Os invito a leer los cuentos de estos creadores, inéditos por el momento, pero que tienen ya un lugar en la literatura.

Belén López Precioso - ME MARCHO

Javier Rovira - EL HORNO

Ana Inés López-Accotto - DE HABILIDADES SOCIALES

Inés Garland - AMALIA

Ernesto Mallo - TRABAJITO

Belén López Precioso
ME MARCHO

Mire, señorito, es que yo ya no puedo más. No doy abasto. Por eso me marcho. Ya sé que el sueldo que me paga no es malo, y que no debería quejarme. Si lo comparo con el de mi prima en la casa de su hermana salgo muy pero que muy mejorada. Pero es que allá mi prima sólo se ocupa de la limpieza y la plancha, y de atender a las visitas. La cocina y las compras son cosas que lleva Marga. Y tienen a Juan para los arreglos y el mantenimiento de la casa y del jardín. Yo aquí tengo que hacerlo todo: los recados, limpiar, planchar, guisar, las compras, buscar a gente para las reparaciones de la casa. Sí, ya sé que aquí somos pocos, que aquí no es como en casa de su hermana, con los niños y Don Manuel y la madre de usted. Pero es mucho para una mujer sola, señorito, es mucho.

(como para encima sumarle las noches en blanco, porque cuando entras cada noche en mi cuarto se nos hacen las tantas. A mi me gusta, claro que me gusta. Cómo no me va a gustar, si ni siquiera Blas, el novio aquel que tuve en el pueblo, pasó de tocarme las rodillas por debajo de la falda. Cómo no me va a gustar, si tú me tratas como a una reina, la reina del cuarto, y te esmeras, te esmeras mucho, pero es que cuando terminas ya clarea por las ventanas.)

Y voy muy cansada. Hágase cargo. Bien de mañana tengo que levantarme para ir a recogerle a usted el periódico y traer las ensaimadas. Luego preparar el café. El resto de la mañana lo paso limpiando y haciendo las camas. Luego al mercado, a los encargos, y a la vuelta a hacer la colada y la plancha.

(Y claro, voy derrengada. Tanto, que a veces finjo estar dormida cuando te oigo por el pasillo. Pero tú nunca te engañas. Te me cuelas en la cama y comienzas con ese revolotear tuyo de sábanas y al final, pues claro, se me despierta el cuerpo y la piel y no me importa más nada. A veces me pregunto que de dónde te salen tantas ganas.)

Sí, sí, si ya sé yo que todo lo que le guiso se lo come usted con verdaderas ganas. Si sólo hay que ver cómo le brillan los ojos y las miradas que me lanza. Una ve recompensado todo el esfuerzo, los escarceos hasta las madrugadas. Pero tiene que reconocer usted que las cosas que le gustan son, discúlpeme, pues un poquito complicadas. Que ya me gustaría a mí que usted se contentara con una simple fabada o con la gallina en pepitoria que me enseñó mi madre. Mire, señorito, yo no quiero que piense de mí que soy una desagradecida.

(Mi cuerpo te lo agradece. Y yo te agradezco todas esas cosas tan bonitas que me regalas, las rosas, los perfumes, las pinturas, las medallas, los broches, ya le gustaría a mi prima que alguien se las regalara, pero es que se quedan todas arrumbadas en el cuarto. Que conste que a mi me gusta verlas, y me encanta ponérmelas para ti, pero es que del cuarto no puedo sacarlas. Tú sabes bien lo que diría la gente)

Eso sí que no, que nadie diga de mí que soy una desagradecida o una aprovechada. Porque el sueldo ya le digo que no está mal, pero es que yo voy muy cansada. Mientras que usted se echa la siesta, y ya sé que está mal que se lo diga, yo tengo que fregar los cacharros, y a la tarde, la costura, o hacerle los encargos. Y claro, ya sé yo que es primavera, y que es importante para sus cosas y sus negocios lo de dar meriendas y cenas y fiestas en casa. Pero es que entonces a todo lo demás se suma lo de limpiar la plata, y hacer comida para doce o para veinticuatro, y vigilar que todo esté bonito y que no falte de nada. Es demasiado,

