatía personal. El conflicto se agudizó cuando Shemsu, en una reunión, cuestionó la alianza con Siria para atacar a Israel: no era el momento. Él no era militar ni político, no tenía por qué opinar, se enfureció Anwar as-Sādāt. Opinaba como ciudadano egipcio, le respondió.
»La derrota de Yon Kippur había de darle la razón a Shemsu. Cuando tiempo después lo llamó Anwar a conversar con él, temió lo peor. Lo que nunca habría de imaginar es la propuesta, mejor dicho la orden, que iba a recibir del presidente. Sadam empezó muy suavemente: había reflexionado y reconocía que Shemsu-d-Din estaba en lo cierto, no era el momento. Era mejor postergar la causa de la unidad árabe y la lucha contra Israel, en beneficio de una política que sirviera para el desarrollo de Egipto. Que aportara dinero, para ser claro. Su plan era romper la tradicional alianza con la Unión Soviética y acercarse a Estados Unidos. ¿Qué le parecía?
»¿Por qué no lo consultaba con sus ministros?, se preguntaba Schemsu en silencio. ¿Desde cuándo su opinión le importaba a Anwar?
—Sé que el hijo del embajador de los Estados Unidos tiene una debilidad especial por su hija Laila. Una gran pasión, me confesó. No es para menos, es bellísima. Y creo que un buen signo de esta alianza es que un egipcio de gran prestigio, como usted, dé su hija en matrimonio a un norteamericano. ¿Qué me dice? ¿Acepta?
¡Casar a su adorada Laila con un yanqui! Shemsu-d-Din no podía creer lo que estaba escuchando. Lo odiaba, profundamente. Anwar, que de joven había participado en los motines de los hermanos musulmanes contra la influencia occidental en Egipto, no podía exigirle algo tan absurdo.
»Schemsu-d-Din apeló a cuestiones religiosas. Ningún problema, retrucó Anwar, el hijo del embajador iba a convertirse al islam, ya lo habían hablado, la prensa internacional cubriría la boda… Será difícil obligar a mi hija Laila, las jóvenes hoy, se defendía el pobre Schemsu. Y el otro: que qué más podía pretender su hija que el hijo del embajador de los Estados Unidos, mayor independencia, viajes, joyas, poder.
“No”, cortó categórico Shemsu-d-Din, “es imposible. A Laila la he prometido al hijo de Neru-d-Din hace años. Y no voy a faltar a mi palabra”.
La excusa era inadmisible. Hacía cuántos años ya que Neru-d-Din había desaparecido, de qué hijo le hablaba. Anwar, conteniendo con dificultad la ira, lo conminó a darle una respuesta en una semana. Era evidente lo que iba a suceder si se negaba: perdería todo, poder, privilegios, caudales.
»Sin saber qué hacer, desolado, refirió del principio al fin su conversación con el presidente a su mujer y sus hijos.
—Seguro que la mujer le dijo que aceptara, las minas son capaces de cualquier cosa con tal de no perder guita y poder —interrumpe Manuel, y Silvina siente un dolor rancio en él. No preguntará nada, no discutirá nada. Lo curará. Con palabras.
—Te equivocas, ye mi señor, Sobeida actuó desde su corazón, como madre de Laila y como mujer de Shemsu. Fue ella misma quien urdió un plan para que su hija fuera de noche por tierra hasta Tel Aviv y desde allí tomara el avión a la Argentina. Y piensa cuánto dolor le causaría separarse de Laila, y qué consecuencias adversas podía traer en su holgada vida; sin embargo, tuvo la osadía de llevarlo a cabo. Y a toda velocidad. Se dice que Shemsu-d-Din sorprendió una conversación entre madre e hija, pero se hizo el zota, porque él estaba paralizado, y su mujer, en cambio, tenía toda la fuerza. Es evidente que ella se sirvió de algunos contactos de su marido en el área de turismo, porque la chica vino por Aerolíneas Argentinas y fue a parar al hotel Alvear. Por un lado trató de satisfacer a su marido, no importa si le creía o no, enviando a la hija al lugar en que supuestamente estaba su amado Neru. Y por el otro, fue sensible a la desesperación que le produjo a Laila la idea de tener que casarse con el yanqui, pero no por Alá y esas cuestiones de la religión, sino porque parece que era un forro, un pegote, de esos que se creen mil, y la chica lo detestaba. Y Laila, que era bella como la luna cuando se disipan las nubes y las sombras, se encontró de golpe y porrazo en Buenos Aires, con su doncella y una suerte de escolta-guardián para cuidarla, sin saber una palabra de castellano, pero refeliz.
