El Hombre de los ojos grises

Escrito para la antología de LiteraturRaum

EL HOMBRE DE LOS OJOS GRISES

Al hombre de los ojos grises lo encontré en el tren que me conducía al aeropuerto de Schönefeld. Llevaba casi un mes en Berlín caminando por los renglones de mi novela, corrigiendo una palabra al observar una esquina, una frase en el patio de un edificio de la Mülakstrasse, donde haría vivir a mis personajes en 1932, cuando decidí hacer ese viaje. No quería abandonar la historia, sólo escaparme un par de días, volver a mi vida en el siglo XXI , ver amigos, ir a una fiesta, comprarme un vestido o un GPS.  Descansar,  y recuperar así el control del libro que parecía estar perdiendo en la búsqueda extraviada del Berlín de mis personajes.

Porque lo que yo cuento, recreo, compongo, ¿imagino ? en la novela está basado en una suerte de diarios discontinuos escritos en los años treinta, papeles sueltos,  agendas a las que le faltan hojas, cartas, documentos varios que fui encontrando a lo largo de una prolija investigación. Mi personaje, Mika,  y su compañero, Hippolytte, son reales, existieron  más allá de mis escritos y de los suyos. De ahí que abandonarse a la imaginación resulte un placer descomedido.   Aunque sé –lo sabía antes de cruzarme con el hombre de los ojos grises – que no hay posibilidad de memoria sin imaginación, un excesivo respeto a la vida de mi personaje me tenía presa de pies y manos a una historia que crecía, como un cuerpo extraño, en todas direcciones, convirtiendo mi vida en una vida vicaria de mi personaje, Mika. (Él, aunque no poco importante, no es el personaje principal de mi libro).

El capítulo diez, donde recreo la experiencia en Berlín en 1932 y 33, lo había escrito tiempo atrás, pero no estaba conforme  con el resultado. Lo había dejado así,  inconcluso, detenido en esa ristra de datos  baldíos de emociones, articulados en frases enclenques, y había avanzado a otros capítulos en los que me sentía más confortable. Algún día lo resolveré, me decía vagamente, para escabullir la náusea que me provocaba ese texto abortado.

Cuando me invitaron a esa residencia de escritores en un hotel de Berlín, no tuve ninguna duda de que era la historia misma (¿o era él?), quien me llamaba. En Berlín iba a reescribir y terminar el capítulo. Una de esas certezas que corcovean bajo la piel sin reflexión alguna. Como si ese avión atravesara no sólo la distancia Buenos Aires- Berlín, sino ese conjunto afanoso de hechos  que sucedieron desde octubre de 1932, cuando ellos llegaron, a octubre de 2009, cuando yo llegué. Como si mis personajes estuvieran esperándome en el aeropuerto para meterme de lleno en sus circunstancias, sensación que no me abandonó cuando me interné en la vanidosa memoria de Berlín.

Al principio recorría la ciudad siguiendo las pistas de sus cuadernos y mis investigaciones: la estación de tren a la que llegaron desde París, el barrio donde se instalaron; me aventuré más tarde por lugares nunca mencionados en sus manuscritos pero en los que  podía reconocer el escenario de algunos episodios  que, día a día, se poblaban de detalles, de sonidos, de aromas.  De entusiasmo y de miedo. Yo apartaba cualquier rasgo posterior a los años treinta, los cuadradotes soviéticos  tan invisibles para mí como la osada transparencia de la arquitectura moderna, y recuperaba en un edificio, en un balcón, en un puente, en un patio  la atmósfera tensa y cargada de presagios en la que vivían mis personajes, con el nazismo mordiéndole los talones.

Era lo que fui a buscar a Berlín, la posibilidad de terminar de una vez por todas el conflictivo capítulo diez, pero sin embargo una tarde (justo después de inventar una absurda pelea entre ellos) entendí que era necesario alejarme de esas calles cargadas de recuerdos ajenos, de esos puentes y plazas impregnadas de las pasiones que sacudían a mis personajes. (Quizás la pelea ,esa frivolidad, esa pequeñez, haya sido sólo una manera de relajar la tensión de tanto hecho trascendental que contar. O una vil excusa que yo  misma inventé). Pero curiosamente, no fue el lugar donde fueron agredidos por los SA, ni esa fábrica abandonada en Wedding donde tenían sus reuniones secretas, ni sentir su miedo, su desesperación, lo que me alarmó, sino un episodio sin la menor trascendencia histórica. A menudo es en los detalles sin importancia donde se nos revela algo esencial.

