Eleonora Garriga – Los cristales

Eleonora Garriga es guionista y narradora.  Su cuento “Tercero B “ ha sido premiado recientemente en España. “Los cristales” responde a una consigna que surge del cuento “Muchacha Punk” de Fogwill, que trabajamos en el taller de técnicas.

Los cristales

……Llegaría tarde, no es que no lo supiera, pero igual necesitaba ir, caminar esos lugares, nuestros lugares, respirar su aire, buscar la tranquilidad de los tilos, despedirme esta vez.
……Me presenté en el aeropuerto casi con lo puesto, todavía con el ruido de ese llamado telefónico que retumbaba en mi cabeza. Me dirigí al mostrador de Lufhtansa, un pasaje de ida a Berlín – los lectores deben confiar en que por más que no esté escrito todavía, el personaje tiene motivos suficientes para no saber cuándo va a regresar -, ventanilla, una pequeña valija para despachar.
……El vuelo tardaría todavía un par de horas en salir. Tenía tiempo. Un tiempo suspendido que no me interesaba transitar. Me dirigí al salón VIP, mostré mi tarjeta plateada, un trago y los recuerdos que se empecinaban en invadir mi mente de forma prematura. Mi cuerpo me pedía beber más Jagermeister, sabía que no servía de nada ponerse a llorar.
……Me obligué a pensar en otra cosa, lo mejor sería observar a la gente a mi alrededor: distracción, eso era lo que me convenía.  Historias ajenas, destinos diferentes, otros mundos.
……Una familia de chinos o mejor dicho orientales, para no ser imprecisa, discutían – primera observación del narrador, y de mucha gente: los orientales siempre parecen enojados -. Ching Pon (como bauticé a la madre) casi ni respiraba entre palabra y palabra, Ching Pen (el padre) intentaba meter algún bocado casi sin suerte y Ching Pin y Ching Pun (los hijos adolescentes) mostraban sin disimulo su aburrimiento. Quise enterarme algo de lo que hablaban, pero tuve que aceptar que mi dominio del español y del alemán eran insuficientes. La familia no era una opción de modo que continué con mi recorrido visual en busca de un sujeto de más fácil entendimiento.
……En la esquina del salón se ubicaba una pareja poco atractiva: ella era bajita, regordeta, con el pelo bien corto, masticaba no sé qué con la boca bien abierta, y él, bien pegado a ella, sin que le molestara en absoluto el ruido que provenía de la boca que cada tanto besaba. Eran desagradables.
……Para mi desgracia, no había mucha más gente en ese ambiente del aeropuerto y mi copa de Jagermeister no sabía tan mal. Pensé que iba a terminar por embriagarme hasta que la puerta se abrió: Aurelia Benítez – nueva aclaración: esta Aurelia no tiene ninguna relación con la Aurelia del cuento posterior – se adentraba con lentes oscuros y una pequeña maleta con ruedas. Se acomodó en un sofá de la sala en el extremo opuesto al mío, pero no tan lejos como para perderme sus detalles. Tenía varias arrugas, vestía un negro riguroso, las uñas despintadas, comidas, y el rostro sin rumbo. No me había visto, estaba como ausente de todos. Tampoco parecía molestarle el sonido repugnante que producía la regordeta ni los gritos de los orientales.
……Me quedé un buen rato observándola. No sabía si acercarme y saludar o si quedarme donde estaba. Mientras me decidía pedí otro trago. Entre todas las cosas que se me cruzaron por la cabeza cuando llegó la noticia de Berlín – ustedes todavía no deben tener muy en claro lo que pasa, les pido paciencia, los próximos párrafos serán reveladores – jamás imaginé que me reencontraría con Aurelia. Las vueltas de la vida, pensé al ver que esta vez las dos apuntábamos hacia el mismo destino.
