Entrevista de la poeta Julia Magistratti para la revista de la CONABIP

Entrevista a Elsa Osorio, «Capitana de historias»

por María Julia Magistratti

Elsa Osorio nos recibe en su casa porteña en un invierno frío y nos cuenta acerca de sus temas y su escritura. Nos sumergimos en una galaxia de historias de mujeres apasionadas, combativas; figuras que dieron un paso más allá en una sociedad de varones, que se enfrentaron a los mandatos de su época y en algunos casos, hasta tomaron las armas para defender sus ideales. De su mano también, vamos al encuentro de la historia reciente de nuestro país, a la memoria colectiva y los derechos humanos y la búsqueda de identidad de los hijos apropiados por la última dictadura militar. 

A propósito de su última novela, Mika nos adentramos en la «cocina» de la escritura y además en los procesos de lectura que se le encadenan, los mundos donde se sumerge un autor para contar una historia, la fascinación por los personajes, el tiempo y la dedicación, la política, los talleres literarios y la vida.

¿Cuándo nació su necesidad de escribir?

Cuando se murió mi padre, entre sus papeles encontré unos cuentos míos, uno de ellos lo escribí cuando tenía 8 años. Eran textos  llenos de errores de ortografía, pero me gustó mucho que mi padre los hubiera guardado. Me recuerdo siempre escribiendo, desde muy chica. Dedicarme puramente a escribir sucedió más tarde. Pero siempre escribí.

De su biografía como lectora, ¿cuáles fueron los libros que recuerda como primeras lecturas?

Mi historia como lectora empezó con un libro para niños, no recuerdo el autor,  el libro se llamaba Arte místico y la Princesa. Después, muy rápidamente, a los diez años, ya leía la colección del Séptimo Círculo, editada por Bioy Casares y Borges. Leía de todo, me daba placer sacar libros de la biblioteca de mis padres. La verdad es que no sé si me controlaban mucho las lecturas,  me gustaba esa sensación de lo prohibido. 

¿Cuáles son los autores que marcaron su proceso de escritura?

He leído un poco de todo. Pero creo que Cortázar es el autor que más me marcó y  me sigue gustando.  Es de esos autores que te sigue dando algo siempre.   Otro autor que me marcó, más allá de que ideológicamente me produce un enorme rechazo, es Vargas Llosa. Su novela Conversación en la Catedral,  fue muy importante para mí, es una novela histórica que te da a conocer todo Perú en un solo texto. Lo que siento es que Vargas Llosa es revolucionario a pesar suyo, porque las cosas que hizo con la literatura, con la construcción de las frases, es magnífico. También, por supuesto, me gustan Borges, Silvina Ocampo y Roberto Arlt.  Soy de esos lectores que pasa por momentos de enamoramiento de los autores, de esos que están siempre conmigo. 

La mayoría de sus textos tratan sobre historias de mujeres. ¿Qué le atrae de esas historias?

El libro Beatriz Guido: Mentir la verdad es una biografía. Me interesaba su vida porque fue una mujer que incorporó la política a la literatura.  El libro lleva ese título, porque ella era muy mentirosa, pero como una buena mentirosa, hacia verosímil todo lo que contaba. Solía decir las cosas que el otro quería oír. Por ejemplo, ella decía que Torre Nilsson, su marido, era uno de los mejores directores del mundo, cuando él ni siquiera era conocido. Pero al año siguiente de esas afirmaciones,  Torre Nilsson figuraba entre los diez mejores directores del mundo. Es decir que, en ese sentido, la mentira era positiva. Bioy Casares decía que ella, era en sí misma un género literario. A mí me interesó la biografía de Beatriz por esta historia de la ficción. Porque ella vivía en la ficción, era en sí misma una especie de conjunción de realidad y ficción. 

Mika: vida de una mujer extraordinaria

Elsa Osorio siguió trabajando en historias de mujeres hasta Mika, su último libro, que recrea la vida de Mika Feldman de Etchebéhère, en el que cuenta la singular historia de esta mujer nacida en Moisés Ville, provincia de Santa Fe, Argentina, luchadora y protagonista de los hechos relevantes del siglo XX  que la llevaron al frente de combate en la Guerra Civil Española. Un proyecto ambicioso pero apasionante que le llevó 25 años, abandonado y retomado en varias oportunidades. “Con Mika especialmente yo quería que se supiera su nombre, porque esta mujer nació en la Argentina y terminó siendo capitana en la Guerra Civil Española. Me parecía una buena historia para contar. Mika no perteneció a ninguna agrupación ni partido político. Y quizás esa sea la razón por la cual no haya quedado su vida como legado y que su figura no haya sido reivindicada. Fue una mujer totalmente libre y si hay una palabra que la pueda calificar ideológicamente, es la de antifascista”. 

¿Cómo es el proceso de una investigación como la que realizó con Mika?

Escribir este libro me llevó una investigación histórica de años y años. La empecé en París, que es donde Mika vivió bastante tiempo, ahí encontré sus cuadernos. Todos los papeles y manuscritos que leí, la propia Mika se los había dado a un poeta llamado Víctor Hargan. Él me fue dando muy de a poco la información, desconfiaba. Durante mucho tiempo, cada vez que viajaba a París,  aprovechaba y hablaba con él y me contaba todas las historias de los procesos de Moscú. Por ejemplo, gracias a esos cuadernos entendí lo que era el POUM,  el Partido Obrero Unificación Marxista, donde Mika combatió en tiempos de la Guerra Civil Española. Hice la investigación en distintos momentos. También me llevó por Alemania. En un momento escribí la historia de la investigación, pero después me pareció que lo central era la vida de Mika y  no quería quitarle importancia a las cosas que realmente ella había hecho. Eso es otra novela.  

Dado que Mika era argentina y su vida revolucionaria la llevó a vivir a diferentes países, ¿en qué idioma escribía?

Ella escribía en castellano. Hipólito, su marido también era argentino, pero de familia francesa. Cuando se van a vivir París hablaban en francés. Y después en Alemania hablaban en alemán. Quedé muy fascinada con los relatos de los personajes que ella cuenta en sus cuadernos,  muchos de sus compañeros y amigos hablaban ruso o alemán, todos eran políglotas además de revolucionarios internacionalistas. Los cuadernos que datan de Berlín están escritos en castellano ahí consigna, por ejemplo, que entre ellos dialogaban en castellano para que los alemanes no los entendiesen. Pero al mismo tiempo, hay recortes pegados de revistas en alemán.

Historias dentro de una historia. ¿Cuál es el legado de los cuadernos de Mika?

Victor Hargan me dejó fotocopiar los cuadernos, pienso qué hubiera pasado si yo no los hubiera visto en su momento, porque ahora los originales están perdidos. Mika le confió los papeles a él, pero tampoco es que ella contó todo en esos cuadernos. Por ejemplo, en uno de los textos que leí sobre Alemania, contaba todo lo que iba a pasar el 31 de enero de 1933, cuando los nazis pensaban desfilar en un lugar que se llama “Buroclast” adelante de la sedes del Partido Comunista. Entonces va relatando lo que decían los diarios de Alemania, lo que decía uno y lo que decía el otro.  

Pero después de eso no tengo nada, no sé si es porque ella dejó de escribir el diario o el que le sigue se perdió. Muchas veces, aparecían siglas que yo no comprendía. Cuando terminé de escribir la novela,  reeditaron un texto con toda esa información.  Otra cosa curiosa, que me gustó mucho, es que los cuadernos estaban escritos por ella y su marido, como si estuvieran todo el tiempo juntos. 

¿Qué nos podría contar de esa historia de amor Hipolito y Mika Etchebéhère? 

