Glienicker Brücke, un muro invisible

El auto de Ulrich se desliza por la arbolada Königsstrasse, (la vía del rey, no es para menos) en esta espléndida mañana de octubre. Por aquí iba el rey de Prusia a su casa de verano en Postdam. Aquí fue la siniestra Conferencia de Wansee en noviembre de 1942, donde se firmó la sentencia de tantos judíos. Y  ya se divisa el Glienicker Brücke,  el puente de los espías, como habrían de llamarlo, que separaba Alemania oriental de occidental.
El aire ligero y el peso de la historia: el imperio prusiano, el nazismo, el comunismo, la guerra fría.  Ulrich y  Birgit  Merkel  me cuentan historias, anécdotas de diverso tenor, a cual más interesante. Aprendo y me divierto. Ulrich es filósofo y germanista, fue director del Instituto Goethe en varias ciudades, entre ellas Buenos Aires, donde los Merkel dejaron una estela de afectos.
Me siento en una película de espías cuando Birgit me cuenta algunos hechos que sucedieron en el puente. El agente de la KGB Rudolf Abel fue intercambiado por el espía norteamericano Francis Powers. Y otros. Un hilo para tejer historias.
Nos hemos bajado del auto y caminamos por los senderos de magníficos parques, al borde del lago. Una de las obras de arte a la que soy más sensible es a la de los paisajistas, y la de Peter Lenné en esos parques es soberbia. Un castillo de caza, una casa de té donde como una exquisita torta de ciruela.(Imposible no tentarse con las tortas en estos pagos). El castillo de Babelsberg.
Las historias crecen,  se expanden por el parque, trepan por los árboles, bajan al lago, las que me refieren los Merkel, y las que comienzo a urdir a partir de estos relatos.  Trato de imaginar cómo sería quedar del “otro lado”, cualquiera sea ese lado, no poder pasar, y tener afectos y memoria más allá del muro. Desde donde miro ahora el puente, se hace nítida la diferencia de color, la mitad más oscuro, la otra mitad más claro. Qué fuerte. La hermosura del lugar no mitiga la fuerza oscura  de ese muro invisible, el que pasaba por el  Glienicker Brücke.
Los muros no son fronteras, dijo Alexandra Novosseloff ,  se construyen de un solo lado. Y me hizo pensar.  Para protegerse de quienes se considera enemigos, pero también para aislarse. Para empobrecerse.
La exposición que presenta Alexandra y Frank Neisse en el Instituto Francés se llama “Muros entre los hombres” y es digna de ver. Aunque los autores afirman no tomar partido, hay una gran  carga emocional en esa serie de fotografías de muros que existen y separan hoy los pueblos. Lamentable. De Tijuana a Jerusalén.
Inevitable me resulta un pensamiento que va a mi tierra. Desde aquí, desde Berlín me sobrecoge la idea de que nuestra sociedad, muy enfrentada últimamente, está construyendo un doble muro invisible de intolerancia mutua. Para defenderse de los otros, los que no piensan exactamente igual: muro.  Terrible. Se está convirtiendo en una sociedad de gritos y de sordos. Dos bandos, falsos bandos porque hay buena gente – y también canallas, como no –de los dos lados. Hay un solo diálogo imposible: con los canallas, con los genocidas, con los ladrones. Con los otros se habla.
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11. Oktober 2009 | Elsa Osorio en Berlin

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