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Os invito a leer los cuentos de estos creadores, inéditos por el momento, pero que tienen ya un lugar en la literatura. Belén López Precioso - ME MARCHO Ana Inés López-Accotto - DE HABILIDADES SOCIALES
Belén
López Precioso Mire, señorito, es que yo ya no puedo más. No doy abasto. Por eso me marcho. Ya sé que el sueldo que me paga no es malo, y que no debería quejarme. Si lo comparo con el de mi prima en la casa de su hermana salgo muy pero que muy mejorada. Pero es que allá mi prima sólo se ocupa de la limpieza y la plancha, y de atender a las visitas. La cocina y las compras son cosas que lleva Marga. Y tienen a Juan para los arreglos y el mantenimiento de la casa y del jardín. Yo aquí tengo que hacerlo todo: los recados, limpiar, planchar, guisar, las compras, buscar a gente para las reparaciones de la casa. Sí, ya sé que aquí somos pocos, que aquí no es como en casa de su hermana, con los niños y Don Manuel y la madre de usted. Pero es mucho para una mujer sola, señorito, es mucho. (como para encima sumarle las noches en blanco, porque cuando entras cada noche en mi cuarto se nos hacen las tantas. A mi me gusta, claro que me gusta. Cómo no me va a gustar, si ni siquiera Blas, el novio aquel que tuve en el pueblo, pasó de tocarme las rodillas por debajo de la falda. Cómo no me va a gustar, si tú me tratas como a una reina, la reina del cuarto, y te esmeras, te esmeras mucho, pero es que cuando terminas ya clarea por las ventanas.) Y voy muy cansada. Hágase cargo. Bien de mañana tengo que levantarme para ir a recogerle a usted el periódico y traer las ensaimadas. Luego preparar el café. El resto de la mañana lo paso limpiando y haciendo las camas. Luego al mercado, a los encargos, y a la vuelta a hacer la colada y la plancha. (Y claro, voy derrengada. Tanto, que a veces finjo estar dormida cuando te oigo por el pasillo. Pero tú nunca te engañas. Te me cuelas en la cama y comienzas con ese revolotear tuyo de sábanas y al final, pues claro, se me despierta el cuerpo y la piel y no me importa más nada. A veces me pregunto que de dónde te salen tantas ganas.) Sí, sí, si ya sé yo que todo lo que le guiso se lo come usted con verdaderas ganas. Si sólo hay que ver cómo le brillan los ojos y las miradas que me lanza. Una ve recompensado todo el esfuerzo, los escarceos hasta las madrugadas. Pero tiene que reconocer usted que las cosas que le gustan son, discúlpeme, pues un poquito complicadas. Que ya me gustaría a mí que usted se contentara con una simple fabada o con la gallina en pepitoria que me enseñó mi madre. Mire, señorito, yo no quiero que piense de mí que soy una desagradecida. (Mi cuerpo te lo agradece. Y yo te agradezco todas esas cosas tan bonitas que me regalas, las rosas, los perfumes, las pinturas, las medallas, los broches, ya le gustaría a mi prima que alguien se las regalara, pero es que se quedan todas arrumbadas en el cuarto. Que conste que a mi me gusta verlas, y me encanta ponérmelas para ti, pero es que del cuarto no puedo sacarlas. Tú sabes bien lo que diría la gente) Eso sí que
no, que nadie diga de mí que soy una desagradecida o una aprovechada.
Porque el sueldo ya le digo que no está mal, pero es que yo voy
muy cansada. Mientras que usted se echa la siesta, y ya sé que
está mal que se lo diga, yo tengo que fregar los cacharros, y a
la tarde, la costura, o hacerle los encargos. Y claro, ya sé yo
que es primavera, y que es importante para sus cosas y sus negocios lo
de dar meriendas y cenas y fiestas en casa. Pero es que entonces a todo
lo demás se suma lo de limpiar la plata, y hacer comida para doce
o para veinticuatro, y vigilar que todo esté bonito y que no falte
de nada. Es demasiado, sí, señorito,
que me marcho, porque no puedo soportarlo más. Porque esto no es
bueno, no señor, no puede serlo, porque estoy hecha un asco, señorito,
estoy hecha un asco. Con tanta fiesta y tanto trabajo, tanto secreto,
tantos celos y tantas noches en blanco. ¿Es que no puedes ver que
estoy hecha un asco? No puedo soportarlo más. No puedo aguantar
más eso de servirle a usted la cena y tener que tragarme ver como
coqueteas con todas esas niñas tan pagadas de sí mismas
Sí, señorito, sí, que me marcho. Y que le quede claro,
que te quede claro: a partir de esta noche, los cuatro días que
me quedan aquí, echo el pestillo, señorito, y no me entras
más en el cuarto.