(sí, es demasiado esto de tener que fingir todo el rato. No podemos seguir así. Porque cada vez que hay fiesta me llevan los celos, ¿me oyes?, me llevan los celos: todas esas niñas ricas que te rondan, con sus peinados y sus vestidos de moda, y sus perfumes y sus joyas, y todo lo mío aquí, enclaustrado, escondido. Pues qué quieres que te diga, que tenemos que dejarlo, que ya he mirado los horarios de los trenes, que yo no puedo más, que yo me marcho,)

sí, señorito, que me marcho, porque no puedo soportarlo más. Porque esto no es bueno, no señor, no puede serlo, porque estoy hecha un asco, señorito, estoy hecha un asco. Con tanta fiesta y tanto trabajo, tanto secreto, tantos celos y tantas noches en blanco. ¿Es que no puedes ver que estoy hecha un asco? No puedo soportarlo más. No puedo aguantar más eso de servirle a usted la cena y tener que tragarme ver como coqueteas con todas esas niñas tan pagadas de sí mismas Sí, señorito, sí, que me marcho. Y que le quede claro, que te quede claro: a partir de esta noche, los cuatro días que me quedan aquí, echo el pestillo, señorito, y no me entras más en el cuarto.

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Javier Rovira
EL HORNO

Lo que más me gustaba de las vacaciones en el pueblo era el olor de la vainilla mezclada con canela; eso, y las tetas de Presenta. Presenta hacía panes y bollos dulces en el horno contiguo a la casa de mis tíos, preparaba el hojaldre por la noche, y por la mañana, cuando yo me escurría como una ardilla de la cama que compartía con mi primo para ir al horno y ayudarla, mezclaba con mucho mimo la leche, los huevos y el azúcar para la crema del relleno. Yo me quedaba embelesado mirando cómo movía la pasta despacito despacito con el cucharón de madera. Ella siempre andaba protestando, pero yo sabía que en el fondo le gustaba que viniese a enredar: ya estás aquí, zagal, si no han cantado ni los gallos, demonio crío, como tu tía se entere de que te levantas de noche para venir a meter el hocico en los dulces la vamos a tener. Yo me hacía el sordo y me plantaba en un pis pas junto al cazo, le preguntaba a Presenta si quería que sacara las ramas de canela de la alacena, y le juraba y le juraba que esta vez no se me iría la mano, que ya me acordaba yo de la última que organicé, cuando añadí tanta canela a la leche que los hojaldres se pusieron amargos.
Después hacíamos el pan, eso era lo más divertido. Presenta acababa embadurnada de harina y a mí me gustaba mirar esas tetas tan grandes cubiertas de polvillo blanco. Mi tía siempre decía que las tetas de la vaca que teníamos en el establo eran mucho más bonitas que las de la Presenta, y sobre todo mucho más honradas. Yo no entendía muy bien esa frase, porque las tetas de la vaca eran dos pellejos rasposos, y porque para mí no había nada como ver a Presenta agachándose para meter los panes en el horno, y mirarle así el escote todo blanco de tanta harina como le había caído encima. Entonces Presenta se ponía muy seria, tan seria que se parecía a mi tía: Anda rapaz, que ya has ayudado bastante y está clareando por el monte, más vale que te vuelvas a la cama que si no esa sargenta te va a pescar y se te acabarán las vacaciones en el pueblo. Yo me abrigaba bien abrigado porque sabía que en la calle hacía un frío que pelaba antes de entrar en el horno, y porque sabía que todavía haría más al salir, porque el horno no sólo olía a clavo y almendras dulces si no que además, estaba tan calentito que parecía que te abrazaba como lo hacía mi madre antes de irse a ese viaje tan largo. Mi tía no me abrazaba nunca, en el pueblo decían que su marido la engañaba por ser más seca que un sarmiento, supongo que algo tendrán que ver los sarmientos y los abrazos, pero yo la quería mucho porque me invitaba a pasar las vacaciones en el pueblo, así yo no tenía que quedarme en el internado y podía escabullirme por las mañanas para ayudar a Presenta antes de que se acostaran las lechuzas.
La última vez estuve a punto de pedirle a Presenta que me diera un abrazo como los que me dada mi madre, para que me estrujara bien fuerte contra aquellas tetas tan grandes y tan cubiertas de harina y averiguar si sabían a natillas o a miel. Luego cerré la puerta del horno muy suavecito, y la mirada de mi tía me heló la sangre con todo el frío del invierno: ¡lo único que me faltaba!, que esa perdida te lleve a ti también por el mal camino, anda, tira para la casa que luego hablaremos tú y yo.

