Susana Pezzutti

Susana Pezzutti estudió distintas carreras, pero lo que le interesa es escribir. Hace tiempo que trabaja en mis talleres, con constancia y buen humor. Tiene una curiosa idea : a ella no se le ocurre nada, no sabe qué contar, pero semana a semana, nos lee sus cuentos. «El relato» responde a la consigna de narrador en segunda persona. Lo escribió en el 2013, pero me llevó tiempo convencerla de publicarlo.

El relato

Pusiste un gran empeño en contar tu vida, en describir cada detalle. Podrías tomarnos lección: a tus hijos, a tus nietos, a mí, a los pocos que poblamos tu camino en tantos años. Y ahora que me piden que no deje de hablarte se me ocurre contarte tu vida. Tu orfandad, la guerra, tu viudez prematura.

Te hablo ahora que decís que estás sola, que vas a ir a la policía para denunciar el abandono de persona, aunque todos estamos acá. Ahora que decís que no tuviste padre, cuando la que murió a tus cuatro años fue tu madre y te criaron tus tías, tus tías políticas, tu abuelo. Tus tías que se peleaban por no tenerte, que te llevaban de visita a otra casa y de pronto te dabas cuenta de que ya no eras una visita, sino que esa sería tu casa por un tiempo, hasta que esta tía se cansara de cuidar a la huérfana y otra visita a otros tíos… y  todo volviera a empezar. Pero a los trece tuviste suerte porque tu papá se casó otra vez y aquella mujer, a la que tus tías le decían la bruja, no fue ninguna bruja, fue la madre que conociste, la que cambió sus sábanas de hilo por papas en la guerra, para que vos y tu hermana nueva, tu medio hermana, comieran. Porque no había hombre en tu casa, tu papá ya se había venido a América para llamarlos después. Era el treinta y seis, cuando empezó la guerra civil en España. Allá se quedaron y pasaste la guerra (los militares marchando por la ruta de Francia, sentir el viento de los obuses, el refugio en la montaña, las sirenas) y después la posguerra (mucho peor, más hambre que en la guerra).

Los médicos ahora ponen nombres a tu estado mientras estás dormida, despierta, perdida en tu relato preguntando por José, por tu mamá, por tu hermana. Todos muertos. No conocés a nadie pero los médicos insisten en que te hablemos, que vas a volver.

Mejor te cuento de la estación a la que ibas con tus amigas de corte a ver pasar el tren. Y te explico cómo del tren bajaron unos ojos azules una tarde y otra tarde y vos, zapatos de tacón en el andén, no fuiste Penélope y te quedaste con los ojos azules de José para casarte con él, para por fin venir a América, para tener tus hijos. Para dejar la miseria y la desdicha en España. Y ahora abrís los ojos y me mirás. ¿Te gusta? ¿Estás volviendo?

Y si estás volviendo no te cuento lo poco que te duró José. Y menos voy a preguntarte si es tan cierto que lo único bueno estuvo con José. ¿Te acordás del calamar relleno? ¿Y del brazo de gitano? De cómo me diste paso a paso las recetas de tu España cuando decidiste no volver a cocinar. Así no, nena, las claras batidas más firmes, el perejil cortado más chiquito. Sin importarte que yo tuviera veinte años y fuera la novia de tu hijo, de tu hijo varón que no querías largar y al que ahora ya no tenés reparos en llamarlo José, aunque sus ojos son marrones. Del hijo que está harto de la tristeza de tu relato. Te aseguraste de que tu hijo comiera bien: Poné unos mejillones para decorarlo. La crema puede ser pastelera o chantilly. Y abrís otra vez los ojos.

Entra una enfermera a controlarte. Enciende todas las luces. ¿Cómo estamos, abuelita? Tan despabilada la enfermera a las tres de la mañana. Y me manda afuera. Al pasillo vacío y oscuro. Me gustaría tomar una Coca. Me gustaría desconectarte de tanto cable. No tener que seguir hablándote. Terminar de coordinar los reemplazos para acompañarte. Ponerle un punto final al relato.  

 

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