Lo que más
me gustaba de las vacaciones en el pueblo era el olor de la vainilla mezclada
con canela; eso, y las tetas de Presenta. Presenta hacía panes
y bollos dulces en el horno contiguo a la casa de mis tíos, preparaba
el hojaldre por la noche, y por la mañana, cuando yo me escurría
como una ardilla de la cama que compartía con mi primo para ir
al horno y ayudarla, mezclaba con mucho mimo la leche, los huevos y el
azúcar para la crema del relleno. Yo me quedaba embelesado mirando
cómo movía la pasta despacito despacito con el cucharón
de madera. Ella siempre andaba protestando, pero yo sabía que en
el fondo le gustaba que viniese a enredar: ya estás aquí,
zagal, si no han cantado ni los gallos, demonio crío, como tu tía
se entere de que te levantas de noche para venir a meter el hocico en
los dulces la vamos a tener. Yo me hacía el sordo y me plantaba
en un pis pas junto al cazo, le preguntaba a Presenta si quería
que sacara las ramas de canela de la alacena, y le juraba y le juraba
que esta vez no se me iría la mano, que ya me acordaba yo de la
última que organicé, cuando añadí tanta canela
a la leche que los hojaldres se pusieron amargos. Las vacaciones en el internado son mucho más aburridas que en el pueblo, pero Araceli, la cocinera, me ha dicho que me enseñará a preparar leche frita y buñuelos de castañas. Ya me estoy relamiendo.
Hay personas que tienen el don de la oportunidad y me resultan admirables. A mí me pasa lo contrario y vivo temiendo el momento en que meteré la pata sin remedio y desearé que el suelo se hunda y la tierra me trague, como se suele decir. Intentaré explicarme con un par de ejemplos. Me habían prometido presentarme a un colega que me interesa mucho por su trabajo y la inteligencia con que aborda distintos problemas sociales. Deseaba profundamente incorporarme a su equipo de investigación. Por fin se presentó la oportunidad cuando un amigo me avisó que había concertado una cita. Mi ansiedad se desplegó en todo su apogeo mientras meditaba como debía saludarlo cuando me encontrara con él. La cuestión no era del todo baladí porque yo sabía que este hombre tenía la mano derecha atrofiada por lo que no parecía apropiado el mecánico gesto de tender la mano. "Puedo entrar con las manos en los bolsillos y decirle simplemente hola. Pero quedaría un poco frío. Bueno, puedo darle directamente un beso y listo. Quizás le parezca que me tomo demasiadas confianzas. ¿Y si le doy la mano izquierda? ¿No será poner su defecto en evidencia?". Me pasé los días previos al encuentro meditando el asunto, sin poder encontrar una forma satisfactoria de resolverlo. Finalmente decidí llegar temprano y consultárselo a mi amigo, que era el dueño del bar en el que habíamos quedado. Total que el día señalado, muy preocupada por causar una buena impresión, me vestí de punta en blanco y allá fui, hecha un manojo de nervios. El tráfico estaba imposible, me demoré y cuando por fin conseguí llegar ya estaban los dos sentados, conversando. Entré precipitadamente y cuando me quise dar cuenta, con mi mejor sonrisa, no sólo le extendí mi mano derecha sino que lo hice con un gesto amplio, rotundo. O al menos me lo pareció mientras mi cara se incendiaba y deseaba estar en cualquier sitio menos allí. Ya sé que no es tan grave pero es el momento, es que hay que pasarlo para comprender lo mal que puedes llegar a sentirte al comprobar que has hecho lo único que tenías claro que no debías hacer. La amplia colección de actuaciones de este tipo que he ido acumulando a lo largo de mi vida me da una absoluta certeza de mi torpeza social, con lo que las probabilidades de meter la pata se multiplican geométricamente. Por ejemplo recuerdo otra vez: estaba en el aeropuerto y vi de lejos a un tipo con cuya mujer habíamos estado una noche de copas y lo habíamos pasado francamente bien. Alguien me había comentado días atrás que la esposa estaba enferma. Ni corta ni perezosa, me lancé a saludarlo. Educada como soy, le pregunté inmediatamente: "¿Qué tal está Liliana?". Señalándome un bolsito que tenía a sus pies: "Aquí está lo que queda de ella. Se murió la semana pasada y llevo sus cenizas para echarlas al Río de la Plata". Ya sé que yo no tenía por qué saberlo, ya lo sé, pero da igual, hubiera querido salir corriendo por los interminables pasillos del aeropuerto, cosa que no hice pero casi. Y podría seguir contando, como cuando le dije a un jefe contrahecho, con el que tenía una relación un tanto complicada, "mira, si no te gusta, te jorobas" y otras perlas por el estilo. Lo mío ya no tiene arreglo pero lo que verdaderamente me preocupa es que ayer entramos con mi hija pequeña en un ascensor y había un señor muy bajito. Le faltó tiempo a la niña para decirme, en voz alta, tan espontánea: "Mira, mamá, un enanito". Puedo asegurarles que fue el viaje en ascensor más largo de mi vida. Y aunque me digo que no es así, que la torpeza social no es una tara genética que se hereda, no puedo evitar sentirme culpable por el futuro que le espera a mi encantadora y precoz hija.
