Juan Ignacio del Prado – La cascada

Juan Ignacio del Prado es abogado. Hace poco tiempo que trabaja en taller. El que publicamos es uno de sus primeros cuentos. Juan nos asombra por su frondosa imaginación y su sentido del humor. La cascada responde a la consigna de cuento fantástico.

La cascada

Abro los ojos. El reloj del auto marca las 20:45. Me aferro al volante y retomo el control del vehículo. Cuánto tiempo habré permanecido dormido? No lo sé.

He manejado durante todo el día y mis reflejos ya no responden. Necesito descansar. A la derecha de la ruta, veo un enorme roble. Detrás, un cartel blanco con letras negras que dice: “La Cascada 3 Kms.” y una fecha que indica el giro hacia la derecha. Busco su ubicación en el GPS, pero no aparece ningún pueblo con ese nombre a esa altura del camino. Es extraño.
Estoy exhausto, necesito detenerme. Doblo hacia la derecha. Al cabo de tres minutos, logro divisar las primeras casas. Todo está muy oscuro, nadie camina por las calles. El silencio gobierna el lugar. Miro nuevamente el reloj del auto, y sigue marcando las 20:45. Trato de reajustarlo pero no responde. En la plaza, ninguna  señal  de vida. Doy un par de vueltas por las calles laterales y nada. Me dispongo a volver a la ruta, cuando percibo una luz encendida en una esquina.
Estaciono el auto enfrente de una casa iluminada que tiene un pequeño cartel: “Recepción La Cascada”. Entro y  me recibe una señora de pelo canoso y enormes ojos azules que sonriente me dice:
– Bienvenido a La Cascada, Sr. Facundo Robles.
– ¿Cómo sabe mi nombre?- Pregunto asombrado.

– Porque lo estábamos esperando señor. Usted es un elegido.
– ¿Elegido? ¿Elegido para qué?
– La Cascada lo eligió por… un motivo determinado, pero yo no soy la encargada de explicárselo. Lo hará mi marido. Afuera lo está esperando mi hijo para llevarlo hasta el punto de encuentro.

– ¿Y mi auto?

– Déjelo aquí. No habrá inconvenientes. Le deseo mucha suerte Sr. Robles. Lo único que le pido, antes de irse, es una firma para el registro.

La señora me hace una seña para que me acerque y coloca encima del mostrador un enorme libro de actas. Lo abre en una hoja que tenía señalada y marca una cruz con un bolígrafo en el margen inferior derecho. Con un gesto, me pide que firme al lado de la cruz. En ese mismo renglón, figuran todos mis datos, y en la última columna anterior a mi firma, hay una hora: 20:45.

Salgo a la calle. Delante de mi coche hay estacionado un jeep. En el asiento del conductor, un joven de unos treinta años, me mira sonriente.
– Suba, por favor, Sr. Robles. Yo lo llevaré a La Cascada.

El conductor pone en marcha el vehículo. Sostiene firme el volante con la mirada fija en el camino. No habla ni parece tener intención de hacerlo. Cinco minutos, diez, ni una palabra. Intento romper el hielo y tímidamente le pregunto:
– ¿Falta mucho para llegar?
– Si.- Contesta lacónicamente.
– ¿Y qué tiene de especial esa Cascada?
– Mi padre se lo explicará. Descanse Sr. Robles, todavía nos queda un largo trecho.- La monotonía del paisaje me adormece lentamente.

Abro los ojos. ¿Cuánto tiempo habré permanecido dormido?. No lo sé.
– Hemos llegado. Mi padre, Norberto, lo está esperando para guiarlo a La Cascada. Le deseo mucha suerte.

A unos metros, diviso un hombre canoso con enormes ojos azules que parece estar esperándome. Tiene una mirada amable que me inspira confianza.

– Buenas noches Sr. Robles. Es un placer conocerlo. Sígame por favor.

Sin siquiera esperar mi respuesta, Norberto comienza a caminar y se interna en el bosque. Con gran esfuerzo logro alcanzarlo. Tras recobrar la respiración, le pregunto:
– Me dijeron que usted me explicaría qué es La Cascada y por qué me ha elegido?
No parece sorprenderse con la pregunta. Sin detener su marcha, me dice:
– La Cascada tiene la facultad de purificar a las personas, de darles paz a su alma.- Hace una pausa. Me observa un instante, luego continúa- Elige sus visitantes entre hombres y mujeres de extrema virtud que poseen un enigma en su vida por resolver.

– ¿Y lo resuelve?

– Sí. Y logra darles la tranquilidad espiritual que les hace falta.