……Nos habíamos visto infinidad de veces, pero la última nos cruzamos en la ciudad a dónde viajaríamos esa noche (no necesitaba ver su pasaje para saber que compartiríamos el mismo vuelo). Ella, que prácticamente ya era una alemana, muy instalada en el departamento frente a Potsdamer Platz y yo, que me salía, casi valiente, otra vez con lo puesto. Atrás, en Berlín, quedaban ella y Ulises – quien en este momento se mete de lleno en el cuento -, tan inseparables como cuando se conocieron en aquel bar del centro de Buenos Aires. Eran una pareja increíble, la gente nueva que rodeaba sus vidas no podía creer que llevasen tantos años juntos y aún se tratasen así, yo tampoco.
……En las iniciales páginas aquí excluidas, los dos se habían enamorado y prometido una vida juntos antes del primer amanecer, donde sea, en Argentina o en Europa. Ulises poco tardó en entusiasmarse: ¡Aurelia, me dieron la beca en la Humboldt! No había mucho que pensar, era estudiar en el mismo lugar donde lo hicieran Einstein, Schopenhauer y tantas otras mentes ilustres. Casamiento, trámites para la visa, despedida con familiares y amigos y antes de poder pronunciarlo en el nuevo idioma, dos jóvenes maletas que volaban rumbo a Alemania.
……En los primeros tiempos la vi muy poco. Ellos se instalaron en una pensión del barrio de Friedrichshain. En la habitación apenas cabían los dos, pero poco les importaba. Además la renta era barata, estaba cerca de la universidad y les permitía habituarse a la nueva ciudad. Los progresos no tardarían en llegar: un buen trabajo para Ulises, clases intensivas de alemán para Aurelia, un departamento de cuatro ambientes frente a la memorable plaza, fines de semana en París o Londres, reuniones degustando exquisiteces con amigos extranjeros, veraneos en alguna isla mediterránea. Los años pasaron rápido bajo la sombra protectora de los tilos. Quizás demasiado.
……No vinieron hijos, tampoco parecían extrañarlos, o al menos, nadie jamás lo había sospechado. Salvo por quien les narra: nunca pude olvidar la vez que Aurelia me confesó entre lágrimas y cebando un sobrevalorado mate, que se deprimía con la llegada de cada período. Y así, como un murmurar del silencio, la escuché por primera vez conjugar el verbo volver.
……No sé si Ulises lo intuía o no, pero si acaso percibía un mínimo indicio melancólico, enseguida preparaba una parafernalia de distracción para su mujer: invitaba a sus suegros y amigos a pasar una temporada en la pujante Alemania, pronunciaba discursos con palabras que amedrentaban como corralito, desempleo, riesgo país e inseguridad. Era lo suficientemente efectivo: Aurelia pronto dejaba los mareos y ocupaba su pensamiento en busca de  sinónimos de permanecer. Pero yo no olvidaba sus confesiones y tampoco  podía abandonarla en aquel engaño. Era complicado y doloroso, y pese a los ánimos que me daba, no me tragaba su receta para seguir. Reconozco que más de una vez se las ingeniaba y me evitaba.  Armaba laberintos donde ni siquiera podía entrar, cerraba todas las ventanas, el silencio estaba invadido por música ligera y los espejos se ocultaban: ya no se miraba.
……Por mi parte, yo no tenía muchas opciones y las salidas se achicaban. Comencé a desesperarme cuando la autora de este relato intervino y me ofreció una vía de escape: me mudaría a otro cuento, aunque sea por una temporada. No me prometió una vida nueva ni olvidarme de los sentimientos, pero al menos era un alivio por un tiempo. Hasta que hoy sonó mi teléfono. Primero pensé que mi alemán ya no era tan fluido, pero la reiteración de la noticia no dejó dudas: Ulises se había ido.
……No sabía bien cómo hacerlo, pero necesitaba volver a narrar esta historia. Guardé algunos recuerdos en la valija y un taxi me llevó hasta Ezeiza. Ya no podía seguir oculta en otras páginas, tenía que reencontrarme con mi historia, con Ulises y con lo que en Berlín quedaba de mí.

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