Las vacaciones en el internado son mucho más aburridas que en el pueblo, pero Araceli, la cocinera, me ha dicho que me enseñará a preparar leche frita y buñuelos de castañas. Ya me estoy relamiendo.

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Ana Inés López-Accotto
DE HABILIDADES SOCIALES

Hay personas que tienen el don de la oportunidad y me resultan admirables. A mí me pasa lo contrario y vivo temiendo el momento en que meteré la pata sin remedio y desearé que el suelo se hunda y la tierra me trague, como se suele decir. Intentaré explicarme con un par de ejemplos. Me habían prometido presentarme a un colega que me interesa mucho por su trabajo y la inteligencia con que aborda distintos problemas sociales. Deseaba profundamente incorporarme a su equipo de investigación. Por fin se presentó la oportunidad cuando un amigo me avisó que había concertado una cita. Mi ansiedad se desplegó en todo su apogeo mientras meditaba como debía saludarlo cuando me encontrara con él. La cuestión no era del todo baladí porque yo sabía que este hombre tenía la mano derecha atrofiada por lo que no parecía apropiado el mecánico gesto de tender la mano. "Puedo entrar con las manos en los bolsillos y decirle simplemente hola. Pero quedaría un poco frío. Bueno, puedo darle directamente un beso y listo. Quizás le parezca que me tomo demasiadas confianzas. ¿Y si le doy la mano izquierda? ¿No será poner su defecto en evidencia?". Me pasé los días previos al encuentro meditando el asunto, sin poder encontrar una forma satisfactoria de resolverlo. Finalmente decidí llegar temprano y consultárselo a mi amigo, que era el dueño del bar en el que habíamos quedado. Total que el día señalado, muy preocupada por causar una buena impresión, me vestí de punta en blanco y allá fui, hecha un manojo de nervios. El tráfico estaba imposible, me demoré y cuando por fin conseguí llegar ya estaban los dos sentados, conversando. Entré precipitadamente y cuando me quise dar cuenta, con mi mejor sonrisa, no sólo le extendí mi mano derecha sino que lo hice con un gesto amplio, rotundo. O al menos me lo pareció mientras mi cara se incendiaba y deseaba estar en cualquier sitio menos allí. Ya sé que no es tan grave pero es el momento, es que hay que pasarlo para comprender lo mal que puedes llegar a sentirte al comprobar que has hecho lo único que tenías claro que no debías hacer. La amplia colección de actuaciones de este tipo que he ido acumulando a lo largo de mi vida me da una absoluta certeza de mi torpeza social, con lo que las probabilidades de meter la pata se multiplican geométricamente. Por ejemplo recuerdo otra vez: estaba en el aeropuerto y vi de lejos a un tipo con cuya mujer habíamos estado una noche de copas y lo habíamos pasado francamente bien. Alguien me había comentado días atrás que la esposa estaba enferma. Ni corta ni perezosa, me lancé a saludarlo. Educada como soy, le pregunté inmediatamente: "¿Qué tal está Liliana?". Señalándome un bolsito que tenía a sus pies: "Aquí está lo que queda de ella. Se murió la semana pasada y llevo sus cenizas para echarlas al Río de la Plata". Ya sé que yo no tenía por qué saberlo, ya lo sé, pero da igual, hubiera querido salir corriendo por los interminables pasillos del aeropuerto, cosa que no hice pero casi. Y podría seguir contando, como cuando le dije a un jefe contrahecho, con el que tenía una relación un tanto complicada, "mira, si no te gusta, te jorobas" y otras perlas por el estilo. Lo mío ya no tiene arreglo pero lo que verdaderamente me preocupa es que ayer entramos con mi hija pequeña en un ascensor y había un señor muy bajito. Le faltó tiempo a la niña para decirme, en voz alta, tan espontánea: "Mira, mamá, un enanito". Puedo asegurarles que fue el viaje en ascensor más largo de mi vida. Y aunque me digo que no es así, que la torpeza social no es una tara genética que se hereda, no puedo evitar sentirme culpable por el futuro que le espera a mi encantadora y precoz hija.

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Inés Garland
AMALIA

Quiero que Amalia sea mi mamá. Quiero abrazarla cuando se me dé la gana, cuando me sonríe con sus ojos verdes, cuando se pinta las uñas de rosa sentada en la galería y el olor del esmalte me pica en la nariz, cuando se sienta frente a la chimenea y sus labios brillan y su pelo suelta un olor a limón y a algo dulce como una flor. Yo quiero decirle a Amalia que la amo más que a nadie, más que a mi propia mamá y que nadie la ama a ella tanto como yo; ni siquiera Lourdes que es su verdadera hija y que la pelea todo el tiempo.
-¿Ves lo que era Sarmiento? -dice Amalia y mueve el brazo como un dueño de circo para mostrarme lo que era Sarmiento; en su otra mano los hielos bailan dentro del vaso de whisky y hacen ruido a campanitas-. El trajo la primera semilla de eucaliptus, inventó un paisaje ¿te das cuenta? Mirá lo que son esas ramas -dice bajando el respaldo de la reposera para mirarlas.
Yo me acuesto en el pasto y miro las ramas de los eucaliptus, un techo muy alto y muy verde que llena el vestido y la cara de Amalia de monedas de sol. Hasta ahora Sarmiento era el padre del aula, el alumno que nunca faltaba a clase, pero si Amalia lo ama yo lo voy a preferir para siempre a ningún otro prócer.
Y Amalia cierra los ojos y me pide que le cuente algo, cualquier cosa. Las hojas de los eucaliptus se mueven con el viento y las cotorras pasan volando con palitos en el pico y arman sus nidos gigantes en las ramas más altas.
Ricardo, el marido de Amalia, nos enseña modales. Tenemos que sentarnos muy derechos y sin apoyarnos en el respaldo, casi en la punta de la silla, los codos fuera de la mesa, pegados al cuerpo, las manos quietas mientras masticamos. No se puede volar para cortar la comida. Cuando volamos Ricardo trae dos libros y nos los pone debajo de los brazos y tenemos que cortar la carne, por más dura que esté, sin que se caigan los libros. A Ricardo le gusta hacer chistes durante las comidas. Abre mucho la boca para reírse, pero deja el cuerpo derecho y la cabeza demasiado quieta. Se parece un poco a un muñeco. Sus orejas son muy chiquitas, como si le hubieran pegado a los costados de la cabeza las orejas de un chico. Todos le tenemos miedo, menos Amalia. Ella es la única que puede poner los codos sobre la mesa porque, según Ricardo, lo hace con tanta gracia que no se puede considerar mala educación. Con Ricardo hay que tener mucho cuidado. El se puede estar riendo y de repente uno de los hijos habla con la boca llena o empuja la comida con la mano y la boca de Ricardo se pone finita y sabemos que se acabó la risa. Y las penitencias de Ricardo son horribles. Pobre Pilo. Cuando Ricardo hace chistes él se distrae y se ríe con la boca llena de comida, o se atraganta y le sale agua por la nariz y Ricardo se pone furioso -cien lagartijas, doscientas lagartijas, series de cincuenta en la galería- Amalia le pide que lo perdone, pero Ricardo no lo perdona. Dice: la insolencia no tiene perdón. Y habla del cuarto mandamiento; no sé muy bien qué tiene que ver reírse y olvidarse de los modales con no honrar padre y madre, pero Ricardo debe saberlo porque siempre habla de eso cuando pone penitencias.
Cuando ellos me adopten yo voy a honrar mucho a Amalia; a Ricardo también. Mis padres se van a morir en un accidente. Mis hermanos y yo nos vamos a quedar huérfanos, mis abuelos nos van a repartir entre los tíos y tías, pero Amalia les va a pedir que por favor la dejen adoptarme. Me paso horas planeando la manera de preguntarle a Lourdes si quiere ser mi hermana. A la noche acomodo la ropa en una silla a los pies de la cama y pienso la manera de decírselo, practico cuando aliso el pantalón y lo doblo y hago una pila con mi ropa. Pero Lourdes se duerme. Entre las dos camas hay un cuadro de Jesús crucificado. La sangre le mana de las heridas en las manos y en los pies, le brota de la frente bajo la corona de espinas, y le baja por la cara. Le pido perdón por mis pecados. Pecados de pensamiento, obra y omisión. No sé demasiado bien qué es omisión, pero esto del accidente de mis padres debe ser un pecado.
En esta casa tampoco nos acompañan a la cama, pero dejamos la puerta de nuestro cuarto abierta y Amalia nos grita buenas noches desde el living en la otra punta del pasillo. Ella es la última en irse a dormir. Yo lo sé porque muchas veces me despierto en el medio de la noche y la espío. Camino por el pasillo sin hacer ruido. Oigo los ronquidos de Ricardo detrás de la puerta. El pasillo es un túnel largo y oscuro que me congela los pies. Amalia hace solitarios sobre la mesa de juego. Se sienta en silencio, dentro de una burbuja de luz, como un ángel. El ruido de las cartas es el único ruido en el mundo; el vaso de whisky es como una lámpara mágica. Amalia no me ve y está ahí rodeada de noche. Me gustaría tanto abrazarla. Cuando apoya el vaso en la mesa, el whisky suelta rayos de oro.
Me quedo ahí, mirándola, y tengo ganas de pedirle que sea mi mamá esa misma noche. Pero no quiero molestarla.
Cinco años más tarde, durante las vacaciones de invierno,llega de España el primo de Lourdes. Se llama Marcos, tiene dieciocho años. Yo tengo trece y me enamoro por primera vez. Se lo cuento a Amalia. Le digo que creo que Marcos es el amor de mi vida.
-El amor de tu vida -dice Amalia y me acaricia la cara -, él todavía no lo sabe, pero dale tiempo, son tal para cual.
Me paso el día dibujando la cara de Marcos en mi diario. Lo sigo como un perrito. Amalia es la única con la que hablo de mi amor.
Lourdes y yo salimos a caminar y anochece. Nos acostamos boca arriba en el camino a mirar las estrellas. Nos sale humo de la boca cuando hablamos. Volvemos a la casa por la avenida de eucaliptus; nos asusta la oscuridad, los ruidos que hacen las ramas, la luz de la casa nos queda lejos. A mí se me ocurre que Marcos va a estar escondido detrás de los árboles y nos va a asustar.
-Marcos no nos asustes -le gritamos a la oscuridad. Vamos de la mano y nos agarra un ataque de risa.
Amalia también se ríe con el cuento.
-Me dijo que no parecías una chica de trece años -me dice al oído.
Mi corazón galopa.
Durante el almuerzo Ricardo promete una vuelta en avioneta al que adivine el regalo de cumpleaños para Amalia. Nos da pistas y se ríe de nuestros esfuerzos inútiles por acertar.
-Frío, frío -dice Ricardo.
A Marcos se le ocurren unos regalos geniales, pero no son. Nadie adivina. Pasa una semana y seguimos sin adivinar.
-Frío,frío -dice Ricardo.
Amalia no trata de adivinar. Cuando habla parece venir de muy lejos. Se pasa las comidas con las manos entrelazadas en el aire sobre el plato y los ojos perdidos en algún punto de la pared y cada tanto dice algo. Me hace pensar en un pájaro que vuela por el comedor y decide de pronto aterrizar en el mantel.
-¿Y usted no quiere saber lo que le voy a regalar? -le dice Ricardo.
Nosotros sí queremos saber, pero Amalia no parece ilusionada. Entorna los ojos como si tuviera sueño y juega con una miga de pan.
-No se hacen dos cosas a la vez -me dice Ricardo-, terminá de masticar y después te servís el agua.
Qué vergüenza. Es la primera vez en esta vacación que Ricardo me dice algo. Lourdes me mira por encima del centro de mesa, un arreglo de flores secas que me obliga a estirarme si quiero verle la boca. Pone los ojos en blanco.
-Lourdes, el respaldo no es para apoyarse, alejá la silla -¿habrá visto los ojos en blanco?
Lourdes obedece. Yo la imito. Amalia sigue haciendo rodar bolitas de miga entre los dedos. Tiene eso ella: está sentada ahí pero hay días en que parece que no estuviera. De repente empieza a contarnos de cuando era joven. Iba a bailes con orquesta, dice, y tenía miles de vestidos largos, de gasa, de colores increíbles, verde agua, celestes, lilas. Yo me la imagino como Sissi emperatriz. Cuando vio a Ricardo por primera vez tenía puesto un vestido color té -¿cómo será el color té?- él estaba de smoking.
-Nos enamoramos perdidamente -dice Ricardo y le toma la mano por encima de la mesa.
Perdidamente debe ser como dar vueltas con los brazos abiertos y marearse hasta caerse al piso. Estoy perdidamente enamorada de Marcos.
-Yo tenía tantos pretendientes -dice Amalia.