Las palabras de Norberto me inquietan. Una incógnita me atormentó toda mi vida: conocer la identidad de mi padre. Mi madre nunca quiso revelarme su nombre. Se limitó a decirme que nos había abandonado antes de que yo naciera y que probablemente ya estaría muerto. Quizás por ese motivo, me dediqué a trabajar como asistente social, ayudando a niños huérfanos de todo el país a encontrar un hogar, para que resulten contenidos por una figura materna y paterna, que a mí me faltó.

Norberto se me adelanta. Me abro paso entre unos matorrales y lo veo parado frente a la cascada.

El agua es absolutamente cristalina y con su luz, ilumina la noche. Norberto gira hacia mí y con tono amable me dice:

– Ha llegado su momento. Una vez que atraviese la cascada encontrará la solución a su enigma y llegará la paz a su alma.

– ¿Usted lo ha experimentado?

– No. Mi misión es otra. Mi familia y yo hemos sido elegidos para ser anfitriones de este lugar. Esa es nuestra purificación. Ahora usted encontrará la suya. Suerte.

Camino a paso firme en dirección de la cascada. Me detengo un instante cuando las primeras gotas de agua tocan mi pelo. Tomo aire y retomo mi marcha. Atravieso la cascada e ingreso a una cueva donde predomina la oscuridad. Una imagen aparece reflejada contra una de las paredes de la cueva. Es mi madre, pero está distinta, casi treinta años más joven. Comienza a caminar con paso ligero y decidido. Está embarazada. La emoción me invade.

Se detiene ante una puerta de madera y toca el timbre. Conozco esa puerta. Es la casa de mi tía Marcela, la hermana de mamá.

Se abre la puerta y aparece mi tío Héctor, su marido. Cuando lo ve, mamá se pone a llorar. El tío Héctor intenta abrazarla. Mamá, con la voz entrecortada por el llanto, le dice:
– No puedo sostener más esta mentira. Pensé que iba a poder ocultártelo pero no puedo. Tenés todo el derecho a saberlo. El hijo que estoy esperando es tuyo.
La sorpresa se refleja en la cara del tío Héctor. No sabe que decir.

– No pretendo que te hagas cargo de nada. No me podría perdonar causarle más daño a mi hermana. No pude evitar enamorarme de su marido, pero no voy a permitir que su vida se destruya por mi culpa. Yo criaré a mi hijo como madre soltera y vos permanecerás al lado de tu mujer como corresponde. Así debe ser.

Héctor trata de retenerla, pero mamá sale corriendo. En ese instante, la oscuridad se apodera nuevamente del lugar.
Pasan diez segundos y una nueva imagen aparece en la cueva. Un bebé en una cuna. Veo sus ojos. No cabe dudas: el bebé soy yo. Y el cuarto, el mío, ese en el que pasé toda mi infancia. Se abre la puerta. Entra el tío Héctor, que también luce muy joven. Se acerca a la cuna, me hace una caricia en uno de mis cachetes y se me queda mirando. Hay lágrimas en sus ojos. Entre susurros me dice:

– Mientras yo esté cerca, nunca te faltará nada. Siempre voy a estar a tu lado, cuidándote y protegiéndote. Te quiero, Facundo.

La imagen se desvanece y la oscuridad reina en la cueva, pero no en mi interior.

Abro los ojos. El reloj del auto marca las 20:46. Me aferro al volante y retomo el control del vehículo. ¿Ha sido un sueño mi visita a La Cascada? No lo se.
A la derecha de la ruta veo un enorme roble, pero no hay rastro alguno del cartel de La Cascada. Suena mi celular. Miro el identificador de llamada. Es el tío Héctor. Contesto el teléfono.

– Hola
– Hola, Facu ¿Me escuchas?
– Si, tío ¿Cómo estás?
– Bien. Te llamo porque hace dos días que tu madre no tiene noticias tuyas y quiero  saber cómo andas.
– Está todo bien tío. Estoy en la ruta, cerca de Posadas.
– Ah bueno, si estás en la ruta hablamos en otro momento. Es peligroso que hables por teléfono cuando manejas. Te mando un beso y después te llamo.
– Yo también te mando un beso.- Hago una pausa, y antes de cortar, no puedo evitar decirle. -Y quería agradecerte por haber estado siempre a mi lado. Te quiero tío, un abrazo.
Luego de un breve silencio, el tío Héctor con el mismo tono de emoción que había escuchado en La Cascada, me dice:
– Yo también te quiero mucho. ¡Cuidate Facu!

Corto el teléfono y pierdo mi vista en el camino. La Cascada le dio paz a mi alma.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *