Un día de estos me alquilo una bici

Por supuesto los museos, de tal variedad y magníficos, y los monumentos, y la ópera, y tanto para ver en esta ciudad. Pero en Berlín hoy lo que me permite sumergirme y palpar esta sociedad, confundirme con los otros, y ser, por un rato, una habitante más , son sus medios de transporte. Me inicié con el S-Bahn al día siguiente de mi llegada. Ese tren que atraviesa la ciudad inventando pintorescos puentes, esa suerte de metro por arriba, que permite mirarlo todo y no perder tiempo, es mi preferido. Desde Savignyplatz hasta la Alexanderplatz es pan comido, aprendí todos los nombres. Ah, esa alegría sin recovecos que se apodera de mí cuando reconozco, desde un metro, un autobus, el nombre de alguna de las estaciones de esa línea, es como el aroma de la comida casera, la calidez de un fueguito en una tarde fría. Con el U-Bahn (el metro) me aventuré un poco más tarde, al cuarto o quinto día. En sus subterráneas arterias no me siento tan segura, he tenido que buscar un recorrido alternativo – la línea 1 se cortó – y no fue fácil, subí y bajé varias escaleras, recorrí largos corredores, pero al final logré llegar adonde quería. Y los M-autobuses – para cortos trayectos y hasta un tren a las afueras me tomé. Que no se me quite mérito, porque una cosa es caer en la Karl-Marx-Strasse, o en la Rosa-Luxemburg-Platz que hasta da risa, y es tranquilizante, y otra muy distinta es caer en esas calles de nombres larguísimos de pronunciación casi imposible. Aunque tiene su emoción, puede ser escalofriante también.
No debería uno perderse en Berlín, todo está señalizado perfectamente: a cuantos metros de tal lugar, en qué dirección, cuantos minutos faltan para que llegue el M29, o el S-Bahn con dirección a tal lugar. Aún así, yo me perdí en más de una oportunidad, pero pregunto y ya está.  Una insistencia tenaz me lleva a preguntar  Wo ist die S-Bahn-Station?  o  In welcher Richtung ist der lo que sea , aunque la mayoría de las veces no comprendo la respuesta, y entonces comienza esa compleja maraña de señas, planos que exhibo, palabras en inglés o lo que sea, sonidos humanos, hasta el sonreído dankeschön con el que me despido porque ya entendí – o porque renuncié a ello. A veces pregunto sólo para corroborar que voy en la dirección adecuada, y que soy capaz de intercambiar un par de frases-exagero-, y más importante aún, para sentir que ellos quieren que yo entienda tanto como yo quiero entender.
Uno se puede dar el gusto de dejarse perder en esta ciudad.  Sin angustia. Y con los poros abiertos.
Un día de estos me alquilo una bici, porque la mayoría anda en bicicleta.
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23. Oktober 2009 | Elsa Osorio en Berlin

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