Hay cosas preciosas.  Hipólito en algún momento estuvo internado porque tenía tuberculosis, y tuvo que pasar muchos meses encerrado.  Encontré  unas cartas que le escribió a Mika en esas circunstancias donde él reflexiona sobre el amor. Porque la vida que llevaban no le permitía reflexionar mucho sobre el amor.  Es una historia de una pareja que se ama y comparte los ideales.  Las reflexiones de ellos sobre el amor son maravillosas. Por ejemplo, ella  pensó que como Hipólito estaba muy enfermo si él se enamoraraba de otra persona  eso lo ayudaría a sanarse de la enfermedad. Entonces Mika renuncia a su amor, pero  él le manda una carta diciéndole que el amor se hace todos los días, y que él la elige todos los días, realmente precioso.

¿Cómo hace ella para llegar a estar en el  frente de batalla?  

Por un lado, en la novela relato la historia de la vida de Mika hasta la guerra y por el otro lado, cuento la guerra. El lector de Mika,  la ve a ella desde que a los 18 años conoce a Hipólito y  en la parte de la guerra,  la va viendo sola. Y al final se juntan en el último capítulo del libro. 

Entonces ella ahí asume el mando, no porque ella sepa sobre la guerra, sino porque  tiene capacidad de decidir. Este punto me interesó muchísimo, desde el lugar de la mujer. Ella empieza en realidad a mandar, porque es la mujer de él. Hipólito fue el jefe de esta columna hasta que muere. Pero  ella toma el mando porque tiene capacidad de dirigir, de tomar decisiones en el frente de batalla. Aquello que españoles dicen, “Mika era una mujer con cojones”, ella lo dejó por escrito. Tenía un gran valor y coraje. En una nota periodística que le hacen,  Mika dice que en la guerra alguien tiene que mandar y que a ella le tocó ocupar ese lugar en ese momento. Como tenía condiciones de mando,  conquistó ese lugar con naturalidad.  Ella conduce desde un lugar diferente al de los hombres, un mando que no tiene nada que ver con la jerarquía militar. 

¿Hay toda una conquista en relación con el lugar de la mujer en puestos de conducción y mando?

-Hay que imaginarse lo difícil que es para una mujer, en el año 1936, mandar hombres. Mika discute con sus compañeros y al mismo tiempo es durísima. Y se va armando de esta forma. Las mujeres  de esa época se incorporaban a las filas y al servicio militar, pero para trabajar como enfermeras o cocineras. Aquí lo interesante es que son sus propios milicianos, los del POUM, los que la eligen  a ella para que sea su capitana. A mí parece que esto es extraordinario porque además de ponerse en el lugar de capitana, Mika coloca a las mujeres todas en otra situación. Sus soldados querían que las mujeres ocupen el mismo lugar de siempre, menos ella, claro. Pero Mika divide las tareas y tanto los hombres como las mujeres pueden zurcir un calcetín o llevar un fusil.  Eso también es muy revolucionario, dentro de la misma revolución. Mika sabe muy poco sobre técnicas y estrategias militares, es extranjera, no está ligada al poder y es mujer, pero su carisma, su talento para comprender a los otros y tomar decisiones la vuelven indispensable. 

Muchas veces -como escritora que rescata estos personajes femeninos tan fuertes, revolucionarios o fuera de lo común-, la asocian a una concepción feminista de la literatura.¿Cuál es su mirada sobre la mujer, sobre el género?

No me considero feminista.  Para mí no tiene que ver con el feminismo, sino que se trata de hechos históricos que tienen que ver con la tradición de mi país. Las Madres, las Abuelas de Plaza de Mayo, las mujeres en nuestra historia, en lo que nos toca vivir, tienen un lugar absolutamente destacado. Ellas fueron las que realmente hicieron frente a todo el horror. Y también es cierto que quizás las mujeres podamos resistir cosas diferentes.  No es una postura feminista, de hecho a mí me interesa mucho una frase que dijo Mika: “Había que ocupar ese lugar y lo ocupé”. Hay lugares que hay que ocuparlos, es bueno en ese sentido, me parece que el lugar de la mujer estuvo siempre postergado y hoy no es así. Por otro lado, no me gusta para nada cuando vemos lo que se supone un avance de algunas mujeres,  por ejemplo, la frivolidad de la moda literaria de las mujeres en el plano erótico.  Y yo creo sinceramente, no desde un lugar pacato sino desde pensar que  todo lo que hemos luchado las mujeres en todos los ámbitos para que vengan algunas a hablar como hombres, desde el lugar cosificado de la mirada masculina. Avance es salir de tus lugares tradicionales, son tus derechos al goce, al trabajo, a la libertad. 

Una novela premonitoria 

Hay historias que pasan a ser literatura, hay obras literarias que hacen historia y hay historias que trascienden el papel y cobran vida.  Los libros tienen a veces biografías propias, destinos reales que sorprenden a sus propios autores. Osorio conoce muy de cerca esta experiencia. Una de sus novelas A veinte años, Luz ha tenido un inimaginable derrotero y confirma aquello que Marguerite Duras relata en su libro Escribir: “El libro avanza, crece, avanza hacia su propio destino y el de su autor, anonadado por su publicación: su separación, la separación del libro, como el último hijo, siempre al más amado”. En A veinte años Luz ficcionaliza los casos de apropiación de niños nacidos en cautiverio durante la última dictadura militar argentina. A Luz se la cree muerta, y nadie la busca. Es ella misma, a los 20 años, quien inicia el camino hacia la verdad. Pero lo paradojal es que Osorio escribe esta historia mucho antes de que la búsqueda de nietos se haga realidad. 

Luz también es una mujer con una historia que merece ser contada… 

Hoy hay muchas Luces, pero en el momento en el que  escribí esa novela no había ninguna Luz. Empecé a trabajar este libro en el año 1996. O sea, 20 años después del golpe,  por eso se llama también A veinte años Luz. Vivía en España y veía todo con absoluto rechazo. Me  pregunté qué pasaba con esos chicos que nadie  busca porque se desconoce su existencia.  Cuando vi el indulto a los militares fue muy fuerte, no lo podía creer. En ese momento, se me ocurrió esa idea y empecé a escribir. Fue en una sola noche que escribí la historia, por supuesto, no la novela. Y cuando me puse a escribirla, yo no sabía hasta qué punto esa historia era mía, no porque me hubiera pasado a mí,  sino que era la historia de alguien. Tuve que meterme otra vez en 1976 y sentí el miedo.  Lo que si fue claro para mí era que consideraba una absoluta aberración el caso de los chicos robados, pero no me imaginaba ni remotamente lo que iba a pasar luego con el correr de los años y en la realidad. 

¿Qué pasó con la aparición de este libro?

Tenía  muy clara la idea de lo que quería contar, la historia de los chicos que robaban sin ninguna complicación. Quería que lo entienda todo el mundo, desde una persona en un  pueblito de Alemania, pero no porque yo pensaba que iba publicar en Alemania, sino porque quería que  alguien que no estuviera empapada con el tema lo entendiera y entonces decidí contarlo fácilmente. Y creo que esta obsesión, esta cosa fuerte que yo tenía con esta historia para que se conociera, más allá de la literatura, tenía que ver con pensar en mi hijo, que nació en el 76. Luz es un personaje totalmente de ficción. En el momento que escribí está historia no conocía a nadie en esa situación.  Armé ese personaje de verdad y me hizo mucho bien. Porque cuando escribís te vas metiendo en la vida de los diversos personajes. El personaje es de otra generación, la de mis hijos. Te diría, además que me contagié el entusiasmo de mi personaje . Luz  es una chica que logra encontrar su identidad. 