Justo antes de cruzar el puente, lo que había empezado como una discusión insustancial entre mis personajes, más producto de la tensión de los acontecimientos que de una verdadera desavenencia, creció a una pelea fea. Mika estuvo mal, juzgué implacable yo, por muy nerviosa que estuviera ¿cómo se atrevía a hablarle así a Hippolyte? ¿cómo, en medio de esas circunstancias graves, podía ponerse celosa porque él había hablado rato largo con una rubia? Absurdo.

Lo que acababa de ver no estaba en ningún documento, ni diario,  y no tenía por qué contarlo, pero es en lo que me afané en cuanto llegué al hotel Bleibtreu, donde me alojaba, poniendo en peligro no sólo el capítulo 10 sino el libro entero. ¿Qué estaba haciendo? Sin cerrar el archivo donde mis personajes tenían una pelea indigna de ellos mismos y de las graves circunstancias históricas que dieron cuenta en su cuaderno, me metí en Internet y compré un pasaje a París para el día siguiente.

Lo dejé a él en silencio, sin contestarle una palabra, dolido,  al día siguiente debía  marchar a una misión con los camaradas, y ella,  como si no fuera mi heroína, como si no hubiera vivido todo lo que cuento hasta el capítulo 10 y los posteriores, que ya había escrito: que se fuera no más y que no volviera, que estaba harta , y me parece-no lo sé porque no he tenido el coraje de abrir ese archivo, remordimiento, pudor- que hasta le reprochaba la vida de locos que llevaban persiguiendo la revolución. Un horror.

Me informé en la recepción del hotel sobre los horarios, los tiempos,  y las combinaciones para llegar al aeropuerto de Schönefeld donde debía tomar el vuelo a Paris.  Me asombré una vez más de la precisión de los alemanes. En Zoologischer Garten, sin embargo, tomé un tren que no estaba anotado en la puntillosa lista, pero que se anunciaba  directo al aeropuerto, sin trasbordo alguno.

El tren estaba casi vacío. El subió en la Alexander Platz. Me llamó la atención ese sombrerito plantado sobre su cabeza, tan de otra película. Algo más abajo, me topé con sus ojos grises. Esos ojos grises que yo había leído primero en el prólogo de Mika al ensayo de Hippolyte Etchebéhère, sobre Alemania justamente. Esos ojos grises que me miraron largamente desde la foto que saqué de Internet, imprimí y colgué en mi biblioteca en Buenos Aires.

¿Un nuevo amor? me había preguntado un amigo indiscreto señalando la foto de Hippo, y yo, escandalizada: Qué decís, es la pareja de mi personaje, y como si no bastara: Murió mucho antes de que yo naciera.

Y si así era, ese hombre no podía ser Hippolyte, pero cuánto se parecía. Me estaba yendo de Berlín para alejarme de mis personajes no para encontrar a uno en el tren al aeropuerto. Las personas no son como los edificios o las plazas, que permiten descubrirlos detrás de las cáscaras del tiempo.

De Hippolyte Etchebéhère sólo queda su apretada letra en los cuadernos, sus notas de lectura, las cartas, las pocas menciones a él  en algunos libros de historia, su ensayo sobre la derrota del proletariado en Alemania,  un par de fotos, un sobrino que vive en Madrid, lo que su mujer escribió. Y la obcecada rareza que tengo de seguir toda huella suya, de darle vida, de hacerlo presente. Para escribir sobre Mika, leer todos los libros que su pareja menciona en sus apuntes fue un empeño desmedido. Pero no importa, siempre hay una buena excusa para leer, no así para andar mirando fijamente a un señor en un tren sólo porque tenga los ojos grises, como Hippolyte.

El no parecía extrañado, ni molesto, me sonreía francamente, invitándome a proseguir las promesas de mi mirada. Para eludir responsabilidades, busqué el libro en mi bolso. Las cartas de Flaubert. El corazón me saltó, como si hubiera sido pescada in fraganti. Lo había pedido a una biblioteca, para releerlo a partir de una nota de Hippo, y  sin pensarlo, lo puse en el bolso. Era raro, iba a sospechar, quién se lleva un clásico a un viaje. Pero qué le importaba a un desconocido lo que yo leyera.  Lo abrí y fingí concentrarme.

Entonces me sorprendió su voz. El hombre de los ojos grises no había hablado hasta entonces, tampoco yo había escuchado nunca la voz de Hippolyte. Él era sólo palabras escritas,  la imagen de su foto, hechos evocados, ideas, acción, mucha acción, razonamientos, pero no sonidos,  no me había imaginado su voz en modo alguno. Un frío recorrió mi columna, y supe que era  ¿es? su voz. Grave, diáfana, melodiosa.  Una voz que anima y calma. (Debo hacerlo hablar así en mi novela, me ordené)

–  ¿Le gusta Flaubert?

