Cuento «Ella y yo» de Irma Carbia

Irma Carbia es Profesora en Letras (Universidad del Salvador) y lleva diez  años formándose en distintos talleres. Y escribiendo. Irma forma parte del taller de técnicas. No hay cuento que no le suscite una interpretación. Sus cuentos y su  aporte crítico enriquecen el taller. Compartimos hoy “ “Ella y yo”

ELLA Y YO 

No sé por qué el dolor. Es la espalda, el brazo, un pie, el período que se anuncia con su cuota mensual de padecimiento.  El miedo sobreviene en forma inmediata, el sufrimiento, la enfermedad, la muerte, pero mi vida rodeada de una familia, una pareja.

Ella está sola y siente miedo. Me parece que le están pegando. Le duele, mucho. Es como un castigo, por qué la castigan tanto, qué hizo. No sé qué hizo. Está sufriendo.

Lo que estoy pensando o sintiendo me pasa a menudo, no acierto ni el momento cuándo me va a pasar ni el por qué.

Otra vez una paliza despiadada, el lugar oscuro, húmedo, ya casi no siente, sus piernas están adormecidas, le falta el aire, es un cuarto muy chico, no hay ventilación. No puede respirar, le pasa siempre lo mismo, esa opresión en el pecho. Y estoy con la ventana abierta.

Empiezo ya a sentir pena. No sé de quién. Golpeándola otra vez, ese lugar, la humillan, la lastiman.

Ahora estoy tarareando todo el día, lo tengo metido en la cabeza, ¨para la libertad/ sangro, lucho, perduro y muero¨. Serrat  es único, el Nano… y Miguel Hernández… qué tema. Vuelve, vuelve, constante y porfiado. No puedo no sentirlo, está ahí hiriéndome los oídos incrédulos.

Ella escucha música, no es nada agradable, muy estridente. No le gusta esa música, yo creo que sabe.  A veces se oyen gritos, gritos desgarradores, y la música sigue sonando. Qué extraño todo eso, no entiendo. Y ella también grita, de horror, teme.

Hoy hay una fiesta, el cumpleaños de una amiga, vino, empanadas, pero a ella le traen   siempre lo mismo: una sopa, pan; a veces tiene mucha sed. Abren y cierran con fuerza una puerta pesada, de hierro y le duele por ellos, entonces, pero sigo comiendo empanadas con todos, me río de los chistes un poco verdes, me harto de historias de colegios de monjas que no fueron los míos.

Le preguntan por otras historias, ella no las conoce, cien, mil veces le preguntan, no lo sé, es verdad, grita.

Yo siento, o pienso, no sé, no entiendo por qué me pasa esto y cada vez más seguido. Una vez más ahora, aquí en otro cumpleaños odioso. A veces creo que solo lo pienso y me gusta seguir pensándolo. Hilvanar una historia que no conozco.

Ella está acostumbrada a una  oscuridad  atroz, casi no se ve a sí misma, ni a su panza que solo puede tocar, acariciar, sentir que va creciendo.

Me parece que está en un lugar ominoso, repudiable, es una prisionera y aguanta lo que puede, muchas veces no puede. Aparece seguido y en cualquier lugar en el que yo esté. Estoy preparando exámenes, me desespera, me dispersa, necesita ayuda, tiene miedo, está sola y tiene mucho miedo, ¡su panza!.

Voy a tener que dejar de pensar en todo esto, no voy a poder rendir ¿dónde estará?

Se lo pregunta muchas noches en vela. No imagina qué lugar es, la trajeron encapuchada. Yo tampoco lo sé. A veces sí sabe que van a volver a preguntarle lo mismo cuando le vuelven a poner la capucha y la sacan y camina y camina,. ¡No sé nada! Es muy sórdido todo, no puedo ayudarla. Ella se da cuenta de dónde está poco a poco, tiembla de horror y pánico, no puede salir, lo sabe. Se le acalambran las piernas, no puede mover un músculo, por qué está así, qué mal, qué angustia siente.

Yo tengo que terminar de estudiar para mi examen, me duele la panza, sigo sin saber dónde está ella, a la que le duele.

Se me aparece de pronto una avenida, ancha, un edificio blanco con jardines. La bandera nacional izada en un mástil. Pienso que está ahí, no sé dónde, la están castigando, es inaguantable, se mezclan los dolores. Es joven, no se resigna, grita, no le hacen caso.

Tengo que ir hacia esa avenida, pienso en medio del examen, ya sé que tengo que ir. Cuando veo el edificio, el silencio va adueñándose de esa hora crepuscular de un verano más que muere. No sé cómo entro, no sé cómo llego, voy primitivamente hacia el dolor que huelo como perra herida. Ahí la veo, tengo que estar, le tomo la mano  que me espera, se aferra y yo a ella, somos una, lo siento, no puedo soltarla no quiero soltarla. Con el último grito cae desmadejada en la triste camilla. Nos apretamos aún más las manos, nos abrazamos.

Una gorra, unas charreteras, y el bebe en esos brazos infames , desnudo, llorando. ¡No! ¿ Adónde lo llevan? Gritamos, grita, grito…

Se deshace nuestro abrazo. No está más, desaparece.

Estoy sola. Entera, sin sombras. Soy yo mi dolor.

Cruzo la avenida. Sigo caminando la vida.

                                                                                                     Irma Carbia

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