»Se escapaba a cada rato de su custodia, y un día entre los días  se puso a caminar y caminar y de pronto se halló entre un tumulto de jóvenes que coreaban algo que ella no comprendía. Todo fue muy rápido, un ardor en los ojos, gritos, corridas y zas: la llevan presa.
»Cuando Hasán la vio  (a él también lo habían levantado), Laila estaba de espaldas, un cuerpo escultural, cintura chiquita y caderas pomposísimas, los rizos de sus cabellos resbalando como escorpiones a lo largo de su espalda. Ella enarbolaba una tarjeta del hotel y trataba —inútilmente— de explicarle al policía en árabe, en francés, en inglés que había salido a pasear, que era turista. Hasán se acercó, y cuando le descubrió el rostro que asemejaba a una hurí en el paraíso, las mejillas de tez finísima, sus erguidas y firmes tetitas, quedose deslumbrado y perdió el tino. “Déjalo en mis manos”, le dijo en árabe. Como el amor despierta la imaginación, Hasán, que un rato antes temblaba de miedo, increpó al cana: “¿No sabe que esta joven es la hija de un hombre muy importante?, árabe-petróleo”, agregó en voz baja, como pasándole un secreto al cana, y tomó la tarjeta de Laila: “Mire dónde se aloja, en el Alvear, y yo estoy encargado de acompañarla”. Venciendo su repulsión le tendió la mano: “Selim Din, mucho gusto”. Laila no entendía nada, pero se sintió abrasada en deseos desde el instante en que vio a Hasán. ¡Dichosa la que pueda llamarse suya y tenerlo encima , pensaba, y no pudiendo controlarse más, exclamó en alta voz, levantando al cielo las manos: “¡Aláumma!, haz que sea yo esa mujer!”. Hasán aprovechó el desconcierto del cana cuando Laila gritaba en árabe, y le dijo: “Comprendo lo delicado de la situación, pero si nos evita más disgustos, le aseguro mi discreción”. Y así no más salieron de la comisaría. Hasán se detuvo en el primer teléfono público y avisó al control la detención de sus compañeros. Acompañó luego a Laila al hotel donde se alojaba. No cruzaron una sola palabra, subieron a la habitación, como si no existiera duda alguna de lo que el Sino les marcaba. Que no la molestaran, pidió Laila a su doncella, quería dormir.
»Hasán deseaba darse una ducha, se lo indicó con gestos, porque ignoraba cómo se decía en árabe. Ella señaló, sonriente, la puerta del baño. Cuando Hasán salió, envuelto en el albornoz, la encontró de pie, esperándolo, los largos cabellos renegridos como único atavío. El aroma a sándalo, amizcle  y rosa con que Laila se había perfumado inundaba la habitación; en el límite de la embriaguez y la felicidad, Hasán no atinaba a moverse. Fue ella quien tomó la iniciativa, le desató el cinturón del albornoz  y extendió su mano hacia el cuerpo de Hasán. Tenía una certeza absoluta: Selim, tú eres mi esposo, le susurró en árabe. Él no estaba seguro de haber entendido pero no tenía ninguna intención de hablar, quería tocarla ya, recorrerla toda con sus manos, con su lengua, beberla, saborearla, hacerla suya.
»Cada caricia de Selim era una nueva zona de la piel de Laila que cobraba vigor, como si el extranjero que hablaba su lengua tuviera el poder de inventarle el cuerpo que hasta esa tarde ella ignoraba que tenía. Ella se extendió sobre el lecho, y se quedó quieta, abandonándose a ese goce supremo que le producía la lengua de Selim, que subía morosamente desde los pies hasta el vientre, y ahí descendía hasta encontrar ese punto escondido en el enjambre de su pubis que le iba a dar a Laila un anticipo de paraíso: un largo gemido salió de su boca. Entonces Hasán, suavemente, permitiéndole retornar lentamente de esa zona adonde la había llevado, le acarició los cabellos y se puso sobre ella.
—¿Así? —pregunta Manuel.
—Sí, así —responde Silvina.
Con la elocuencia de los efectos de su relato en el cuerpo de Manuel decide concluirlo por esa noche, ella tampoco puede esperar más.
.
.
Y la noche veinticinco, en el restaurante de Palermo Viejo al que han ido a cenar, Sherezade dice:
—Has de saber, ye mi señor, el bien dotado, el magnífico, que Hasán se tendió sobre Laila, echó sus piernas en torno a sus caderas, y montó el cañón y apuntó a la fortaleza, pero cuando la descubrió perla sin horadar, montura sin cabalgar,  acometióle el pánico y saltó del cuerpo de Laila.