Natural que se dirigiera a mí en francés, puesto que yo estaba leyendo en francés. Pero  ni siquiera me consultó, tampoco cuando más tarde, a propósito de Horacio Quiroga, hablamos en español. Lo sabía.

-Sí, mucho.

Me escuché decirle una frase que me sonó levemente a plagio,  ¿era Hippolytte quien la había escrito en sus cuadernos o en alguna carta a Mika? ¿o era yo quien la había escrito en esos papeles que-locamente- se le dirigían?

En su sonrisa luminosa vi  cuánto apreciaba mi comentario, y los que siguieron. Porque de Flaubert pasamos a Balzac, a Unamuno, a Quiroga, a Maupassant y hasta a Henri Barbuse me animé, aunque sabía que en el 32 hacía rato que él estaba a la izquierda de Barbuse, no como en 1920, cuando era toda su admiración.

No podía ser Hippo, pero si acaso era, yo conocía todas sus lecturas, las que había hecho y las que haría. Era fácil. No me detuvo el resquemor de estar haciendo trampa, más fuerte era mi imperiosa necesidad de seducirlo,  y dejarme seducir por su radiante personalidad, por su lucidez, por su simpatía. Ese aroma sutil que irradian los que luchan por sus ideales. Esa masculinidad sin recovecos y sin impostura. Magnífico.

Yo quería que él me eligiera ahí en ese tren, en ese instante, sin pasado, sin futuro, entre todas las mujeres de todos los tiempos y todos los lugares para barrer toda sombra de infelicidad del mundo. Y escribirlo. Lo deseé con un furor que ya no recordaba. ¿Exagero si digo que en esa conversación en el tren me enamoré de él?

Tampoco sé si fue de él, y podría sospecharse que esa súbita pasión que se desató en mí por el desconocido del tren tenía una larga historia que yo no había admitido hasta entonces. Como explicar de otro modo esas páginas que le dirigí respondiendo a sus comentarios de lecturas con los míos. Tinta azul sobre un papel color crema que elegí con esmero (no iba a escribirle a Hippo en la computadora) Ni sus lecturas literarias ni las mías iban a formar  parte de la novela, de modo que no hacía falta guardarlo en archivo alguno, pude permitirme el  puro placer de escribir a mano, escribirle porque sí, de puro gusto no más, porque necesitaba hacerlo, como esa noche, ya tarde, después del tableteo de la metralla que lo parte , apagué la pantalla, y lloré en letras azules sobre el papel color crema que había comprado para él.

¿Cómo admitir esa extraña afección sin escándalo? Escándalo de fechas y lugares, pero sobretodo escándalo porque él es-no era, es hoy y culpa mía que lo escribo y lo hago presente – el compañero de mi protagonista, Mika, la capitana.  Y no puedo omitirlo en su epopeya.

Esas cosas no se hacen. No. Inventar una pelea en la que mi personaje  queda  mal para relacionarme con su amor sin trabas -y sin culpa- en un tren, setenta y siete años después, no está bien. Tampoco exagerar: sus cenizas están en el Sena, y las de él, perdidas en el campo de batalla de Atienza, hace añares.  El  tren, a finales de octubre de 2009, me daba una oportunidad y yo no iba a desperdiciarla. O al menos eso pensé en el momento.

Yo caminaba, como una avezada equilibrista, sobre el hilo de los libros compartidos, sabía que si me apartaba, podíamos caer al agujero del tiempo. Ni quiénes éramos, ni de dónde veníamos, ni los acontecimientos históricos que nos rodeaban, ni el aeropuerto de Schönefeld al que nos llevaba ese tren,  ni las circunstancias de nuestras vidas. Ni siquiera con la literatura podía descuidarme, había libros que él- si es que era él- no había leído, que aún no habían sido escritos. Sin embargo, cuando dijo eso de los escritores, resbalé:

– No es impudor ni vanidad lo que nos lleva a escribir, como usted sostiene, sino necesidad.

A él no pareció  sorprenderle que yo escribiera. Como si saberlo lo hubiera acercado, me tuteó:¿Escribes sobre nuestra época?

Cuál época, me hubiera gustado preguntarle. Buscaba una frase prudente, lo suficientemente ubicua como para adaptarse a un amplio registro temporal, cuando me provocó:

– ¿Escribirás sobre mí? – el brillo en sus ojos tachó la mañana nublada- ¿Sobre nosotros?

No estoy segura de que fueran preguntas, no parecía esperar  mi confirmación. ¿Nosotros? Un leve temblor me sacudió. Tuve vergüenza de haber leído sus cuadernos, sus cartas.

Pude preguntarle a Hippolyte Etchebéhère ( que qué hacía en ese tren) si  aprobaba , si me autorizaba, si quería sugerirme o develarme algo para la novela. Pude preguntarle a ese hombre de hoy (que quién sería y cómo sabía) si me estaba jugando una broma pesada. Pero no tuve tiempo porque él se puso de pie, sonrisa espléndida, me hizo una leve inclinación de cabeza y se despidió:

–       Me bajo. Adiós.

–       Adiós- le contesté con una calma que estaba lejos de sentir- Fue un placer.

–       También para mí. Suerte.

Lo vi alejarse hacia la puerta del tren con morosidad, un corto trecho que lo ponía en un camino que yo ya no podría detener. A toda velocidad, con feroz  nitidez, se sucedían  las imágenes de su futuro: el dolor de la derrota  y la huida apresurada de Alemania, palabras anudadas sobre el cuaderno azul, el grupo de oposición en París, calles caminadas a montones, siempre ella amándolo, una tos fuerte y sangre, largos meses en el hospital,  lecturas, cartas y esos kilos que tanto le costará aumentar, Madrid, la revolución por fin, las armas, su alegría, el sonido cruel de la ametralladora. Basta.

Una inmensa congoja que no pude más que resolver en llanto. El se dio vuelta, sorprendido, volvió sus pasos, se paró frente a mí, me miró con infinita ternura y me acarició la cabeza.

Si fuera un personaje inventado, o un hombre real, no me hubiera importado alterar el texto ni la vida, pero él nació, vivió, amó, luchó, no cejó hasta el final, y yo no tenía ningún derecho, ninguna posibilidad de modificarlo.

Me limpié las lágrimas con la manga :

–       Vete.- Y balbucée una promesa que tal vez cumpliría- Nos veremos.

Me juré que nunca más me involucraría con  un personaje cuyo destino ya estuviera trazado de antemano, mucho menos si su compromiso con mi  protagonista y con sus circunstancias históricas se anteponían a mi deseo. Un llanto seco, de impotencia, me sacudía cuando la puerta del tren se abrió para dejarlo ir.

Estuve a punto de estropearlo todo, cuando escuché su llanto abierto,  desde la esencia misma del dolor, y me acerqué a ella. Me sorprendió, nos habíamos despedido con calma, sin gestos estentóreos, como si la mujer del tren supiera lo que yo había inventado a partir de su imagen y estuviera dispuesta a cumplir su designio: escribir sobre nosotros.

Lo inventé aun antes de saber que escribe. Quizás en el mismo momento en que me atraparon sus azules ojos asombrados, fijos sobre mí, apenas dejar atrás la Alexander Platz. Aunque me cohibía su admiración, no esquivé su mirada, se la devolví y le sonreí. Una mujer atractiva, con una elegancia natural que contradecía su estrambótica vestimenta. Me gustó. Y más cuando abrió el bolso y sacó Flaubert.  Las cartas que yo leí el mes pasado. Qué casualidad. Fui yo quien inicié el diálogo y pronto me deslumbró con la agudeza de sus comentarios y su amor por la literatura. La coincidencia de nuestras lecturas era extraordinaria. Montado en su entusiasmo, concebí el personaje: alguien como ella, pero en otra época, una mujer del futuro, inmersa en un mundo diferente, más justo, al que nuestras luchas conducen.

-A mí me  gustaría escribir- le dije- pero no puedo, no tengo el impudor ni la vanidad de la gente que escribe. Un instinto irresistible me lleva a ocultar mis emociones.

Su apasionada reacción no hizo más que confirmarme el personaje. Así me confesó-porque no lo contó, lo confesó- que escribe. Con esa convicción para defender lo suyo, con esa fuerza y esa sensibilidad, quise que escribiera nuestra historia.

Le dije un par de frases más, que ella, perturbada como estaba, no pudo responder, y me despedí. No podía sostener más tiempo esa charla sin sucumbir a esa mirada –admirada y temerosa- que me proponía quien sabe qué extraordinarios senderos, pero no los que yo había inventado sobre su imagen. Por eso me fui. Y aunque su llanto y la conmoción que yo le producía  me hicieron recular, no me permití más que una caricia a su pelo. Ella misma, al borde del abismo al que estábamos por caer, entre lágrimas, me dio coraje: Vete, nos veremos.

No soy un seductor, ni un creador, soy un hombre de acción, y sobre la mujer del tren, por primera vez en mi vida, había creado un personaje consistente, y no quería arriesgarlo. Que escriba, nada más. Y nada menos.

El tren se detuvo, las puertas se abrieron y salí.

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