Además en estos últimos años han aparecido muchísimos nietos y se siguen buscando…

Tengo la impresión de que hay muchos, porque a donde he ido he visto alguien que se acerca, diciendo: “mire yo he leído su libro y a partir de esa lectura, he indagado sobre mi identidad”, incluso ha habido chicos que me contaron que se acercaron a Abuelas de Plaza de Mayo con dudas sobre su origen… Es verdaderamente impresionante.

¿Y cómo fue recibido el libro?

Cuando terminé la novela, la presenté en España , allí interesó mucho, pero en Argentina no. Corrían los ´90,  me decían que esos temas ya habían pasado de moda. Aún no había pasado en realidad, menos se había pasado de moda. Hasta llegaron a decirme que era un tema periodístico, no literario. ¿Por qué? Porque después de que salió el libro en España, aparece la primera chica que busca su identidad. Y como salía en el diario, era un tema periodístico. Cuando salió en la Argentina, el libro fue una exaltación. Y al final fue editado en 22 países. Cuando presenté el libro en la provincia de Tucumán me pasó una cosa maravillosa. Una chica que estaba en la librería me preguntó si podía leer una carta que le habían escrito los chicos de la agrupación H.I.J.O.S.  de Tucumán a Luz, el personaje de la novela. Fue maravilloso. Trataban a Luz realmente como si existiera. Pasaron cosas muy lindas con este libro. Incluso algo que merece ser rescatado es que mucha gente muy ajena a nuestras historias, me preguntaba “ ¿Qué puedo hacer? ¿De qué manera puedo colaborar?” O sea, sentir que esta historia de robo de identidad es algo que le concierne a mucha gente. Y que mucha gente se sintió implicada, no es que sea una cosa nuestra solamente, es la historia de los derechos humanos, pertenece a todo el mundo.  La literatura te lo permite, permite contar y saber qué pasó.

Pese a vivir en otros países, en la obra de Elsa Osorio siempre está presente la Argentina. Osorio se fue del país cuando se dictó el indulto a los militares y volvió cuando fueron derogadas esas leyes. La condición de ser extrajera me gusta, pero también es durísima. Cuando volví a vivir a la Argentina, y todavía hoy me sigue pasando, hay gente que me considera de afuera.  La verdad es que soy una escritora argentina esté donde esté”, asegura. 

Osorio está  trabajando un guión junto a Benjamín Ávila (director del film Infancia Clandestina); se trata de una miniserie sobre Luz, la protagonista de A veinte años, Luz. Además tiene un proyecto de novela y está investigando sobre un período de la dictadura en el país, “algo preciso y que está bastante olvidado”, dice sin dar muchas más pistas. 

Recuadro 1: La experiencia del taller literario 

Elsa Osorio comenzó a coordinar talleres literarios desde muy joven, cuando hacía poco que había egresado de la Universidad de Buenos Aires como Profesora en Letras. Cree que la experiencia como tallerista es una de las más ricas de su vida, tanto literaria como humanamente. Para Elsa, los libros y los talleres son lo único que es una constante en su vida. Ha dictado talleres en la Argentina, también en España, en Francia y también para hispanohablantes en otros países. “El taller es una tarea que me encanta porque,  primero, tiene que ver con el momento en que empiezo dar talleres. Era el momento en nuestro país donde todo estaba prohibido”.  Sus primeros talleres fueron entonces a puertas adentro, pero luego, “cuando vino la democracia yo hice algunos talleres de narrativa en el Centro Cultural San Martín y fue una experiencia realmente bárbara. Era la posibilidad de hablar, salir a la calle, reunirse.” 

Le gusta dictar talleres porque “es acompañar al otro en un proceso de escritura y en un crecimiento”. Para Osorio cualquiera puede aprender a escribir correctamente, pero el deseo que nos lleva a escribir, a hacer literatura, no lo puede dar ningún taller: “Todo taller literario es un estímulo, la transmisión de conocimientos, técnicas, experiencias de autor, y  asimismo es un lugar íntimo y a la vez social donde una escritura puede expresarse y crecer”.

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