—Por suerte, Sherezade, porque si sigue ahí dentro yo no puedo comer, el mantel no llega a taparme y va a ser un papelón. Y en cualquier momento te voy a dar el zarpazo delante de todo el mundo.
Una sonrisa ilumina el rostro de Silvina, se ve bella en los ojos de Manuel, más bella que nunca después de esa noche maravillosa. Él tiene razón, tendrá que adaptar el tono de su relato a las circunstancias. Tampoco va a abandonarlo y ponerse a hablar de trabajo, política  o lo que sea. Como una equilibrista avezada, caminará por el hilo de sus palabras, sabe que es la única posibilidad de sostenerse, hasta que su Schahriar crezca, se alivie de quién sabe qué añejo sufrimiento y aprenda a amarla.
—Aunque Hasán deseaba mucho a Laila, no quería atribuirse a la ligera un lugar tan importante como el que ella le estaba dando.
—Rebobinando, seguro que entendió el árabe de «tú eres mi esposo» que le había dicho la mina, y habrá querido salir corriendo por más que Laila fuera una diosa.
—No fue por temor a comprometerse, como pocos días después habría de demostrar; él tomó distancia porque una cuestión es el deseo y otra asumir un lugar en la vida de Laila de manera imprudente. Hasán temía que ella no supiera lo que estaba haciendo. No lo había elegido como su compañero, pensaba. Él era muy responsable y respetuoso con las mujeres. Especialmente con ella, a quien ya amaba, locamente. Los árabes aman locamente, se enferman de amor. Laila insistía en continuar con aquello, pero Hasán se puso el albornoz y se sentó en un sillón: lo discutirían y en el caso de que ella…
—¡Qué boludazo!
—Hasán no es como vos ni Laila como cualquier chica argentina de los setenta. Ella era musulmana, tenía una vida social pero no se había acostado nunca con nadie, seguramente allí, donde los padres decidían el matrimonio, sería más trascendental hacer el amor.
—Ah, ¿a vos no te parece importante hacer el amor? ¿Lo hacés con cualquiera entonces?
Cómo puede ser tan insoportable Manuel, tan caradura, él que ha dejado un tendal de minas, que se ha curtido hasta las piedras, cómo se atreve.
—A mí sí me parece trascendental —exagera—, sobre todo cuando una sabe que es él y solo él el hombre de su vida. —Ha logrado hacerlo sonreír, bien.
Y ya en casa de Silvina, apoltronados en el sofá, continúa:
—También Laila había reconocido a Hasán como su hombre, y aunque no tenía experiencia, su cuerpo y su corazón eran sabios y logró su cometido. Hasán, con Laila sentada a horcajadas sobre sus piernas, frotándose contra él, entendió que ella lo había meditado y elegido como su compañero —un poco rápido quizás— y, tranquilizada su conciencia, volvió al lecho, y entonces sí derribó la fortaleza, y se enardeció su vigor y tornó a apuntar el cañón y más de quince veces lo disparó.
—¿Quince? ¿No exagerás?
—No. Pasaron esa noche y los cuatro días siguientes haciendo el amor.
—¿Y qué pasó con los tipos que cuidaban a Laila?
—No sé. —La pregunta la desconcierta—. Ah, sí, la doncella y el guardia egipcio se enamoraron y como son árabes, también enloquecieron y no les importó nada de nada.
»Hasán apenas salió del hotel para hablar desde un teléfono público cercano a su madre, y para acordar una cita con los compañeros. Pedían la comida en el cuarto, y seguían amándose, dormían un poco y otra vez a amarse, famélicos uno del otro, como si supieran los designios de Alá. Una mañana Hasán, que estaba loco por ella, pero no loco del todo, se despidió de su amada, tenía una reunión, le dijo sin más, volvería esa noche, tarde.