Quiero
que Amalia sea mi mamá. Quiero abrazarla cuando se me dé
la gana, cuando me sonríe con sus ojos verdes, cuando se pinta
las uñas de rosa sentada en la galería y el olor del esmalte
me pica en la nariz, cuando se sienta frente a la chimenea y sus labios
brillan y su pelo suelta un olor a limón y a algo dulce como una
flor. Yo quiero decirle a Amalia que la amo más que a nadie, más
que a mi propia mamá y que nadie la ama a ella tanto como yo; ni
siquiera Lourdes que es su verdadera hija y que la pelea todo el tiempo.
Estoy esperando. He venido a matar. En dos horas amanecerá. Estoy en mi auto. Bueno, mi auto. La calle está desierta. De los edificios comienzan a salir porteros con botas a lavar veredas. El mundo se desbarranca. Yo soy la prueba más contundente de ello. Pero las veredas mojadas y relucientes del amanecer parecen darle alguna esperanza. El hecho de que tanta gente se preocupe todavía porque las veredas estén limpias significa, de algún modo, que no todo está perdido. La higiene es importante. Espero.El handy reposa en el asiento del acompañante. Beto lo usará para informarme que el punto ya ha dejado su BMW en el garage de la vuelta y alertarme de que en seguida aparecerá por la calle donde estoy estacionado. Luego seguirá la ejecución de una serie de pasos muy estudiados y practicados. La cosa ya va convirtiéndose en rutina: Cuando pase junto a mi auto abriré la puerta, que ya está destrabada. Descenderé y la cerraré sin ruido gracias a las telas adhesivas que coloqué en la cerradura. Caminaré en silencio detrás de él. Me acercaré sin que me advierta (el lugar ha sido elegido teniendo en cuenta que la luz del sol no anticipe mi sombra). Colocaré el cañón de mi Ruger .22 largo justo detrás y debajo de la oreja apuntando oblicuamente hacia arriba y gatillaré. La bala .22 no es muy efectiva a larga distancia, pero a corta, dada su gran velocidad inicial, atraviesa fácilmente el hueso del cráneo, va destruyendo todo el tejido cerebral que encuentra en su camino y, por su escasa potencia, se estaciona en mitad de la masa encefálica, de donde es imposible extraerla. En 48, 72 horas máximo, de agonía inconsciente, el sujeto se muere. Limpio, rápido, sin bochinche, efectivo. Luego del disparo, la víctima ni siquiera caerá al suelo, se tambaleará como borracho durante unos momentos, generalmente cortos, pero suficientes para que Beto me alcance con su coche y me saque de allí antes de que alguien pueda darse cuenta de lo sucedido. En el viaje me quitaré la ropa sport que llevo encima del traje. A no más de veinte cuadras me bajaré, junto a un container, donde arrojaré el paquete de ropa usada. Beto desaparecerá. Yo detendré un taxi cualquiera y le indicaré el microcentro. Con mi maletín pareceré un ejecutivo de tercera línea que se dirige a su trabajo.Miro el handy, sus luces están encendidas, en la pantalla LCD se lee En Reposo, junto un cuadradito negro intermitente. Miro por el espejo. Es otoño. Al fondo el cielo clarea tras los edificios y entre las ramas de los plátanos. La calle es muy parecida a la de mi barrio. El clima es el mismo. Yo iba a la escuela por esas veredas, arrastrando los pies hasta que las hojas secas los envolvían completamente formando un gran par de botas vegetales que, en los momentos de mayor caída, me llegaban casi hasta las rodillas. Yo me sentía gigantesco, poderoso y alto como esos plátanos. En calles así crecí. En calles así me enamoré de Cristina. Cinco años mayor que yo. En Reposo. Cristina era la hermana de Raúl. Raúl no era mi amigo. Durante cuatro años cultivé su amistad sólo por estar cerca de Cristina. Cristina me trataba con dulzura, sonreía al besarme las mejillas, cerca de los labios, se alegraba de verme. Por las mañanas, desde mi ventana, la veía salir para su trabajo, Cristina era recepcionista en una empresa del centro, el pelo todavía mojado de la ducha. Parecía una chica de aviso publicitario, me quedaba mirándola hasta que ascendía al 109, allá en la esquina. Algunas veces simulaba tener algo que hacer y me subía al micro con ella y hacía todo el viaje a su lado conversando, bendiciendo los embotellamientos que prolongaban el viaje. Yo bajaba en la parada siguiente a la de ella y me volvía caminando. Por la tarde la observaba al regresar, entrando en su casa para volver a salir, media hora más tarde, bañada nuevamente, rumbo a la Pitman. Cristina era una chica limpia. Los sábados iba al club. Yo me metía entre las vías y el alambrado y desde allí la miraba practicar gimnasia sueca. Llevaba un diario en el que anotaba todo cuanto Cristina hacía y decía. En muchas ocasiones la seguía durante todo un día sin que ella se diera cuenta. Ella era muy ordenada. El orden es importante.Cristina crecía rápidamente. Pronto comenzó a salir de noche, a bailar. Siempre salía con chicos distintos, del centro, del trabajo, seguro, que la venían a buscar en coche. Yo no tenía edad para ir a bailar, ni coche. Raúl entró al Liceo Militar. A mí me rechazaron, pero ingresé a la Federal. Cuando me recibí, y me entregaron mi uniforme, sin pasar por mi casa, fui derecho a la de Cristina. Quería que ella viese lo bien que me quedaba. Recuerdo que fue una brillante mañana de otoño, como ahora. En Reposo. Miro por el retrovisor, la calle está vacía. Si el tarado este se demora un poco más habrá mucha gente en la calle y tendremos que abortar.Me pareció que pasó una eternidad hasta que la mamá abrió la puerta. -Carlos, qué elegante, pasá, esto ya parece un desfile- En la sala estaban Cristina y un teniente del ejército sentados en el sillón, demasiado próximos. Yo me quedé paralizado. Mi traje, comparado con el de Gustavo, así se llamaba, parecía de cuarta. A partir de entonces el nombre de Gustavo comenzó a aparecer con odiosa insistencia día tras día en mi diario. Una noche me invitaron a tomar algo en casa de Cristina. Estaba toda la familia reunida y muchos amigos.Agarro el handy: -Che, ¿qué pasa?-, -No pasa nada, el punto no aparece- En Reposo. El padre anuncia que Cristina va a comprometerse con Gustavo. Yo la miro, ella baja la mirada y se sonroja. Me voy de la casa. Cristina me alcanza en la puerta: -Quería ser yo la que te lo dijera, pero no me animé-. Estuve cuatro días sin comer. A Gustavo lo destinaron en Córdoba. A través de la ventana de mi habitación escuché cuando salieron para el casamiento al que no fui. Ni siquiera me acerqué a la ventana para verla partir. Aquella fue la última vez que no la vi. Porque Cristina murió un año más tarde para la misma época en que a mí me echaron. Dicen que fue por una enfermedad que se llama no sé qué en placa, pero yo sabía que había muerto por causa de Gustavo.El handy titila y silba -Atento Carlos, acaba de llegar.El punto aparece en el retrovisor. Viene caminando lentamente, despreocupado. Me pregunto qué habrá hecho y me contesto que nada que a mí me importe. Con la izquierda agarro la manija de la puerta y con la derecha saco la Ruger de la cartuchera que coloco en el bolsillo de la campera. El punto pasa junto a mi auto. Abro, bajo, camino rápidamente detrás de él. Me acerco. Saco la pistola. La alzo hacia su cabeza. El corazón me late en las sienes. El debe sentir algo porque comienza a volverse. Gatillo. Se oye un ruido parecido al de una puerta que se golpea. El se detiene y comienza a tambalearse. Se vuelve y me mira a los ojos. Me mira es un decir, porque sus ojos están vacíos. Doy un paso al costado, hacia la calle. Beto frena a mi lado, subo, arrancamos. Me vuelvo, por la esquina dobla un patrullero. Cuando el policía que va de acompañante gira la cabeza para mirar al punto, que está ahora agarrado de la pared, pienso que nos entregaron. Pero el patrullero sigue su camino. Beto se dice: -Tranquilo, tranquilo-. Pasan de largo. Llegamos al container. Justo al lado está el mismo patrullero. -No parés Beto, seguí-. Seguimos. Estoy transpirando, Beto también. Me bajo en otro lugar, junto a otro container. Arrojo el atado de ropa. Beto desaparece. Detengo un taxi, pero en lugar de enfilar para el centro, indico Villa del Parque. Desciendo frente a la casa de Cristina. Está igual, sólo que más vieja. Mi casa ya no existe más. El barrio es totalmente distinto. Los árboles también han desaparecido. Las calles están sucias y desordenadas. No conozco a nadie allí y nadie me conoce a mí. Mañana pasaré a cobrar, luego me haré de un par de gramos de coca, y la remataré con alguna puta del centro, una de esas que parecen secretarias. |