No hay que aceptar a nadie enseguida, dice -le acerca su copa vacía a Ricardo y Ricardo hace que no con la cabeza. Ella le suelta la mano, echa el cuerpo apenas hacia atrás y lo mira. Nunca le vi esta mirada. El le sirve otra copa de vino.
-Usted sabrá, Amalia -dice.
-Te debería haber hecho sufrir más -dice Amalia y se ríe-. Me debería haber quedado en Europa en lo de mis primos.
Ricardo toca la campanita para que vengan a retirar la mesa. Se le ponen las orejas coloradas.
El regalo es un caballo. A la hora del desayuno un peón lo trae de las riendas y lo para frente a la ventana del comedor. Todos miramos al alazán con la crin cortada como un cepillo y la cola muy corta. De sólo mirarlo dan ganas de acariciarle las ancas redondas -pienso en el caballo de Troya mientras lo miro ahí tan grande.
-Es un pasuco peruano -dice Ricardo y explica que un pasuco es un caballo que tiene un trotecito especial, no como el trote de los caballos que no quieren galopar.
-Es un paso que les enseñan y podés andar mil horas sin cansarte -dice Marcos.
Andar mil horas en ancas, abrazada a Marcos.
Ricardo organizó una excursión al rancho del fin del mundo, como le dice Lourdes,va a haber una fiesta con asado y guitarreros, Amalia tiene montura nueva y unas riendas de cuero trenzado y cabezal de plata. Porque Amalia es una reina que va a cabalgar hasta el fin del mundo sin cansarse. Pero no parece tan feliz con su regalo cuando cabalgamos todos juntos hacia la fiesta aunque Ricardo va silbando, habla del caballo, de cuánto lo buscó, de cómo los entrenan, de que no hay ninguno en muchas leguas a la redonda, un caballo como el Santo Grial. Marcos pasa galopando a mi lado cuando cruzamos el estero. Salpica tanta agua que quedo empapada y me va secando el sol del mediodía y cantamos Zamba del olvido muchas veces seguidas porque a Amalia es la zamba que más le gusta. Pero hoy ella no tiene ganas de cantar.
Después ya estoy en el asado, sentada junto a Marcos que me da un pedazo de cordero en la boca, directo de la hoja de su facón. Amalia nos mira y se ríe -por fin está contenta- toma vino del pico de la damajuana; Ricardo no dice nada porque en el cumpleaños de Amalia no importan los modales. Pero está triste cuando volvemos al casco. Amalia va cantando y por fin parece feliz con su regalo. Es él ahora el que no silba y la mira de lejos como si no pudiera alcanzarla.
Antes de entrar a la casa la agarra con fuerza del brazo, le clava los dedos, pero ella se suelta, lo mira como si hubiera puro aire frente a ella, le da la espalda y camina por delante hasta la casa.
Un poco después Ricardo se va en la avioneta y nos quedamos solos. Amalia se pasa el resto de la tarde encerrada en su cuarto. Nadie da la orden de encender las chimeneas ni se ocupa de elegir el menú para la noche. Igual no tenemos mucha hambre con todo el asado que comimos. Lourdes y Pilo se ponen a jugar a las cartas.
Marcos y yo nos sentamos en un sillón a leer, uno en cada punta, en silencio. El me pregunta si puede apoyar sus pies en mi falda. No sé si le contesto. Un calor como una ola me sube por el cuerpo cuando Marcos me pone los pies descalzos sobre las piernas. Tiene la piel caliente y mis muslos están fríos.
No puedo leer ni una línea más. Tengo que contarle a Amalia. Después. Voy a buscarla.
Su cuarto está apenas iluminado por la luz de la galería que entra por la ventana. De espaldas a mí, Amalia parece dormir de cara a la pared. Me quedo mirándola como si pudiera despertarla con los ojos. Tiene la tira del camisón caída sobre el hombro. Amalia se apoya sobre el codo y levanta el otro brazo; con un movimiento brusco se acomoda la tira, busca algo en la mesa de luz y oigo un golpe contra la tapa de vidrio. Gira a medias y queda de perfil a mí. Tiene una botella en la mano que brilla a la luz como una lámpara mágica. Echa la cabeza hacia atrás y, con los ojos cerrados, toma whisky del pico de la botella; toma como si estuviera muerta de sed. Finalmente apoya la botella sobre la mesa de luz, con un golpe, como si tomar así la hubiera dejado sin fuerzas.
Entonces me ve.
-Qué hacés acá pendeja de mierda -dice.
Era el último día de mis vacaciones.

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Ernesto Mallo
Trabajito

Estoy esperando. He venido a matar. En dos horas amanecerá. Estoy en mi auto. Bueno, mi auto. La calle está desierta. De los edificios comienzan a salir porteros con botas a lavar veredas. El mundo se desbarranca. Yo soy la prueba más contundente de ello. Pero las veredas mojadas y relucientes del amanecer parecen darle alguna esperanza. El hecho de que tanta gente se preocupe todavía porque las veredas estén limpias significa, de algún modo, que no todo está perdido. La higiene es importante. Espero.El handy reposa en el asiento del acompañante. Beto lo usará para informarme que el punto ya ha dejado su BMW en el garage de la vuelta y alertarme de que en seguida aparecerá por la calle donde estoy estacionado. Luego seguirá la ejecución de una serie de pasos muy estudiados y practicados. La cosa ya va convirtiéndose en rutina: Cuando pase junto a mi auto abriré la puerta, que ya está destrabada. Descenderé y la cerraré sin ruido gracias a las telas adhesivas que coloqué en la cerradura. Caminaré en silencio detrás de él. Me acercaré sin que me advierta (el lugar ha sido elegido teniendo en cuenta que la luz del sol no anticipe mi sombra). Colocaré el cañón de mi Ruger .22 largo justo detrás y debajo de la oreja apuntando oblicuamente hacia arriba y gatillaré. La bala .22 no es muy efectiva a larga distancia, pero a corta, dada su gran velocidad inicial, atraviesa fácilmente el hueso del cráneo, va destruyendo todo el tejido cerebral que encuentra en su camino y, por su escasa potencia, se estaciona en mitad de la masa encefálica, de donde es imposible extraerla. En 48, 72 horas máximo, de agonía inconsciente, el sujeto se muere. Limpio, rápido, sin bochinche, efectivo. Luego del disparo, la víctima ni siquiera caerá al suelo, se tambaleará como borracho durante unos momentos, generalmente cortos, pero suficientes para que Beto me alcance con su coche y me saque de allí antes de que alguien pueda darse cuenta de lo sucedido. En el viaje me quitaré la ropa sport que llevo encima del traje. A no más de veinte cuadras me bajaré, junto a un container, donde arrojaré el paquete de ropa usada. Beto desaparecerá. Yo detendré un taxi cualquiera y le indicaré el microcentro. Con mi maletín pareceré un ejecutivo de tercera línea que se dirige a su trabajo.Miro el handy, sus luces están encendidas, en la pantalla LCD se lee En Reposo, junto un cuadradito negro intermitente. Miro por el espejo. Es otoño. Al fondo el cielo clarea tras los edificios y entre las ramas de los plátanos. La calle es muy parecida a la de mi barrio. El clima es el mismo. Yo iba a la escuela por esas veredas, arrastrando los pies hasta que las hojas secas los envolvían completamente formando un gran par de botas vegetales que, en los momentos de mayor caída, me llegaban casi hasta las rodillas. Yo me sentía gigantesco, poderoso y alto como esos plátanos. En calles así crecí. En calles así me enamoré de Cristina. Cinco años mayor que yo. En Reposo. Cristina era la hermana de Raúl. Raúl no era mi amigo. Durante cuatro años cultivé su amistad sólo por estar cerca de Cristina. Cristina me trataba con dulzura, sonreía al besarme las mejillas, cerca de los labios, se alegraba de verme. Por las mañanas, desde mi ventana, la veía salir para su trabajo, Cristina era recepcionista en una empresa del centro, el pelo todavía mojado de la ducha. Parecía una chica de aviso publicitario, me quedaba mirándola hasta que ascendía al 109, allá en la esquina. Algunas veces simulaba tener algo que hacer y me subía al micro con ella y hacía todo el viaje a su lado conversando, bendiciendo los embotellamientos que prolongaban el viaje. Yo bajaba en la parada siguiente a la de ella y me volvía caminando. Por la tarde la observaba al regresar, entrando en su casa para volver a salir, media hora más tarde, bañada nuevamente, rumbo a la Pitman. Cristina era una chica limpia. Los sábados iba al club. Yo me metía entre las vías y el alambrado y desde allí la miraba practicar gimnasia sueca. Llevaba un diario en el que anotaba todo cuanto Cristina hacía y decía. En muchas ocasiones la seguía durante todo un día sin que ella se diera cuenta. Ella era muy ordenada. El orden es importante.Cristina crecía rápidamente. Pronto comenzó a salir de noche, a bailar. Siempre salía con chicos distintos, del centro, del trabajo, seguro, que la venían a buscar en coche. Yo no tenía edad para ir a bailar, ni coche. Raúl entró al Liceo Militar. A mí me rechazaron, pero ingresé a la Federal. Cuando me recibí, y me entregaron mi uniforme, sin pasar por mi casa, fui derecho a la de Cristina. Quería que ella viese lo bien que me quedaba. Recuerdo que fue una brillante mañana de otoño, como ahora. En Reposo. Miro por el retrovisor, la calle está vacía. Si el tarado este se demora un poco más habrá mucha gente en la calle y tendremos que abortar.Me pareció que pasó una eternidad hasta que la mamá abrió la puerta. -Carlos, qué elegante, pasá, esto ya parece un desfile- En la sala estaban Cristina y un teniente del ejército sentados en el sillón, demasiado próximos. Yo me quedé paralizado. Mi traje, comparado con el de Gustavo, así se llamaba, parecía de cuarta. A partir de entonces el nombre de Gustavo comenzó a aparecer con odiosa insistencia día tras día en mi diario. Una noche me invitaron a tomar algo en casa de Cristina. Estaba toda la familia reunida y muchos amigos.Agarro el handy: -Che, ¿qué pasa?-, -No pasa nada, el punto no aparece- En Reposo. El padre anuncia que Cristina va a comprometerse con Gustavo. Yo la miro, ella baja la mirada y se sonroja. Me voy de la casa. Cristina me alcanza en la puerta: -Quería ser yo la que te lo dijera, pero no me animé-. Estuve cuatro días sin comer. A Gustavo lo destinaron en Córdoba. A través de la ventana de mi habitación escuché cuando salieron para el casamiento al que no fui. Ni siquiera me acerqué a la ventana para verla partir. Aquella fue la última vez que no la vi. Porque Cristina murió un año más tarde para la misma época en que a mí me echaron. Dicen que fue por una enfermedad que se llama no sé qué en placa, pero yo sabía que había muerto por causa de Gustavo.El handy titila y silba -Atento Carlos, acaba de llegar.El punto aparece en el retrovisor. Viene caminando lentamente, despreocupado. Me pregunto qué habrá hecho y me contesto que nada que a mí me importe. Con la izquierda agarro la manija de la puerta y con la derecha saco la Ruger de la cartuchera que coloco en el bolsillo de la campera. El punto pasa junto a mi auto. Abro, bajo, camino rápidamente detrás de él. Me acerco. Saco la pistola. La alzo hacia su cabeza. El corazón me late en las sienes. El debe sentir algo porque comienza a volverse. Gatillo. Se oye un ruido parecido al de una puerta que se golpea. El se detiene y comienza a tambalearse. Se vuelve y me mira a los ojos. Me mira es un decir, porque sus ojos están vacíos. Doy un paso al costado, hacia la calle. Beto frena a mi lado, subo, arrancamos. Me vuelvo, por la esquina dobla un patrullero. Cuando el policía que va de acompañante gira la cabeza para mirar al punto, que está ahora agarrado de la pared, pienso que nos entregaron. Pero el patrullero sigue su camino. Beto se dice: -Tranquilo, tranquilo-. Pasan de largo. Llegamos al container. Justo al lado está el mismo patrullero. -No parés Beto, seguí-. Seguimos. Estoy transpirando, Beto también. Me bajo en otro lugar, junto a otro container. Arrojo el atado de ropa. Beto desaparece. Detengo un taxi, pero en lugar de enfilar para el centro, indico Villa del Parque. Desciendo frente a la casa de Cristina. Está igual, sólo que más vieja. Mi casa ya no existe más. El barrio es totalmente distinto. Los árboles también han desaparecido. Las calles están sucias y desordenadas. No conozco a nadie allí y nadie me conoce a mí. Mañana pasaré a cobrar, luego me haré de un par de gramos de coca, y la remataré con alguna puta del centro, una de esas que parecen secretarias.


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