Telam. Entrevista por Milena Heindrich.

Por 11 diciembre, 2017Doble Fondo, Prensa
En su última novela, «Doble fondo», Elsa Osorio construye una trama que tiene a la última dictadura militar como escenario histórico para seguir la pista de una militante secuestrada en la ESMA que mantiene una relación con su torturador, una historia que ondula entre pasado y presente y la Argentina y Francia para volver sobre el tema de la memoria.
Juana Alurralde puede ser también Marie Le Boullec, la militante o la médica de urgencias, la protegida de un marino que camina por las calles de París pero que sigue detenida en el centro clandestino donde fue secuestrada con su hijo, la mujer que quiere vivir y que otros vivan, aquella que pasa sus días con la angustia de que la reconozcan, la que sabe que en el horror gustar tiene más que ver con la ausencia del dolor que con el amor.
El ejercicio de esta monumental novela de Osorio (Buenos Aires, 1952) es pendular entre un pasado doloroso y un presente lleno de secretos en busca de las huellas de esa mujer que de la ESMA es obligada a trabajar para el Centro Piloto de París, un organismo estratégico internacional de la dictadura que buscaba contrarrestar lo que los represores llamaban «campaña antiargentina».
Con alguna referencia literaria, como la de «La Cautiva», y una investigación que aporta al contexto histórico, «Doble fondo» (Tusquets) practica una literatura que atenta contra el olvido a partir de la construcción de una trama en clave policial sustentada en hechos y personas reales -Emilio Eduardo Massera, Elena Holmberg, Alfredo Astiz- y personajes ficticios inspirados en testimonios.
Osorio escribió este libro de casi 400 páginas en tres residencias de Francia. La distancia le permitió despojarse de la cotidianidad y sortear de otro modo la angustia de este tema que hace tiempo la interpela, como ya lo hizo en su primera novela, «A veinte años, Luz» (1998), donde abordaba la apropiación de nietos durante el terrorismo de Estado. 

– Télam: La memoria es un tema recurrente en tu obra, ¿qué aproximación te permite la literatura cuando se trata de experiencias vinculadas al horror?

– Elsa Osorio: Primero que nada escribo por una necesidad de escribir. Pero es cierto que estas cosas no las escribo porque sí, tiene que ver con mi historia, mi militancia con los derechos humanos. Con «A veinte años, Luz», que todavía no había sucedido que un nieto se buscara a sí mismo, decía que no me movía nada. Sin embargo, mientras la escribía empecé a sentir la fuerza, como una obsesión, de querer que en la Argentina se supiera que se habían robado chicos. Ahora sí, pasados los años, creo que la recuperación de la memoria colectiva es importante, pero no me gusta hacer una literatura con el dedo en alto de lo que hay que hacer. De hecho, mis personajes son bastantes contradictorios.

– T: Ahora te metés con la relación de una alta oficial de Montoneros detenida en la ESMA con su torturador, con quien desarrolla un vínculo que comenzó a cambio de salvar a su hijo y sobrevivir. ¿Quién es este personaje?

– E.O.: Es una mujer en una situación difícil, ella misma se cuestiona todo el tiempo, yo quería hacer un personaje con toda esa complejidad. Se sabe que hay muchas que no colaboraron como traidoras. Mi personaje no delata a ningún compañero. La situación de tener un hijo me parece que es bastante determinante: ¿qué no harías? Pero mi intención no es justificar nada, es contar una historia en la que yo misma me veo envuelta con todas las contradicciones, porque no estoy de acuerdo con todo lo que escribo.

– T: En la novela aparecen personajes ficticios y reales, ¿cuándo hay margen para la ficción y para la realidad cuando se trata de un tema que te interpela ideológicamente?

– E.O.: Fue una decisión llamar a los máximas figuras por su nombre. Pero en las segundas líneas elegí la ficción. A mí me gusta componer, inventar los personajes. El «Rulo», por ejemplo, es un conjunto de represores, podría decir que más especialmente de Radice, Donda, Cavallo… Y en el caso de la protagonista son muchas mujeres, testimonios, historias… La lectura de dos novelas: «El fin de la historia» de Liliana Heker y la espantosa «Noche de lobos» de Abel Posse, que me parece repugnante. Al no inspirarme en una sola persona, tengo libertad para la imaginación.

– T: En un tema tan comprometido ¿qué cosas no te permitís?

– E.O.: Intento no poner mis ideas, digamos, yo no soy ni remotamente mis personajes, pero me importa mucho lo verosímil. Sí creo que mis valores están representados en el sentido de las víctimas: estas mujeres son víctimas, ahora después lo que hacen en la vida es otro tema. Si bien no creo ni creía en la lucha armada, no tengo dudas en que estoy del lado de los que fueron combatidos. No creo que haya dos bandos, ni Teoría de los Dos Demonios, ni que haya sido una guerra.

– T: ¿Y cómo reaccionás cuando se reflotan discursos prodictadura?

– E.O.: Hace poco tiempo tuve una situación así y sentí miedo, pensé que no iba a volver a sentirlo. Yo digo que no creía en la lucha armada pero estoy en ese bando, soy una sobreviviente, estoy viva pero podría no estarlo. Siempre tuve esa conciencia, y la obsesión de algún modo con la memoria en lo que escribo tiene que ver con eso. Con cada libro digo que es el último que escribo sobre la dictadura y nunca lo es. Bueno, para mí un escritor lo es de su tiempo.