»Pero encontrarse con sus compañeros fue salir del sortilegio, tomar conciencia de la gravedad de la situación. Se habían llevado a uno de ellos, y habían entrado en la casa de otro donde solían reunirse, las tres A siniestras pintadas en la pared, por suerte Selim había llamado al control, y la reunión se disolvió. Había que irse, o pasar a la clandestinidad. Se encontrarían nuevamente a las siete y media, en plaza Italia, para rever la situación. Las palabras de su padre, Neru-d-Din, le cruzaron como un relámpago, Laila era egipcia, pero no, era una locura. Fue a su casa. Lo recibió Dalila, desesperada: aunque él la había llamado por teléfono, ella sentía que estaba en peligro. “Estaba con una chica, me enamoré, mamá, pero tenés razón”. Y le contó desde el principio al fin lo que estaba pasando en esos días en el país, y otras cuestiones de su militancia que él antes había callado. Que saliera del país ya, le pidió su madre, antes de que fuera tarde. No me presiones, no sé, tengo que pensarlo. Dalila hizo un llamado telefónico mientras Hasán se bañaba. Esa noche ella misma lo llevaría en el auto a casa de unos amigos en San Fernando, en su lancha lo dejarían en una isla del Delta donde estaría seguro hasta que pudieran sacarlo del país. Hasán no estaba seguro, lo hablaría con sus compañeros. Pero no los encontró en el lugar de la cita. Por las pocas palabras que le dijeron por teléfono entendió que estaban cerca, tanto que no sabía si le daba tiempo para ir a su casa, sacar rápido el tapiz de seda, y pedirle a Dalila que escondiera en su bolso joyas y dinero y se fuera. Podían llegar en cualquier momento. Se dieron cita a las once de la noche en una esquina de la avenida Alcorta. Llamó por teléfono a Laila pero no estaba en el hotel, se maldijo por haberle dicho que llegaría tarde. Tampoco podía quedarse en el hall del Alvear a esperarla, después de lo que había hecho el otro día, era peligroso. ¿Y si le pidiera que fuera con él? No, no tenía derecho a exponer a Laila. A las diez y media metió el tapiz de seda en una bolsa, entró al hotel y le dijo al conserje que se la entregara a la señorita del 401.
»Pensó en dejarle una nota, pero cualquier frase le parecía desatinada; ya le explicaría cuando fuera posible. Pero no llegó ese momento. En México descartó la idea de llamarla. Ella no sabía nada de él, ni de su apellido se acordaría, apenas Selim. Y aunque todos los días al pensar en su adorada contener el llanto no podía, decidió que lo recordara así, como un amante traidor, que lo olvidara.
Pero Laila no lo olvidó. Nunca. ¿Cómo olvidarlo si nueve lunas más tarde nació Achib? Idéntico a su padre, un dechado de belleza suma. Laila supo desde el principio que la razón que arrancó a Selim de ella tuvo que ser poderosa. Ni un instante sospechó que la había abandonado. Lo buscó como pudo, por la calle, al principio; luego, cuando ya hablaba suficiente castellano como para entender, temió por su vida. Fue a la embajada de su país para que la ayudaran a encontrar a Selim, el hijo de un sirio o egipcio (se le habían mezclado las poquísimas anécdotas que le contó y no tenía claro el origen) que había desaparecido. Quién sabe qué habrá entendido la persona que la recibió, pero le hizo saber que, si continuaba averiguando, corría peligro. Pensó entonces en Achib y volvió a Mizr.
»Ha llegado a mis oídos que cuando sus padres la vieron bajar del avión con un niño de dos años, se desmayaron  porque hasta entonces la hacían feliz en Buenos Aires, estudiando y conociendo gente interesante, muy bien cuidada por la doncella y el guardián. No le gustó nada a Schemsu-d-Din lo que su hija les contó, pero ye el azar  coincidía con la versión que él le había dado al presidente para justificar: que había huido con un sirio que la pretendía, y que se había casado en la Argentina. Solo tenía que inventarle una muerte súbita a su yerno. Si alguien le pusiera enfrente al canalla de Selim, pensaba, él mismo lo mataría. La ira lo poseía cuando Laila hablaba de su «esposo» (aunque le conviniera porque era la versión oficial). Pero los años y la alegría que produjo Achib en ese hogar habría de limar asperezas entre padre e hija.
»Y sucedió que un día entre los días, Achib volvió llorando del colegio: “Dónde está mi padre, muéstrame una foto, por qué no viene a vernos”. Sus compañeros se habían burlado de él porque era el único que no tenía padre: eres hijo de un efrit que durmió con tu madre… Quién sabe qué chismes corrían por El Cairo, la gente es chusma en todos lados, ¿viste? Qué habrán dicho delante de los chicos para que se portaran tan cruelmente con el nene. Para peor Schemsu, su abuelo, le decía que estaba muerto, y su madre, que estaba vivo  pero lejos y que ya se encontrarían. “¿Cuándo, mamá, cuándo?” Al ver a su hijo en tal estado de angustia, las entrañas se le desgarraron, y no sabiendo que hacer para calmarlo, sacó el tapiz de seda que le dejara Selim y le pidió a Achib que se recostara a descansar sobre él: era de tu padre.
»“¿Qué tiene aquí?”, preguntó Achib señalando el lugar en donde Hasán había colocado la bolsa.
»El corazón de Laila latía aceleradamente, ahí le había dejado su mensaje, ¡y ella no lo había descubierto en todos estos años! La mano le temblaba cuando abrió las costuras y sacó la bolsita de tela encerada. Imagina, ye mi señor, su asombro cuando descubre que no es una carta para ella, sino para su padre. ¡Firmada por el tan mentado Neru-d-Din! Corrió hasta los aposentos de Shemsu-d-Din, el niño atrás, y, agitada, le dio la carta. “¿Dónde la has encontrado?” “Cosida al tapiz de seda que me dejó Selim”. Mientras la leía, Shemsu-d-Din lloraba a moco tendido, quiero decir, era tan inmensa su aflicción por la muerte de su hermano como su alegría al enterarse de que, tal como lo habían planeado, sus hijos se habían casado.
»Sacó billetes para el día siguiente: “Iremos a buscar a tu marido, Laila querida”. Y le pidió perdón por haberle dicho tanta insensatez durante esos años.
»Aunque la dictadura había terminado, no era fácil buscar a Selim. Laila no recordaba el apellido. Leyeron de punta a punta la guía telefónica y llamaron a todos los Selim; ninguno era el hijo de Neru. Que recordara cada detalle de lo que habían hablado, exigía Shemsu-d-Din, y cómo decirle a su padre que no era hablar precisamente lo que hicieron. Buscando afanosamente en su memoria recordó los dulces de Alepo, esos dátiles con pistacho que a los dos les gustaban tanto; Selim le había dicho que preparaba los mejores del mundo. Cómo no se le había ocurrido antes, si la clave la tenía en la propia carta de Neru, se reprochó Shemsu: el suegro de Neru era sirio.
»En el club sirio libanés le hablaron de Fuad, y también de su lejano sobrino egipcio, el esposo de Dalila, el anticuario. Alguien les dio la dirección de Dalila y allí fueron todos, en patota.
»Laila se hizo entender por una mucama que les abrió la puerta, y luego los hizo pasar al living. En cuanto apareció Dalila, Shemsu-d-Din se lanzó a abrazarla. Laila le preguntaba por Selim, Achib  por su padre, y Shemsu la atropellaba a emotivas frases en árabe.
»“No entiendo nada, creo que están confundidos”, dijo en castellano.
»Tuvo que intervenir Sobeida para que Dalila no los echara de su casa. Y fue rotunda:
»“Querida, este que ves aquí es el primo de tu esposo, Neru-d-Din, este niño es Achib , tu nieto, y esta bella joven, Laila, su madre”.
»Y como Dalila miraba de uno a otro consternada y no decía una palabra, Laila rompió a llorar: “Decime qué pasó con Selim, la verdad, la verdad. ¿Vive? ¿Se casó con otra?”.
»Dalila se acercó a Achib, lo miró largamente y lo abrazó. Sonrió a Laila, tanto había escuchado a su hijo hablar de ella, ahora lo comprendía.
»Tomó el teléfono y dijo: “Hasán, ¿podés pasar por casa? Sí, es urgente”.
»Para cuando llegó Hasán, los ánimos se habían calmado y todos aceptaron la organización que propuso Dalila. Laila en la sala, ellos en el escritorio, y solo cuando su madre lo llamara, iría Achib. Podían aprovechar para conocerse mejor mientras tanto. Sospechó, después de muchas conversaciones con su hijo, que el saludo a sus suegros ese día sería breve.
»Y no se equivocó. Hasán y Laila estuvieron escasos diez minutos con sus padres: tenían mucho de que hablar, dijo la discreta Laila, y partieron con Achib a la casa de Hasán. Me imagino que cuando el niño se durmió, o en los días siguientes que paseó mucho con sus abuelos, fue cuando  hicieron a Yamila.
—¿Cómo la hicieron? A ver, mostrame —dice Manuel.
—¿Querés tener un hijo? —bromea Silvina—. Porque yo no. ¿Te gustó el cuento?
—Tanto que lo haré escribir en letras de oro, y lo guardaré en el arca de mi alcázar.
—No es nada en comparación a lo que te contaré mañana si me otorgas la licencia de entretener tu noche con el fluir de mis palabras.
—Te la concedo, y ahora —dice extendiéndose sobre ella— permite que mi cañón derribe tu fortaleza. No serán quince como Hasán, pero seis o siete, te prometo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *